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     Jueves | 09.09.10
 
 
 
TRIBUNA LIBRE

La llegada del OVNI catalán

En octubre se estrena Honor de Cavallería, una genial, revulsiva y muy libre versión de El Quijote a cargo de Albert Serra. Aquí, una defensa apasionada -y polémica- de esta obra única e irreverente.

Hace más de un año, el crítico español Alvaro Arroba me mandó un DVD de Honor de Cavalleria, la película de Albert Serra que en ese momento se estaba presentando en la Quincena de los Realizadores. Olivier Père, el responsable de esa sección del Festival de Cannes, ya me había hablado de un curioso descubrimiento que había hecho en territorio español. Cuando vi el DVD tuve uno de esos raros momentos en los que se nos revela que el cine, al mismo tiempo en que se esfuerza por morir, puede renacer en cualquier momento y en cualquier lugar y ser absolutamente nuevo, recuperar la pertenencia a la “infancia del arte” que le atribuye Jean-Luc Godard en las Histoire(s) du cinéma.

La película llamó la atención de la crítica y los programadores de festivales. De algunos, claro. Otros la rechazaron violentamente: el cine radical provoca enojos aunque la clave de una película como esta es la simplicidad absoluta. Serra se propuso nada más que instalar unos pasajes de El Quijote en el campo catalán y hacerle jugar los papeles del Quijote y Sancho a dos tipos comunes de su pueblo. El resultado es uno de los films más poéticos —y al mismo tiempo más en prosa— del cine contemporáneo. Esa es una de las capacidad secretas del cine: ser para la literatura no una ilustración sino un complemento, una extensión que la mantiene viva. No es que los actores vayan a encarnar físicamente a los personajes y hacerlos visualmente inolvidables, ni que los diálogos revivan para el oído el estilo del original. Se trata de otra cosa: la creación de un espacio en el que la obra puede renacer en tiempo presente sin dejar de nutrirse de la materialidad del pasado literario. En el film de Serra, Don Quijote y Sancho, y la obra como un todo, no son lo que Cervantes encerró para siempre entre las páginas del libro (esa es la errada concepción bajo la cual se adaptan las novelas) sino, por el contrario, una versión autónoma y liberada de esa prisión que, sin embargo, permanece fiel a su contraparte escrita. Porque no hay duda de que cuando vemos Honor de Cavalleria vemos también El Quijote de Cervantes. Pero vemos algo más, incluso algo que la película revela como necesario y sin lo cual el libro quedaría incompleto. Es que una vez adquirida la existencia que le aseguró su creador, la literatura necesita del cine para escapar a la referencia cultural, al museo, a la pedagogía, al homenaje y a la muerte. La condición es que se trate de un cine libre y vital como el de Serra, que le permita a los personajes conservar su naturaleza y recuperar su libre albedrío.

Uno imagina que Serra es todo un personaje y es imposible que el autor de un film semejante, que desafía la pesada y timorata cinematografía española, no lo sea. Hay que remontarse al primer Almodóvar (cuyos parámetros cinematográficos nada tienen que ver con los de Serra) para encontrar una ruptura tal con los modos del cine circundante. Es que cuando el cine español no es completamente banal, con sus comedias costumbristas y sus dramones, es terriblemente académico y no logra salir de la eterna nostalgia por el clasicismo de Hollywood (Almodóvar, después de su etapa silvestre, no se diferencia demasiado de Garci, ni Garci de Trueba, ni Medem, otro que empezó distinto, de todos ellos).

Eso se nota incluso en un movimiento contemporáneo al OVNI de Serra. que es el surgimiento de una nueva cinematografía catalana, o con centro en Cataluña. Es un movimiento importante, alternativo al centralismo madrileño. Todo arranca de algún modo de la obra de Víctor Erice, pasa por las enseñanzas de José Luis Guerín y desemboca en jóvenes como Marc Recha, Cesc Gay, Isaki Lacuesta o Mercedes Alvarez. Son cineastas rigurosos, respetuosos de la materialidad de lo que filman, cuidadosos de la longitud de los planos, del habla de los personajes, hasta cultores de una cierta sequedad que contrasta con el facilismo y la pereza del cine madrileño. Sin embargo, hay algo un poco escolar en estos intentos y una idea subyacente de que el cine se hace de un modo prefijado, con ciertos métodos y ciertas ideas aprobadas por los maestros. El resultado son imágenes depuradas, no exentas de belleza, pero secretamente contagiadas de solemnidad, de conformismo y hasta de cierto espíritu de cuerpo.

Serra es lo contrario. Y efectivamente es un personaje. Católico practicante, conservador, arrogante, tiene algo de provocador a lo Dalí y es la imagen opuesta a la de la prudencia y al progresismo de sus contemporáneos y compatriotas. Tuve la oportunidad de ver el odio que puede despertar entre algunos de sus colegas menos talentosos y más dogmáticos, dispuestos a protegerse entre sí pero a denostar a Serra y hasta a desdeñar su cine. Es que ser un artista es un asunto muy difícil en estos días. Y más en un medio donde los directores usurpan socialmente el estatuto de creadores pero, en el fondo, nadie (ellos en primer término) supone que lo sean.

Según me anuncian, Honor de Cavalleria se estrena en octubre en Buenos Aires. Es una película distinta y genial. 



 
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