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     Viernes | 30.07.10
 
 
 
DESDE EUROPA, por Manuel Yáñez Murillo

Condición necesaria (balance del Festival de Gijón 2007)

Con los nuevos film de Nicholas Klotz, Hitoshi Matsumoto y Pere Portabella, la muestra asturiana ratificó su capacidad para armar una programación representativa de lo mejor del cine mundial.

A finales de noviembre se celebra una de las citas anuales obligatorias de la cinefilia española: el Festival Internacional de Gijón. Una de esas muestras conocidas popularmente como “de cine independente”, una entelequia cada día más difusa y confusa. Un certamen que en sus recientes ediciones (asistí a las cinco últimas) ha demostrado un vigor ejemplar a la hora de martillear los cimientos del paupérrimo sistema de distribución comercial español, reivindicando la figura de cineastas fundamentales que no habían gozado prácticamente de ningún reconocimiento en el país (Olivier Assayas, Tsai Ming-liang, Ulrich Seidl, Lisandro Alonso). De hecho, esta característica específica, la capacidad de actuar al margen de las presiones de la industria, me parece que es, más allá del valor individual de cada uno de los títulos proyectados en la muestra, la primera condición que debe cumplir un festival que aspire a desempeñar una labor de cierta utilidad en la vida cultural de un país.

La descontrolada proliferación de festivales de cine (en España hay más de 250 registrados) ha abierto un debate sobre la función de estas muestras (que se ha extendido a las páginas de OtrosCines.com), inscriptas además en un nuevo escenario en el que el acceso a las películas, mediante sistemas de intercambio de datos en la red, es cada vez más libre y ágil. Las conclusiones de la discusión no son simples y merecen mucho más que una pequeña anotación en el arranque de la columna-crónica de un festival, sin embargo sí me atrevo a plantear el principio básico sobre el que debería progresar esta reflexión: la necesidad de que los festivales se construyan (y sobre todo se programen) con independencia de los intereses industriales. Esa debería ser la condición necesaria para empezar a tomar un festival en serio. Por otra parte, esta cuestión, planteada aquí de forma simplista, esconde más pliegues y recovecos de lo que podría parecer, ya que el entramado de agentes y negociadores que manejan el cine mundial hacen que el apelativo de independencia sea una utopía casi inalcanzable para un festival en el marco actual.

Pero bueno, abandonemos de momento la cuestión teórica (que seguro que seguirá aflorando en próximas columnas) y centremos la mirada en la última edición del Festival de Gijón, celebrado entre el 22 de noviembre y el 1º de diciembre en el privilegiado escenario (geográfico y gastronómico) de un costero enclave asturiano, en el norte de la península ibérica. Un festival que, para situarlo de forma rápida en el mapa internacional, podría considerase primo hermano de certámenes como Rotterdam, BAFICI o FICCO (aunque con más historia, acumulada en sus 45 ediciones). En todo caso, cabe apuntar que Gijón se alimenta, en una proporción alta, de títulos proyectados en las secciones oficiales o paralelas de los grandes festivales europeos, además de Sundance, y que, por tanto, depende en cierta medida de la calidad de estos. Además, su poder financiero es más limitado que el de otros certámenes españoles, con lo que en ocasiones no puede (aunque en la mayoría de ocasiones tampoco aspira) a llevarse las películas de los “grandes autores”.

Situadas estas referencias cardinales, es momento de mencionar una de las grandes virtudes del Festival de Gijón: su capacidad para resultar siempre interesante y sugerente, demostrando una regularidad en la calidad de la programación mucho más alta que la de los mastodontes europeos (Berlín, Cannes y Venecia). Este hecho pone al descubierto un trabajo de programación sólido, coherente con una política de descubrimientos e independencia, además de una búsqueda más allá de las corrientes fílmicas inflacionistas del momento.

Entrando a localizar los ejes centrales de la edición de este año del festival, hay que destacar, por encima de los demás, tres fenómenos: la película-monumento del cineasta francés Nicholas Klotz, La question humaine; la arrolladora irreverencia, descaro, intuición y sofisticación del japonés Hitoshi Matsumoto, director de la sensacional Dai-Nipponjin; y la proyección de tres obras de cineastas españoles (Pere Portabella, José Luis Guerin e Isaki Lacuesta) que abren nuevas vías de expresión para una cinematografía necesitada de propuestas al margen de la ortodoxia, el academicismo y la mediocridad predominante.

Klotz realiza en La question humaine un doble salto mortal con tirabuzón final y sale victorioso del intento, descabelladamente ambicioso. La tesis principal de la película es chocante: según Klotz, el lenguaje ultra-tecnificado del empresariado moderno, que alcanza su máxima expresión en las unidades de recursos humanos, contiene partículas residuales del contenido ideológico propugnado por el régimen nazi. Lo que planteado así puede parecer excesivo, cuando no obsceno, es expuesto por el director francés mediante un delicado tratamiento de las herencias generacionales, el impacto traumático del horror, el peso imborrable de la memoria personal e histórica, y el poder evocador y alegórico del arte cinematográfico, apoyado aquí en una novela de François Emmanuel. La película es un auténtico tour de force interpretativo bordado por Mathieu Amalric, el mejor actor europeo del momento. Se trata de un film que sostiene su complejo entramado narrativo en un conglomerado de registros que transitan de un crudo realismo (a la Laurent Cantet) a la confusión catártica de los cuerpos (una fisicidad angustiante) pasando por inquietantes fugas oníricas. La diversidad de registros visuales sólo puede compararse con la disparidad de usos y recursos musicales que hacen de la experiencia una auténtica montaña rusa sensorial.

Aunque ya fue proyectada en el Festival de Sitges, después de su pasó por la Quincena de Realizadores de Cannes, resulta obligatorio mencionar la película Dai-Nipponjin, delirio fabricado por Hitoshi Matsumoto, un humorista japonés cuyo historial hace recordar al del Takeshi Kitano. Matsumoto realiza un falso documental sobre un superhéroe que ha perdido el favor del pueblo (su programa televisivo ya casi no tiene audiencia) y que malvive atormentado por su atribulada vida familiar. La película se dedica a retratar en su mayor parte el decaimiento del protagonista, su pesimismo y su derrotismo, siempre a través de un registro que satiriza la intromisión irrespetuosa de los reporteros televisivos. Sin embargo, la película estalla en súbitos combates protagonizados por el protagonista transformado en super-héroe-digital-gigante enfrentado a monstruos post-atómicos herederos de la saga de Godzilla. La película es un divertimiento total y una fina parábola acerca del estado de ánimo de la sociedad japonesa, falta de referentes, perdida en la mediocridad general de un mundo sometido a un nuevo imperialismo estadounidense (retratado de forma sublime en los 10 últimos minutos de película, lo mejor del año junto a los cinco primeros de The Darjeeling Limited, de Wes Anderson, que inauguró el festival).

El tercer fenómeno a destacar de la muestra fue la presencia de tres películas españolas que trabajan al margen de los paradigmas de producción de la industria. El silencio antes de Bach de Pere Portabella (ya comentada en la columna sobre Venecia 2007) practica el cine-ensayo al margen de toda convención narrativa, mientras las nuevas obras de José Luis Guerín, Unas fotos en la ciudad de Sylvia, e Isaki Lacuesta, Las variaciones Marker, van aún más allá al encontrar su espacio de distribución en al marco de los extras de DVD (la película de Guerín por su condición de esbozo para la realización de En la ciudad de Sylvia, su último largometraje, y la de Lacuesta por ser un encargo para completar la edición de un pack sobre el cine de Chris Marker, editado por Intermedio). Que el festival albergase ambas películas en diferentes secciones de su selección habla muy bien de la inquietud y amplitud de miras de los programadores.

En el festival se vieron muchas más películas. Alguna magistral, como A Short Film about the Indio Nacional, en la que el joven Raya Martin exorciza las cenizas históricas de su Filipinas natal apelando a cineastas como Griffith, Murnau o Warhol. Otras notables, como Cargo 200, en la que Aleksey Balavanov adopta el rol de cronista de la deriva moral y social de la Unión Soviética en 1984. El cruento e incómodo cóctel tragicómico de la película consigue transmitir toda la angustia y la desorientación existencial de una nación sumida en el final de un sueño truncado. También interesantes son el documental L’udienza e aperta, del italiano Vincenzo Marra, e Import / Export, en la que el austriaco Ulrich Seidl desarticula por completo la idea de que la prosperidad del viejo continente pasa por la aplicación a ultranza del libre mercado.

Menos interesantes resultaron This is England, de Shane Meadows, reconstrucción de la memoria emocional, sensorial y subcultural de una juventud carente de horizontes bajo la grisácea política de Margaret Tatcher; Juno, de Jason Reitman, comedia adolescente ejecutada de forma matemática (carente del mínimo caos necesario para la transgresión); Help Me Eros, de Lee Kang-sheng, actor-fetiche y alumno del gran Tsai Ming-liang; o Fay Grim, en la que Hal Hartley retoma la historia de los personajes de Henry Fool y los sumerge en un juego de disección de la paranoia global que ha diseminado por el mundo la política internacional norteamericana de las últimas cuatro décadas. En el apartado de olvidables, cabe situar películas como las belgas Ex Drummer, de Koen Mortier, y Ben X, de Nic Baltasar, así como Grace is Gone, de James C. Strouse, que hace válido el consejo que, cada vez más, abunda por el circuito de festivales: “Escapa de todo aquello que triunfe en Sundance”.

Seguramente, estas últimas películas caigan pronto en el olvido, mientras las películas de Raya Martin, Nicholas Klotz o Hitshi Matsumoto permanezcan en el recuerdo no sólo de los afortunados espectadores que pudieron asistir a Gijón sino también de los programadores del certamen, que suelen tener buen ojo a la hora de fidelizar a los mejores cineastas que pasan por las selecciones del festival.

Premios

El Jurado Internacional de la 45ª edición del Festival Internacional de Cine de Gijón, integrado por: Verónica Sánchez, Roser Aguilar, Hal Hartley y el argentino Martín Rejtman, ha concedido los siguientes premios a las películas participantes en la Sección Oficial:
-PREMIO PRINCIPADO DE ASTURIAS AL MEJOR LARGOMETRAJE: Bang Bang Wo Ai Shen (Help me Eros), de Lee Kang-Sheng (Taiwan).
-PREMIO PRINCIPADO DE ASTURIAS AL MEJOR CORTOMETRAJE: Liudi iz kamnya (Stone People), de Leonid Rybakov (Rusia).
-PREMIO AL MEJOR DIRECTOR: Aleksey Balabanov por Gruz 200 (Cargo 200) (Rusia).
-PREMIO AL MEJOR ACTOR: Mathieu Amalric por La question humaine (Francia).
-PREMIO A LA MEJOR ACTRIZ: Marie-Christine Friedrich por Tout est pardonné (Francia).
-PREMIO AL MEJOR GUIÓN: Ariel Rotter por El otro (Argentina/Francia/Alemania).
-PREMIO GIL PARRONDO A LA MEJOR DIRECCIÓN ARTÍSTICA: Antoine Platteau por La question humaine (Francia).
PREMIO ESPECIAL DEL JURADO: El silencio antes de Bach, de Pere Portabella (España).

PREMIO FIPRESCI, del jurado de la crítica internacional formado por Dennis West, Nil Baskard y Violeta Kovacsics: Cochochi, de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas (México).

El Jurado Joven de la 45ª Edición del Festival Internacional de Cine de Gijón, formado por 50 jóvenes, de edades comprendidas entre los 17 y los 25 años, ha otorgado los siguientes premios:
-PREMIO CAJASTUR DEL JURADO JOVEN AL MEJOR LARGOMETRAJE: Juno, de Jason Reitman (Estados Unidos).
-PREMIO CAJASTUR DEL JURADO JOVEN, AL MEJOR CORTOMETRAJE: Le Mozart des pickpockets, de Philippe Pollet-Villard (Francia).

El Jurado formado por Miguel Angel Pérez, Angel Quintana y Michael Thornton ha concedido el premio NO FICCIÓN / DOCUMENTAL al largometraje
A Very British Gangster, de Donald MacIntyre (Reino Unido) y la mención especial a M, de Nicolás Prividera (Argentina).


 
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