BESOS ROBADOS, por Marina Yuszczuk
Burton, más vivo que nunca
No son pocos los detractores de Sombras tenebrosas, pero
nuestra columnista desmenuza los múltiples hallazgos de la película y los
conecta en este amplio ensayo con el resto de la filmografía del talentoso director.
Olvídense de Crepúsculo: aunque en noviembre se estrene la última parte de la saga, ahora con Bella convertida en vampiro después de meses y meses de disquisiciones sobre la conveniencia o no de pasarse al bando de los nosferatu vegetarianos (esos vampiros que sólo consumen sangre de animales), Tim Burton vino a corregir de un plumazo y en lo que dura un suspiro tanta histeria anti-monstruo. Porque de verdad -y aunque en Amanecer: Parte 1 se haya llegado a niveles de intensidad físicos y estimulantes- esto de ser un vampiro que no mata, no reacciona ante cruces y ajos ni arde cuando le da el sol (y sobre todo no es una amenaza para los humanos) se parece bastante a decir que la mejor manera de ser diferente es ser lo más parecido que se pueda.
Los personajes de Burton, en cambio, siempre fueron radicalmente, innegociablemente diferentes. Monstruos monstruosos, que encuentran alegría en el hecho de serlo, como esos fantasmas interpretados por Geena Davis y Alec Baldwin en Beetlejuice (Burton no la escribió, pero por algo le tentó dirigirla) que empiezan por aceptar y capitalizar la muerte y terminan conviviendo en paz con una familia no menos extraña. Nunca se dice nada al respecto en la película, pero... ¿cuánta ternura hay en la forma de los dos, que no pudieron tener hijos, de “adoptar” a la hija de la familia, la chica dark interpretada por Winona Ryder, al punto de que supervisan cómo le fue en la escuela? Beetlejuice se ríe de la muerte a carcajadas, pero sobre todo se ríe de la normalidad, ese invento tan poco vital.
Y retrata tanto como El cadáver de la novia algo que está medio olvidado por el cine: la muerte divertida. No la muerte como tema, no la mortalidad, sino esa muerte demasiado real de los gusanos y los ataúdes y la putrefacción, ésa en la que nunca queremos pensar. Pero divertida, sí, festiva, graciosa, con un gusano opinador que sale de la oreja de una novia cadáver o dos muertos que hacen el chiste de disfrazarse de fantasmas con sábanas agujereadas en los ojos. Hace tiempo que Burton logró ser muy popular con películas alegremente oscuras, que le hacen lugar como pocas, y en medio de las historias más delicadas, a la muerte, la oscuridad y la violencia.
No debe haber personaje más tenue y memorable a la vez, por ejemplo que Edward Scissorhands, construido con unos pocos rasgos -y menos palabras- por el cuerpo rígido y torpe, de hombros y ojos caídos de Johnny Depp, en la película más hermosa de Burton. Una película de una simpleza demoledora en la que un suburbio de colores pasteles y una mansión olvidada y sombría allá en el fondo le dan forma a todo lo que va a suceder: la salida de Edward de un refugio seguro pero solitario, la alegría de descubrir un mundo nuevo y la verdad dolorosa de que en ese mundo no hay tanto lugar para los que son distintos como podría parecer. El joven manos de tijera es mi preferida porque es un cuento contado por una abuela, una viejita emocionada que le transmite a la nieta el secreto de la nieve y, sin que la nieta lo sepa, el secreto de su juventud, de un amor especial pero imposible que la inmortalizó en esculturas de hielo.
Pero incluso en una película con la delicadeza y la suavidad de la nieve -esa en la que baila Winona Ryder, con una música tan buena que duele-, Edward es un asesino, y además está roto. “No estoy terminado” es la explicación infantil y emocionante que le da a Peg (Dianne Wiest), la mujer maternal que lo descubre cuando va a venderle productos de Avon. Y sigue sin estar terminado, y cuando en el final de la película vuelve a quedarse solo en su castillo no solamente conoce la muerte porque vio morir a su padre y creador sino también porque mató. La poesía al final de la película, que vuelve a rodear de la música de Danny Elfman las esculturas transparentes de Edward, está sostenida en todo ese dolor, lo incluye.
Con Burton siempre fue así, y sus películas afortunadamente infantiles tienen un nivel de complejidad que muchas veces las vuelve inagotables. Son películas para ver mil veces, como los cuentos que marcaron la infancia. No solamente por esto que acabo de decir, sino porque el diseño visual del mundo que propone cada una no termina de recorrerse (y especialmente pienso que hay que verlas sin subtítulos para poder dedicarse al “decorado”, pero bueno, puede que sea una pretensión desmedida en este principio del auge del doblaje). Y hablando del “decorado”: en los últimos días me obsesioné con Sombras tenebrosas; cuando me pasa eso con una película -pasa seguido- la voy a ver dos o tres veces más al cine para tratar de captar un poco qué es lo que me obsesiona (es un asunto de curiosidad). En esta última visión de Sombras tenebrosas me fijé especialmente en una escena que me empezó a gustar mucho, cuando Barnabas Collins tiene su primera conversación con Elizabeth Collins (Michelle Pfeiffer) en el “drawing room” de la casa familiar y, mientras habla con ella, va recorriendo las paredes con las manos, contando y describiendo quién hizo cada escultura, cuánto trabajo costó hacer la casa, apreciando la artesanía de los detalles.
Que el protagonista de pronto se pusiera a valorar el “decorado” (ya van a ver por qué tantas comillas) me pareció un signo posible de autosatisfacción de un director que se volvió un artista increíble gracias a sus diseños y, si fuera así, se lo merece, pero también es un momento de autoconciencia respecto a la película. Porque para mí, hay películas que valen sobre todo por la historia que narran -son las que menos me interesan- y otras que se nos meten en las venas por la contundencia y la intensidad con que proponen un mundo habitable, y esta es una cuestión de poética. Como soy crítica de poesía antes que ser crítica se cine (unos diez años antes) y en la poesía en general no hay ninguna historia para leer, no me quedó otra que aprender a mirar lo que está enfrente de los ojos, la materia, sin abstraer significados y metáforas inmediata y ansiosamente. Sombras tenebrosas puede ser, sí, una película algo inconsistente desde el punto de vista narrativo, pero en su caso vale la pena preguntarse si esa consistencia es lo que hay para buscar siempre en las películas, o si a veces importa poco.
El jueves, cuando terminé de ver por tercera vez Sombras tenebrosas en el cine, me crucé a la salida de la función con un amigo al que no le había gustado mucho la película, sobre todo por lo “mal narrada” que está. Y que más tarde agregó por mail que Tim Burton era muy bueno en esto de la “decoración” (por eso las comillas), pero narraba muy mal, y -por supuesto- que la “decoración” para un crítico de cine nunca es suficiente. Para mí tampoco lo es, pero sí me pregunto cuándo el diseño es simple “decoración”, y cuándo significa. Porque si el diseño tiene sentido, si se puede “leer”, entonces decir “decoración” sería negar que las películas son superficies visuales en las que todo lo que hay para ver -valga la redundancia- está a la vista. Quiero decir, si la “decoración” se puede interpretar, ya se convierte en otra cosa.
Sombras tenebrosas es, cierto, una película episódica, un poco fragmentaria, con más gusto a serie que a narración clásica y sólida, que como se dijo por ahí (lo dijo, por ejemplo, Stephanie Zacharek) abandona a algunos de sus personajes principales por largos tramos y eso la vuelve despareja. Si mal no recuerdo Zacharek se refería a Victoria Winters, la lunática enamorada de Barnabas Collins que parece encarnar al fantasma de Josette, la novia suicida. Y es innegable que este personaje tiene menos desarrollo, para no hablar de Elizabeth (Michelle Pfeiffer) o de la doctora Julia Hoffman (Helena Bonham Carter), un personaje que la primera vez me pareció muy malo. Pero claro, los protagonistas son Barnabas Collins y Angie Bouchard, monstruos enfrentados históricamente, y los demás giran alrededor de ese conflicto. Así y todo, Victoria Winters es la que hace empezar la película cuando llega a Collinwood buscando algo que va a ser su destino, y no sólo tiene toda una historia detrás que se va ir entregando de a poco (incluso con Alice Cooper de fondo, en un momento de beso y rebeldía precioso entre dos que se reconocen como freaks), sino también la voluntad de cambiarlo todo en el final con la decisión más osada y dramática imaginable.
La psiquiatra borracha y decadente que es Julia Hoffman, por su parte, se me terminó de armar enfrente de los ojos cuando le dice a Barnabas “no quiero envejecer”, y Elizabeth cuando saca a su hija-lobo de la casa en brazos al final. Eso es artesanía: cada quien tiene una historia, una pasión, un rasgo que le da vida, y si no tiene una función muy específica en la película, como la viejita y sorda ama de llaves que da lugar tantos chistes geniales y completa el cuadro de rarezas familiar. En la secuencia de montaje que muestra en clave pop el resurgimiento al esplendor de la casa y la familia, Burton aprovecha plenamente a esta abuela en el que es para mí el mejor plano de la película: ella abriendo un ropero (para guardar unas sábanas o toallas) en el que Barnabas Collins duerme su interrumpido sueño de vampiro fotofóbico.
Ese plano, que se parece mucho más al humor gráfico que otra cosa (o incluso a esos cuadritos que son graciosos porque hay un detalle sutil que desentona), no vale nada desde el punto de vista narrativo (¿será “decoración”?), pero representa todo lo que es Sombras tenebrosas, su modo de usar la iconografía del cine de terror con amor y con gracia, de celebrar lo freak con una ternura que ya casi no existe en el cine mainstream, de recuperar el pasado con una potencia imaginativa que lo vuelve increíblemente vital, sobre todo en esa culminación que es del cine mudo y que es la escena más romántica que se haya filmado en mucho tiempo. Yo siempre lloro en ese salto final de Sombras tenebrosas ¿Por qué? Todavía no tengo ni idea, pero hay algo en la decisión de ser monstruos pero juntos, en el arrojo literal de ella para saltar a otra vida, nueva y desconocida, que me hace vibrar. Algún día voy a entender qué es lo que me emociona tanto; mientras tanto los críticos, con más ganas de escribir la Historia del cine que de profundizar en las imágenes, seguirán diciendo que esta “no es la mejor película de Burton”.
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