MR. ARKADIN, por Sergio Wolf
Un artista de la resistencia
La reciente exhibición de La vie moderne dentro del DocBsAs/08
permitió descubrir una nueva obra maestra de un viejo sabio del cine francés: Raymond
Depardon.
En la apertura del DocBsAs/08 pude ver la última película de Raymond Depardon, Profils paysans: la vie moderne, y tercera de su trilogía centrada en los retratos de campesinos, luego de Profils paysans: l´approche (2001) y Profils paysans: le quotidien (2005). La vie moderne no sólo es una obra maestra de la depuración de un estilo sino que además permite volver a discutir aquella gran idea que arriesgaba una definición del documental con la fórmula de "cámara excéntrica, montaje discontínuo" (que, dicho sea de paso, hoy dibujaría con pertinencia los contornos de mucho del mejor cine contemporáneo), y que bien podía contemplar algunos de sus films anteriores, como Reporters, pero dificilmente pueda servir para pensar algunos de sus más recientes, como 10e chambre: instants d´audience, y menos aún para La vie moderne. El sistema del viaje del documentalista que va menos al encuentro que al reencuentro de personajes a los que filmó o a quienes conoció anteriormente es una modalidad que ya transitaron muchos de los mejores y de los peores cineastas que se dedican al documental en estas últimas décadas, pero seamos piadosos con los oportunistas del come back y mencionemos a los que lo hicieron con más riqueza, franqueza y humanidad, como Robert Kramer y Johann Van Der Keuken. Pero en La vie moderne, ese retorno se centra más en la desaparición de un mundo que se irá con esos personajes y a los que Depardon nunca presiona para que hablen de lo que se extingue, porque eso lo terminaría convirtiendo en un fundamentalista nostálgico, en un predicador del todo tiempo pasado fue mejor. Es más: el sentido del humor que se desprende de lo que dicen y de cómo lo dicen y la manera cómplice con la que Depardon les pregunta, muestran que sabe que quizás sea la última vez que los vea, y que su cámara tiene -por decirlo de alguna manera- una responsabilidad para con ese mundo que se va apagando delante de ella, como una llama que ya no quema y que para poder medir su calor requiera que acerquemos la mano. De todos modos, no es en el sistema donde nace el brillo de La vie moderne, sino en la justeza de sus procedimientos, en los que quiero detenerme en algunos, como para desmentir aquello de “cámara excéntrica, montaje discontínuo”. El principal procedimiento consiste en eliminar la "cámara excéntrica", porque la cámara de Depardon está siempre en el mejor lugar, construyendo esa condición de lo único que es central del documental de una manera extraordinaria. El plano no marca un territorio inestable que termina de definirse ante los ojos del espectador (como ocurría en Reporters), porque se trata, más bien, de que el plano elegido define el tono y el caracter de la escena y dificilmente sufra variaciones en su transcurso. Podrá ocurrir que algo que se incorpora a la escena la altere dramáticamente (como cuando un perro se pone junto a uno de los campesinos y a punto está de morderlo), pero esa transformación no cambia el emplazamiento notable de la cámara. Se podrá decir que para alguien que es, además, uno de los más grandes fotógrafos vivos, qué menos se puede esperar que un encuadre preciso. Pero ahí está, justamente, el punto de la cuestión: no es un buen encuadre, sino un plano preciso. Lo otro, es que no hay "montaje discontínuo", porque Depardon va hilvanando un viaje por los campos y las estaciones, como si la temperatura que vamos viendo en las rutas y en los alrededores de las casas y los campos a los que va llegando fueran también parte de los ciclos emocionales de su película. Y Depardon logra que asomen de un modo diáfano y fluído, sin que los presione, sin esperar que irrumpa la lágrima porque sabe que no se perdonaría fustigar esos rostros curtidos para que esas pieles cuarteadas se vean surcadas por el llanto. Lejos de apelar al viaje con un criterio de organización mecánica, la narración se va expandiendo, estableciendo nexos entre esos personajes, incluso apelando a una voz-off económica y pudorosa, y aún así sorprendente, si tomamos en cuenta la absoluta “invisibilidad” que tenía el director en su primera etapa como documentalista.
La vie moderne es, también, una película sobre el cine, y no solamente por el modo en que Depardon va al encuentro de las personas como lo hizo el cine en sus primeras décadas, asumiendo esa idea de ventana al mundo. Es una película sobre el cine porque es una película sobre la sociedad moderna y el cine está amarrado a la sociedad moderna. Ver una película de Depardon siempre produce el efecto de reencontrar algo que creíamos que el cine había perdido: la desmesurada, inigualable complejidad de la simpleza.
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