Martes | 09.02.10
 
 
 
DESDE EUROPA, por Manuel Yáñez Murillo

Todo cine es político

Desde la agobiante Barcelona, una reflexión sobre películas y series políticas en la que conviven las alegorías de Théo Angelopoulos, las sátiras de Adam Sandler y las creaciones de David Simon (The Wire, Generation Kill).

Algo aturdido por el aplastante calor veraniego que azota Barcelona y aledaños, me dispuse a buscar algún tema sugerente para esta columna. Empecé, como de costumbre, repasando mis últimos visionados, lo que me llevó hasta las diferentes "disciplinas" en las que suelo clasificar mis experiencias cinéfilas: el (re)visionado por trabajo (en este caso, varias películas de Théo Angelopoulos), por adicción (los cuatro primeros episodios de Generation Kill), por diversión (Yo los declaro marido... y Larry) y por cortesía con mi compañera (Juego de poder). En un primer momento, el autor griego más relevante de la modernidad, el creador de la mejor serie de televisión de la historia reciente (David Simon, el cerebro tras The Wire), el niño grande de la comedia americana (Adam Sandler) y el director de El graduado (Mike Nichols) parecían apuntar en direcciones opuestas. Sin embargo, pronto la relación entre las cuatro propuestas se reveló obvia: su condición de cine político.

Habrá quien pueda reprocharme que la mención a Angelopoulos se escapa de la más inmediata actualidad, a la que sí pertenecen los otros tres participantes en esta casuística del cine político contemporáneo. Sin embargo, más allá del hecho de que la última película del realizador griego (Trilogy: The Weeping Meadow) data de 2004, su influencia puede palparse notablemente en otros cineastas contemporáneos. Sin ir más lejos, la última película del turco Nuri Bilge Ceylan (Three Monkeys), vista en el pasado Festival de Cannes, bien podría enmarcarse como heredera de su cine. En cualquier caso, y cometiendo la temeridad de categorizar sintéticamente el cine del director de La mirada de Ulises (1995), cabría considerar la obra del realizador griego como el exponente de una cierta poética fílmica, instituida como paradigma de la modernidad europea, que en sus manos se despliega en parsimoniosas narraciones sobre la atribulada y errática senda histórico-política de Grecia, los Balcanes y el conjunto de Europa durante el siglo XX. Un cine que, sobre todo a partir de Voyage to Cythera (1984), adopta la metáfora, el símbolo y la alegoría como ejes expresivos, ahondando en el sentimiento de agonía que lo impregna por completo.

Saltando al continente americano, pero reteniendo ciertos ecos de la cultura griega (seguirá una explicación), toca prestar atención a la figura de David Simon, ex-periodista del Baltimore Sun que ha revolucionado la televisión norteamericana gracias a la serie The Wire, auténtica epopeya urbana sobre la desintegración del tejido social a manos de la droga, la marginación y la corrupción del sistema. Después de echar el cierre a The Wire, tras sesenta magistrales episodios, Simon se ha embarcado en la realización de la miniserie Generation Kill, también para la cadena HBO. Esta propuesta, de la que ya se han emitido cuatro de sus siete capítulos y cuya trama se desarrolla durante el inicio de la actual ocupación norteamericana de Irak, remite, en el fondo, a los mismos mecanismos narrativos y formales que su antecesora.

Nos encontramos de nuevo ante relatos en los que los significados emergen de la atención microscópica a la cotidianeidad de los protagonistas. En The Wire: la espera de la escucha telefónica, la perfecta estructuración jerárquica del negocio de la droga, el seguimiento de las metodologías profesionales, la incompetencia (o pura mezquindad) de los superiores. Y en Generation Kill: la tensa espera al volante del Humvee (el vehículo motorizado de los soldados), la preparación del material, la lucha por la supervivencia… y la incompetencia (o pura mezquindad) de los superiores. Son esos los ingredientes que utilizan Simon y su equipo para radiografiar un mundo que se derrumba abandonando a la deriva a hombres y mujeres sobradamente inteligentes. Como magníficamente apuntaba Chuck Stephens en las páginas de Cinemascope, "The Wire toma su inspiración de la antigua cultura griega, adoptando la forma de un diálogo basado en la exposición de un argumento y su posterior ejemplificación. Y mientras, los poetas y filósofos de la función deben lidiar con los relámpagos que les lanzan los Dioses (comisarios de policía, alcaldes, capos de la droga) desde las alturas".

La siguiente parada en el camino nos lleva a lo que podríamos considerar una cierta proliferación de un cine político norteamericano que se mueve de forma ambivalente entre la sátira y la solemnidad. En ese sentido, Juego de poder (2007), del mismo modo que Colores primarios (1998), del mismo Nichols, podría considerarse una película a medio camino entre la pretensión de rigurosidad de Syriana (2005) o de un capítulo de The West Wing, y la mayor audacia de Tres reyes (1999), de David O’Russell, heredera muy lejana de la genial Ishtar (1987), de Elaine May. Así, la última película de Nichols, apoyada en las correctas interpretaciones de Tom Hanks, Julia Roberts y Philip Seymour Hoffman, no deja de ser un ejercicio sexy, pero edulcorado, de sátira política, que parece no atreverse a explotar todo su potencial por miedo a ser tachada de anti patriótica.

El que nunca podría ser tachado de anti patriota es Adam Sandler, que aprovecha cada oportunidad que tiene (por ejemplo, en su asombrosa aparición en los últimos MTV Movie Awards) para proclamar su apoyo a las tropas norteamericanas destacadas en el extranjero (y a también bromear sobre la estupidez del presidente Bush). Y, como bien apuntaba Nathan Lee en su crítica del Village Voice (antes de que lo echaran de la publicación), tampoco debe haber nadie que ponga en duda la pasión de Sandler por las mujeres. A fin de cuentas, puede que sea por todo esto que el gran Sandman se atrevió a realizar la primera denuncia abierta de la homofobia procedente del mainstream de Hollywood: Yo los declaro marido... y Larry (2007). Con el único paliativo del sentimentalismo que siempre emerge tarde o temprano en las películas de Sandler (y que no siempre funciona tan bien como en Como si fuera la primera vez, 2004), el actor/autor la emprende contra el conservadurismo y la hipocresía de la sociedad norteamericana, convirtiendo en portavoces de los gays y lesbianas a dos bomberos heterosexuales de Nueva York (hombres que, en la vida real, son considerados tanto héroes nacionales como imágenes fetiche de la comunidad homosexual). Una delicia que funciona en todos los terrenos: el conceptual, el físico (norma en Sandler) y el escrito (beneficiándose, probablemente, de la mano del notable Alexander Payne).

Y así, entre el cine alegórico de Angelopoulos, la rigurosidad incendiaria de David Simon, las medias tintas de Nichols, la sátira piadosa de Sandler, y la adicción a los Juego Olímpicos y al recién descubierto Facebook, el calor del verano se va diluyendo entre pantallas en las que se refleja un mundo lleno de pantallas.


 
JoJo | 12.08.08 - 17:46:10 hs.
¿La genial Ishtar????????????????? Ya no pude leer el resto de la nota...
 
Martina cinéfila | 14.08.08 - 20:13:04 hs.
A mi tampoco me parece genial Ishtar, pero no por eso voy a dejar de leer al gran Manuel ni descalificarlo. Me gusta Murillo porque es muy abierto a todas las expresiones del cine, la TV, Internet (recuerdo sus ensayos sobre la era You Tube), los libros, etc etc. Aunque no siempre esté de acuerdo con sus gustos y postulados, sí es un placer leerlo aqui cada 15 dias. Beso al amigo catalán
 
meteoro | 20.09.08 - 04:44:32 hs.
Es cierto que The Wire es una gran serie. Al igual que con Curb your..., ninguna goza de la popularidad que se merecen.
Saludos!
 
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