TRIBUNA LIBRE
La columna del PCI: El legado de Gerardo Vallejo
Por Paulo Pécora En esta tercera nota del Proyecto Cine Independiente (PCI), el periodista y director de El sueño del perro reivindica al creador de El camino hacia la muerte del viejo Reales y Con el alma.
Vivimos en una época confusa. Es un tiempo de disputas y vaivenes, un momento histórico donde los argentinos nos debatimos entre la posibilidad de un país más justo y solidario, y otro excluyente y desigual, sólo apto para algunos pocos privilegiados. Incluso a nivel regional, Latinoamérica parece capaz de emanciparse y crear su propia realidad, pero también corre el riesgo de volver a caer en los mismos errores de antaño. No por nada, el destino de Honduras después del golpe de Estado contra Manuel Zelaya se presenta como una bisagra histórica que podría definir el futuro de la región entera y abrir las puertas a un pasado nefasto conocido por todos sus países, incluida la Argentina.
Mucha gente luchó y entregó su vida por cambiar las cosas en América Latina y crear las condiciones para el presente auspicioso que hoy vivimos. Soñaban con un territorio política y culturalmente libre y soberano, con un futuro más próspero para todos. En su pelea desigual contra un orden de cosas impuesto por siglos de dominación y saqueo, algunos eligieron la resistencia armada y otros, como el cineasta tucumano Gerardo Vallejo, lucharon desde la cultura, con convicciones ideológicas fuertes y películas inolvidables como sus únicas armas.
Mientras la resistencia cinematográfica se esparcía por la región (con Glauber Rocha en Brasil, Santiago Alvarez en Cuba, Jorge Sanjinés en Bolivia y Miguel Littín en Chile, por poner algunos ejemplos), en la Argentina un puñado de cineastas de clara identificación peronista formaron el Grupo Cine Liberación, que impulsaba un cine de acción revolucionaria. Si bien Vallejo había estudiado con Fernando Birri y había adoptado de él su preocupación por los sectores sociales más necesitados, fue su contacto con el grupo liderado por Fernando Pino Solanas y Octavio Getino el que le dio el impulso definitivo para terminar su primer largometraje: El camino hacia la muerte del viejo Reales.
A pesar de su escasa difusión pública, la opera prima de Vallejo es considerada un clásico del cine testimonial latinoamericano. Se trata de un film atípico y original para su época, ya que aborda un género cinematográfico que participa del documental y la ficción, pero los supera. Esta forma novedosa le permite acceder a un conocimiento más profundo de la vida, con el propósito de exhibir su complejidad, revelar sus contradicciones, denunciar sus injusticias y, a partir de eso, intentar transformarla.
La película muestra los últimos años de Don Ramón Gerardo Reales, un peón de la zafra de la localidad tucumana de Acheral. Su historia -que incluye la de sus hijos- expresa las miserias y las penas, pero también revela la fuerza y la dignidad de los trabajadores tucumanos. En ese sentido, se trata de un film inscripto en la línea ideológica del Grupo Cine Liberación, con un fuerte compromiso social y político vinculado abiertamente con el peronismo y sus ideales de reivindicación de los humildes y desposeídos.
Al igual que otras películas de su tiempo, El camino hacia la muerte del viejo Reales establecía un uso del cine como instrumento de conocimiento y transformación de la realidad, y lo hacía revelando en primer lugar las condiciones humillantes en las que vivía el grueso del pueblo tucumano, sumido en la pobreza, la explotación y el olvido. Frente a la usura y el maltrato permanentes, los Reales representaban el último refugio de la dignidad y la resistencia de los peones zafreros y, por extensión, la de todos los trabajadores humillados de América Latina.
La película representa la expresión de una obra colectiva, en la que Vallejo no es un autor, sino simplemente un mediador entre los personajes y sus espectadores. Se trata del resultado de más de tres años de convivencia, entre 1968 y 1971, de él con el viejo Reales y sus hijos Ángel, Pibe y Mariano. Un verdadero ejercicio de consustanciación, confianza, familiaridad y amistad con los protagonistas de su película.
Nieto de un pastor español (al que evocaría luego en su documental Reflexiones de un salvaje) e hijo de un buscavidas, Vallejo nació en Tucumán en 1942 y recién a los 12 años, de manera fortuita e indirecta, tuvo su primer contacto con el cine. A causa de un incendio que destruyó su casa, sus padres se mudaron a un club social donde se ocupaban de la limpieza y atención de una cantina que lindaba con el Cine Broadway, al que él escapaba una y otra vez para ver películas, pero principalmente para llevarle gaseosas y café al proyectorista y, de paso, ayudarlo a cambiar las bobinas, rebobinar los rollos y pegar los trozos de celuloide que se rompían durante la proyección.
“Desde esta ilusión por el cine, más luego un breve conocimiento de lo que eran las tomas y los planos, emprendí la marcha en busca del lugar para aprender cine en el país. Lo más cercano, el Instituto de Cine Documental de Santa Fe”, recuerda en las primeras páginas de su libro Un camino hacia el cine, que escribió a fines de los 70, durante su forzado exilio en España. Durante sus estudios en la escuela fundada por el director de Tire dié y Los inundados, Vallejo dio sus primeros pasos con una serie de fotodocumentales y luego filmó los cortos Azúcar (1962) y Las cosas ciertas (1965), que muestran la difícil vida de los trabajadores de la zafra, y Ollas populares (1968), que refleja las consecuencias sociales del cierre de diez ingenios azucareros.
Luego colaboró en La hora de los hornos, la película que Solanas y Getino venían filmando desde hacía meses y los había llevado, clandestinamente, por distintas zonas del país. Con ellos volvería a trabajar años más tarde en Madrid, cuando los ayudó con las famosas entrevistas con Juan Domingo Perón, que más tarde compaginaron en las películas Actualización política y La Revolución Justicialista.
Después de vivir en España y de volver a exiliarse a Panamá (donde colaboró como realizador y docente para el gobierno de Omar Torrijos y su campaña descolonizadora), Vallejo regresó definitivamente a la Argentina en 1983 y, dos años después, filmó su primera película dentro de la industria: El rigor del destino. Más tarde llegarían Con el alma (1995), en la que abordó el tema del desarraigo y la distancia, el frustrado intento de filmar El inocente (2000) y un sueño de toda la vida hecho realidad: Martín Fierro, el ave solitaria, que rodó en 2006 en la provincia de San Luis y que le permitió despedirse del mundo al año siguiente -el 6 de febrero de 2007- con la extraña sensación de haber cumplido la tarea para la cual había sido encomendado.
En los tiempos que corren, el ejemplo de Vallejo se torna fundamental, especialmente para aquellos que pueden volver a ondear las banderas de una cinematografía nacional “realista, crítica y popular”, con films que pongan en evidencia el desamparo y las necesidades de la gente. Al igual que Birri, él era consciente de su pertenencia a una “subcinematografía” de recursos inexistentes, a un cine que asumía sus limitaciones pero partía de ellas para intentar superarlas.
Ambos proponían un cine posible, que partiera de la pobreza y se dirigiera a los pobres para darles conciencia, esclarecerlos, inquietarlos y apasionarlos en la lucha necesaria para su desarrollo, para su realización como personas libres e independientes. Un cine no de espectadores, sino de protagonistas. Se trataba de un cine militante, descolonizador y abiertamente revolucionario, cuyo objetivo no era únicamente la recuperación democrática del poder en tiempos de dictadura, sino que a un nivel más amplio planteaba la necesidad de liberar al hombre de las barreras culturales y las influencias del sistema que lo mantenían alienado y sometido. Un cine que, en definitiva, ya no se limitaba a expresar la conciencia íntima de un autor, sino las necesidades colectivas de toda una comunidad.
Nota 1: El camino hacia la muerte del viejo Reales y el corto Ollas populares se exhiben de manera conjunta el viernes 21, a las 16, en el marco del ciclo Clásicos de estreno XIV que organiza el MALBA (Figueroa Alcorta 3415).
Nota 2: El sueño del perro, de Paulo Pécora, se exhibe este viernes 7, a las 20.30, en el cineclub Hugo Del Carril de la ciudad de Córdoba como parte del BAFICI itinerante y se estrena en Buenos Aires en septiembre próximo.
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