TRIBUNA LIBRE
Nunca estuve en Cannes
Pese a no haber concurrido este año al festival de la Costa Azul, nuestro inefable columnista aplica un método creado por el colega Oscar Peyrou para analizar películas sin haberlas visto
Mi amigo Oscar Peyrou es el inventor de un método radical que habrá de
renovar la crítica de cine. En un viejo artículo afirma que el crítico debe
mantenerse en su torre de marfil y no dejarse influir por nada que se relacione
con la película que debe reseñar. En particular, no debe contaminarse con la
película misma, de modo que lo más aconsejable es no verla. Hasta aquí, el
método ha tenido sus cultores, pero vergonzantes. Muchas veces sospechamos que
el crítico no ha visto la película, o se ha quedado dormido cuando leemos los
textos que se publican en diarios, revistas, blogs y otros formatos. Pero en
estos casos, nadie reconoce haber procedido de esa manera. Los discípulos de
Peyrou son secretos.
Pero ha llegado la hora de seguir al maestro a cara
descubierta y proclamándolo con valor. No estuve en el último Festival de
Cannes, pero lo seguí con mucha intensidad y me moría por escribir sobre algunas
de las películas allí exhibidas. De hecho, he escrito largas reseñas que
contradicen la mayoría de las cosas que he leído sobre el festival. A
continuación, algunos fragmentos de esos artículos todavía inéditos, para probar
la potencia y la fecundidad del método Peyrou.
Sobre Stellen
Licht, de Carlos Reygadas: Gracias a los contactos de su familia con la
diplomacia francesa, a Reygadas le otorgaron hace un par de años la Legión de
Honor. Uno de los beneficios secundarios de la distinción es la Tarjeta VIP de
Cannes, que permite al que la posee presentar todas sus películas en la
competencia aunque no le salga una bien (Reygadas no es el único que tiene la
tarjeta, también están Emir Kusturica, los hermanos Coen, Lars Von Trier, etc.).
Como le escuché decir alguna vez a su compatriota Ripstein (de otro cineasta),
Reygadas hace películas de género, pero de un género especial: la obra maestra.
Lo ayudan su formación católica, su ambición empresaria y su sentido de la
oportunidad. Reygadas ha decidido que sus películas deben estar a la altura de
Andrei Tarkovski o de Carl T. Dreyer, pero también tienen que impresionar a una
audiencia burguesa que aprecia el escándalo. Por eso imita a Tarkovski o a
Dreyer, pero no deja de aprender las lecciones de Gaspar Noé. El resultado es
una filmografía que combina como pocas la pompa y la escatología. Esta vez ha
situado la acción entre los menonitas, hace hablar a sus actores en un antiguo
dialecto del alemán, a los protagonistas sufrir por la infidelidad entre tanta
represión y al fotógrafo esmerarse con tomas ampulosas. Un cóctel bien del
estilo Reygadas, que se llevó un premio menor y grandes elogios de la crítica
que sigue confundiendo talento con exhibicionismo.
Sobre No
Country for Old Men, de los hermanos Coen: No fue una buena idea que
los Coen adaptaran la extraordinaria novela de Cormac McCarthy. No es que haya
salido tan mal, sino que son los menos indicados para entender y respetar el
universo del escritor. Es cierto que esto último no es necesario cuando una
película parte de una novela. Puede serle tan infiel como los menonitas a sus
cónyuges en la de Reygadas, y aun ser una obra maestra. Lamentablemente, no es
el caso porque los Coen son incapaces de hacer una película realmente buena: los
matan su soberbia y su ignorancia, la trampa en la que su pobre educación los
hace caer una y otra vez: reírse de los que son iguales que ellos sin advertir
que es así. Es evidente que hay dos cosas de la novela que tenían que atraer a
los brothers: la compleja cacería de todos contra todos (como en
Simplemente sangre, su sobrevalorada opera prima) y la
increíble ferocidad del asesino contra el horizonte de la mezquindad y la
impotencia ajenas. Pero en McCarthy, la desolación y el Mal tienen acentos
bíblicos y están pautados por el lamento de quien se despide de un mundo que ha
cambiado hasta hacerse irreconocible. Para los Coen, en cambio, todo es una
banalidad, un buen motivo para el sarcasmo, para la habitual broma macabra en
todo caso, una broma que no deja de ser un himno a su propia mediocridad. A
pesar del material, de la pirotecnia y del efectismo, el resultado es una
película chata como todas las del dúo. Era previsible.
Es cierto que el
método de Peyrou es mucho más difícil de aplicar a las películas buenas. Pero,
queridos lectores, con la mano en el corazón, ¿piensán que es necesario ir a
Cannes para ver cosas como estas?
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