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     Martes | 23.09.14
 
 
 
TRIBUNA LIBRE

El FICUNAM 2013 en 4 films

Por John Campos Gómez, desde México D.F.
The Act of KillingArraianos, Vers MadridDos metros de esta tierra son los cuatro títulos elegidos por nuestro columnista peruano para definir por qué el festival mexicano es -según él- el mejor de América Latina. 

Empiezo por lo que se debe: FICUNAM es el mejor festival de cine en América Latina. No el más grande ni el más ostentoso sino el más consecuente con su agenda política, que es preponderar el cine como arte por sobre otros criterios externos. Y, por su propuesta de debate, exhibiendo el cine no tanto sobre un écran sino más bien sobre una pizarra, donde las imágenes también pueden ser enunciados. La programación completa es un sesudo ensayo de cine contemporáneo. El joven festival mexicano, que se realiza en una sede universitaria, tiene la misión de entender el presente del cine, los senderos por dónde está transitando ahora, con el fin de proyectar un posible futuro sobre lo visto. Y me refiero al cine como materia; en el mejor de los casos, como gramática cuya sintaxis sufre de constantes mutaciones.

Ese prospecto de futuro lo trazan algunos hitos del pasado que también fueron programados en esta tercera edición: la retrospectiva de Jonas Mekas como testamento iniciático del cine autorreflexivo, y la proyección especial de la copia restaurada de la celebración cinéfila titulada Vida en sombras (1948), único film/testamento de Lorenzo Llobet-Gràcia, que presenta al cine como un estado de gracia, nunca tan lejos de ser instrumentalizado. Sendas obras  dan pistas sobre el origen de la modernidad cinematográfica.

De entre las decenas de películas vistas, son cuatro las que, estoicas, continúan desafiándome. Que se hacen pertinaces en mi valoración, para bien y también para mal.  Más una que se impone, que es memorable y que prefiero sólo disfrutarla en el recuerdo. Es la única forma que sé de hacer honor a su genialidad.

Quisiera empezar con la que me decepcionó. Vers Madrid, tercer largometraje de Sylvain George, confirma más que nada una estética (descubierta en su fascinante díptico Figuras de guerra/Los fragmentos -como otros, yo no puedo separar ambos títulos-), una mirada cinematográfica donde el más común de los realizadores vería una historia con personajes, un tema que se abastece de sí mismo, un momento que ‘merece’ ser filmado desde la impasividad de lo objetivo. Lo malo es que un poco de eso hay en la película de George sobre el Movimiento 15M en Madrid. La textura blanco/negro sigue enlutando los contextos donde se reposa y el contrapicado en los primeros planos extiende la admiración que el cineasta ofrece a sus compañeros de rodaje (a quienes filma). Sin embargo, el afán favorecedor a una causa política que no demuestra tanto comprender sino, sobre todo, sobreproteger no es defendible desde la subjetividad, que no remite solamente juzgar desde el ‘yo’, sino reprochable desde la parcialidad, posición dominada principalmente por el entusiasmo. Ambas condiciones parecieran sinónimos pero se diferencian entre sí por el nivel de reflexión previa al juicio. Vers Madrid no es un prisma sino una lupa. Un solo cántico de guerra que se oye en distintos decibeles durante las dos horas y media que se alarga.

La estética de las tres primeras películas del director francés es la misma, no obstante marca una diferencia entre unas y otra la interrelación dada entre él y los personajes en quienes posa la mirada. Aquélla, con los inmigrantes de Calais, era de mutua supervivencia contra una ley opresiva. En esa extrema convivencia se revela una condición humana invisible en la dinámica competitiva: la colectividad en una faceta afectiva. En ese díptico, George la descubre entre la miseria material y la erige como la más inalienable de las condiciones humanas. Ese nivel de comprensión, de encuentro entre las partes, es eludido en Vers Madrid para devenir portavoz de un sólo propósito. Quizás no sea tampoco una lupa sino una apenas una luna de vidrio delante de un hecho histórico.

Sobre ver/filmar a las personas con una sutileza particular y que ese registro sea el discurso mismo, la composición de la imagen como forma y fondo, prefiero a Arraianos, de Eloy Enciso (Mención Especial del Jurado).

La acción dramática reducida a un gesto lacónico. Así el drama se desafecta de  su carga efectista y desdeña su función emotiva cuando se ampara en la declamación de parlamentos. Arraianos lo propone y no en la contemplación de un encuadre correcto sino en la composición de un espacio intemporal, añejado, que tiene una carga mística, advertida en los personajes y que Enciso hace aflorar.

Antes que nada, Enciso es un observador, con la cámara encendida y apagada. Cada plano pareciera resultar de un trance entre instinto y reflexión, pero sobre la base de una fascinación por el lugar donde ha puesto el ojo. Aquella fascinación  es transferida a las personas que lo habitan, a quienes funde con el espacio y pareciera detener el tiempo. El tiempo y el espacio son recreados por Enciso en aras de construir un misterio sobre el estar vivo. En Arraianos los personajes tienen mayor presencia que sus propias acciones. Importa mirarlos, oírles. Conscientemente la película evita las emociones, que son efímeros estados de ánimo. Mejor estanca el tiempo, que es como hacer memoria.

Por su parte, Dos metros de esta tierra, de Ahmad Natche (otra Mención Especial del Jurado), se preocupa por lo mismo, la conservación de un acervo a través de una propuesta estética. Personalizar un espacio y detenerlo en el tiempo. La sabiduría que irradia Arraianos por cómo filma la lúcida vejez encuentra en la película palestina una contraparte más dinámica, vital. La referida vitalidad se refiere al reconocerse parte de un lugar y llevar consigo la cultura que allí radica ¿Qué es ser palestino? No precisamos de un tratado sociológico que lo ensaye sino (más que verlo) de vivirlo. Ante la necesidad de esa experiencia, Natche sale al frente.

El imaginario popular palestino lo construyeron los propios. Por tanto, a ellos mismos nos remitimos para conocer la noción de aquel discutido patrimonio. Natche, detalle a detalle, por medio de actos cotidianos y tímidas conversaciones entre jóvenes, va proporcionándonos esa información: serán aquellas vivencias las que nos insinúen el qué es ser palestino. La identidad de un pueblo (de)mostrada en carnes de la generación por venir, que garantiza la continuidad de una cultura sin que la intervención ni el reclamo de discursos politiqueros la quieran hacer suya. De esa manera, Dos metros de esta tierra enuncia tras cada escena un discurso sociopolítico contundente en favor de un pueblo que continúa su propia herencia.

Sobre la vida y la muerte, The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer (Premio del Público), levanta la polémica nunca zanjada a propósito de la ética en el cine documental (aunque en este caso la indignación puede llegar a niveles perturbadores). Sicarios recreando impunemente las masacres que perpetraron contra ‘comunistas’ (cualquier libertario que reclame por sus derechos) durante la dictadura de Suharto entre 1967 a 1998 en Indonesia. Las terroríficas secuelas sociales de aquel larguísimo sometimiento se constatan no sólo con la impunidad de los asesinos políticos sino en la celebración de aquellas ejecuciones consideradas como purgatorias. La indonesia es una sociedad en duelo o quizás en trance mortuorio.

El documental transita sobre un terreno pedregoso pero seguro, porque apela a la muy sensata y escrupulosa consciencia pública, sino al sentido común, de la condición atroz de las masacres. (Identificado ese punto emocional que posiciona al espectador en un lugar desde dónde razonar, el conflicto puntilloso sobre el discutido punto de vista del autor queda resuelto). Ante ese conocimiento básico del derecho a la vida -que no aguanta cuestionamientos-, Oppenheimer interpela sutilmente a los ‘sobrevivientes’ de aquel periodo político, nadie menos que los torturadores y matones asalariados del régimen fascista de Suharto. Ellos se celebran a sí mismos, testimonian con orgullo la autoría de las ejecuciones y demás actos de violencia. El director consigue que cada declaración violentista dada se les devuelva en contra con la potencia de una inapelable denuncia, cual efecto inverso.  Demanda a la consciencia del espectador, como la del mismo protagonista Anwar Congo, quien siempre supo lo que hacía y por qué ¿Fue por un perturbado convencimiento político? Para nada. Las cuestiones ideológicas, por más reprochables que sean, no tuvieron injerencia en esta masacre. Fue el capitalismo sangriento funcionando a mansalva y que aún justifica su aplastante procedimiento contra todo aquello que contradiga la obtención de riqueza. No se lo reflexiona; acciona cual reflejo muscular.

El insano show del fascismo se representa en una ridícula puesta en escena alegórica interpretada por los mismos asesinos. El delirante acto de matar. Secuencia kitsch, colorida, que tapiza el infame suceso histórico que escenifica ¿Qué tan distintos podemos parecer, siendo los mismos, en diferentes etapas de nuestras vidas o historias? El contexto que nos somete, o viceversa. La respuesta de cada quien es su propia excusa.

Y la mejor del festival fue Walker, de Tsai Ming-liang. Recuperarla de Mar del Plata me hizo feliz.


Walker
se puede ver aquí: http://vimeo.com/49339358


Link a todos los premios del festival.



 
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