El pensamiento y la filmografía del director de Querelle y
Lola sirven para relativizar las principales críticas
(descalificaciones) que se les hacen a muchos de los aportes del nuevo cine
argentino.
Hacía tiempo que tenía en mi biblioteca La anarquía de la imaginación, un libro que recopila ensayos escritos por Rainer Werner Fassbinder, así como entrevistas diversas y poco conocidas, y otros textos que recorren las etapas de esa obra devenida relámpago supersónico. No se por qué nunca había leído este libro, mientras que sí lo había hecho con otros de esa colección excelente de Paidós llamada La memoria del cine, en la que hay dos que son fundamentales: el de Carl Dreyer y el de Eric Rohmer. Quizás sea porque lo descomunal de la obra de Fassbinder siempre me produjo un efecto intimidatorio, como el de estar ante una dimensión del cine desmesurada no sólo por su volumen sino, sobre todo, por sus pruebas y sus alcances, en el sentido de estar ante uno de esos autores que exploraron demasiados caminos y que pusieron en crisis sus certezas demasiadas veces. Esto es algo que sólo se puede decir de los más grandes, que se podría decir -por tomar tres ejemplos y sin afán de comparar- de Picasso, Godard o Piazzolla. Creo que ese espesor y esa densidad lo volvieron un artista poco maleable, poco reductible a unas pocas singularidades de estilo, como sí podía ocurrir frente a algunos de sus compañeros generacionales, como es el caso de Werner Herzog y especialmente el de Wim Wenders.
Mientras leía lo que Fassbinder escribió sobre Douglas Sirk y sobre todo sus observaciones respecto de que para él hacer cine político era la única forma de ser contemporáneo porque era el modo más preciso de dialogar con su época, empecé a ver, una vez más, nuevos cuestionamientos acerca de operas primas argentinas recientes o anteriores, aprovechándose de las últimas para apuntar a casi todo lo que renovó el cine argentino desde mediados de los años ´90. Las acusaciones iban desde tildarlas de no fomentar una idea de industria hasta acusarlas de elitistas -siempre me pregunté por qué esta palabra nunca es aplicada a la literatura o la música-, desde sentenciar que los actores no hablaban porque los directores no sabían dirigirlos hasta que unos eran copias de otros que a su vez copiaban a otros más…
Entonces se me antojó buscar cuántas películas había hecho Fassbinder hasta tener un por lo menos moderado éxito comercial, y la cuenta me da que hizo diez -de Katzelmacher a La angustia corroe el alma, digamos- a las que les fue entre mal y no muy bien. Pero el propio Fassbinder dice que sus películas tenían “un público muy determinado que creció un poco a lo largo de los años”, y que la llave para poder hacerlas era el apoyo de la cadena televisiva Westdeustche Rundfunk de Colonia. Fassbinder mismo detalla que varios de sus rodajes eran de apenas 18 días, para no hablar de que sus actores provenían de su grupo de teatro Action Theater, y que, de alguna manera, aprendían a hacer cine junto con el propio director. Y, sin querer comparar a ninguno de los directores argentinos jóvenes (o ya no tanto) con Fassbinder (por las dudas, nunca faltan los que miran el dedo que apunta al cielo), veo que el tiempo pasa y los métodos se parecen ¿Dónde veo esos parecidos? Por un lado, en que esa prepotencia de trabajo es la que termina imponiéndose gracias a que el deseo de hacer cine es el motor que arrasa las dificultades (¿Fassbiner o Perrone?), o bien en que se piensan las películas a partir de los medios disponibles. Pero también en la voluntad y necesidad de discutir el país y su historia (¿por qué Fassbinder podía alegorizar a Alemania en El matrimonio de María Braun y Matías Piñeiro no puede convertir la tensión Sarmiento-Rosas en parte de un palimpsesto enmascarado bajo la apariencia de una conspiración farsesca?), o se parecen en que la búsqueda de caminos para hacer cine es tan ardua ahora como hace veinte, treinta, cuarenta años.
Los cineastas tienen que seguir inventándose formas para hacerlo y, así como Cassavetes tenía que actuar en lo que fuera para conseguir el dinero para hacer sus películas, Fassbinder entre película y película montaba una obra de teatro como “descanso” para ayudarse a pensar la próxima, y Coutinho tuvo que guionar películas industriales mediocres durante diez años en que no pudo dirigir... La vara que mide el éxito y el fracaso no es una sola y única, como consecuencia inevitable de que no existe un solo tipo de cine.
Mauricio Gasparini | 07.10.09 - 14:27:09 hs.
Brillante este analisis de S. Wolf !! - Todavia no vi "Todos mienten" y "Castro" por falta de tiempo, pero coincido con D. Batlle en la pobreza del debate sobre el NCA - Por desgracia estas descalificicaciones no son patrimonio exclusivo del item cine - En estos momentos hay un gran regodeo en descalificar al otro en todos los rubros (politica, futbol, etc., etc., etc.).
Lalo Kovacs | 08.10.09 - 10:54:45 hs.
Esperaba leer una defensa inteligenmte, viniendo de Wolf, pero me quedé con las ganas... No veo un solo argumento. Y la comparación de Fassbinder con Piñeyro es disparatada, no resiste el menor análisis. Por el contrario, Fassbinder demuestra lo que es hacer un cine con alma, verdaderamente político y progresista. "Todos mienten" es un frío juego reaccionario.
Godardista | 08.10.09 - 11:15:44 hs.
No concuerdo con Lalo, el texto es muy interesante y Todos mienten se defiende sola. Lo de reaccionaria me parece una boutade. Tanto Todos mienten como Castro son dos películas para ver (y luego sí para discutir con argumentos). No se las pierdan en el Malba los domingos, un buen doble programa.
paper moon | 09.10.09 - 14:19:37 hs.
godardista, cambiate el nombre a Fucologista y cobrá la publicidad.
El texto de Wolf no explica sus postulados, solo pide que creamos que Fassbinder y el NCA tienen una relación. Lo que es absurdo, porque son como agua y aceite.
dufo | 10.10.09 - 14:56:11 hs.
Lalo K tiene razon......no se puede traer a Fassbinder para justificar Todos mienten. Si a los Perrone y otros alucinados del cine que con prepotencia hacen sus peliculas atipicas. Piñeiro puede experimentar a piaccere, eso sta muy bien....pero Todos mienten, en mi opinion es una palicula espantosa.....por el esfuerzo fisico e intelectual que implica encontrar en algun momento de su desarrollo, algun elemento atractivo y significativo. Con Fassbinder eso no pasa.... !!!y con Perrone tampoco, que joder¡¡¡
karina | 13.10.09 - 12:20:30 hs.
Lo que es un disparate es comparar a Piñeiro con Perrone, que pais raro este.
karina | 13.10.09 - 14:10:33 hs.
Lo digo porque no se puede comparar la trayectoria de Perrone, y ni hablar la de Fassbinder, con este Piñeiro que apenas hizo un inflado engendro.
sergio | 14.10.09 - 00:50:28 hs.
No existe un solo tipo de cine. Tampoco existe una sola manera de hacer cine. Hace muchos años tuve la suerte de ver un ciclo dedicado a Fassbinder en la manzana de las luces. Tambien en la Lugones, solían reponer algunas de sus películas. Por aquel entonces era un pibe y antes que nada llamaba mi atención un comentario de un viejo amigo que solía repetirme que en varias de sus películas trabajan sus amigos, e incluso su madre. 25 años despues, conocí a Raúl Perrone y su estilo austero de hacer cine. Pero lo primero que llamó mi atención (antes de conocer su cine y a él personalmente) es que había hecho "La Mecha" (2003) haciendo actuar a Níceforo Galvan (Su suegro que no era actor de profesión), recorriendo barrios de la zona oeste del Gran Buenos Aires. Eso resultó para mi, tan atractivo (me doy cuenta ahora) como la noticia de la madre de Fassbinder. Cuando Wolf puso entre ¿? Fassbinder o Perrone, tuve este recuerdo, la misma asociación, que me devolvió a aquel intrigante entusiasmo juvenil. Y así pude aprender (y aprehender) el último párrafo de Wolf.
pascual súcnic | 20.10.09 - 15:45:56 hs.
Es cierto. No existe un solo tipo de cine. Tampoco existe una sola manera de hacer cine. Es tan simple la cuestión que parece incomprensible que se siga insistiendo sobre ella. Lo no comprensible es ese residuo de pensamiento mágico que, en el fondo, lleva a ilusionarse con un éxito de boletería para películas destinadas a otros espacios (los espacios naturales de los otros cines). Suele afirmarse que lo comercial es despreciable pero cuando alguno de aquellos filmes obtiene mejor respuesta de público suenan los petardos en el cielo. Las masas se están iluminando... En todos los otros casos, las masas mascapochoclo son tontas... ¿Bovinas las habían llamado? La variable éxito/fracaso debería desaparecer del todo para que hubiera coherencia. Ni los literatos ni los músicos requieren de mayor dinero para producir. El cine sí. Por ello ni la música ni la literatura exploradoras tienen conflictos. El cine sí los tiene: está condenado a ellos. Es tan pero tan simple.
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