En contra: El hombre que no fue jueves
Quintín
Después de la decepción tandilense, tuve la oportunidad de asistir a otro festival en la Argentina, la tercera edición del simpático Festi-Freak, orgullo de la cultura platense. Los freaks son un grupo joven que durante el resto del año programa semanalmente lo mejor del cine internacional en La Plata. Este trabajo intensivo de animación cultural (sin un centavo de presupuesto) ha creado un público tan juvenil como entusiasta, a caballo entre el rock and roll y la cinefilia dura. Eso se notó en la alegría general reinante y hasta en la mesa redonda en la que tuve oportunidad de participar junto con los críticos, profesores y amigos Eduardo Russo y Leonardo D’Espósito, y el productor Marcelo Céspedes. Nadie puede pensar que un cuarteto semejante puede atraer a la audiencia (con perdón de los presentes) pero, misteriosamente, había gente en la cómoda sala del Pasaje Dardo Rocha.
Me pregunté por qué alguien menor de 25 querría oír una charla sobre cine de gente más bien entrada en años (especialmente el que suscribe). Pero se me ocurrió formular una pregunta más trascendente: ¿Por qué sigue habiendo gente interesada en cierto cine, y no más bien la nada? Es decir: con una cartelera comercial deprimente, un cine local mediocre, entradas a precios enormes y una crítica resignada, ¿por qué sigue existiendo un cierto fervor, una cierta esperanza no sólo en que el cine puede ser entretenido sino liberador? Porque ese era el clima que me pareció que se respiraba en el Festi-freak: esa gente creía que el cine era importante en sus vidas (y no estoy hablando de profesionales ni de aspirantes a serlo).
Me animé entonces a hacer algo indecoroso, propio de un predicador americano: pedí que levantaran la mano los que a) fueran al cine “normal”, b) al BAFICI, c) bajaran películas de la internet, d) consumieran DVDs piratas, e) leyeran críticas en los diarios. No tengo números precisos y mis conclusiones son probablemente tan confiables como las encuestas electorales, pero, a grandes rasgos, resultó que los consumidores de cultura cinéfila a) iban poco al cine normal, b) iban un poco más al BAFICI c) no leían las críticas de los diarios, e) veían cantidades de DVDs ilegales y películas obtenidas (ilegalmente) de la web.
De confirmarse esta compulsa casera, la conclusión es que la cultura cinematográfica sigue existiendo entre nosotros gracias a la piratería. Es bastante lógico: por un lado, el material trucho es gratis o está a precios razonables; por el otro, la circulación clandestina y las descargas de internet son la única manera de obtener en dosis más o menos altas el material más valioso y que nunca se estrenará en los cines. Ocasionalmente, se exhibirá en los grandes festivales, en los que es imposible ver toda la programación. Además, hay que viajar a Buenos Aires o a Mar del Plata. Recordemos que salvo experiencias aisladas como la patriada freak en La Plata o la del Tío Koza en las sierras de Córdoba, el interior es un páramo cinematográfico.
Estas evidencias llevan a otras deducciones. Una de ellas es que casi todo lo interesante que ocurre en el cine lo hace al margen del calendario oficial, de las rutinas que imponen un ritmo y una visibilidad a los productos de la industria. Lo que sucede es algo fantástico. Vivimos en una burbuja falsa, como en una especie de Truman Show. A nuestro alrededor se despliega la publicidad de las películas en cartel: éstas se anuncian en la vía pública, en los diarios, en radio y televisión. Esos medios, a su vez, comentan los estrenos de cada jueves. No hay programa ni periódico que no tenga un cronista de espectáculos, personaje obligado a decir dos palabras de cada uno de esos films ¡que nadie irá a ver! (basta cotejar las recaudaciones con la audiencia). Es decir, que hay un gigantesco aparato que trabaja en el vacío y para el vacío porque, además, lo que ocurre de significativo en el cine rara vez se estrena. Pero el mundo de Truman no termina allí. La “industria del cine argentino” trabaja para esas rutinas y cada director que estrena es entrevistado en los medios principales y secundarios y hasta el más desconocido tiene asegurado su fin de semana de fama. Pero en una enorme mayoría de los casos, ese cineasta no logrará que su película se vea, por más que pelee y patalee por la cuota de pantalla (esa es la discusión más inútil del cine argentino). Peor aún, vistas o ignoradas, esas películas tampoco valen la pena en su inmensa mayoría.
¿Por qué entonces seguir jugando a la rutina de los estrenos de los jueves? ¿Por qué seguir escribiendo reseñas sobre nada y para nadie con tamaña regularidad? ¿Para obtener un aviso de las distribuidoras? Es posible. ¿Para mantener la ilusión de que existe la crítica? Otro poco. Pero creo que hay una razón más siniestra: el espacio dedicado a la lista de bodrios semanales evita que allí se hable y se escriba de las películas en serio, las que se ven en festivales (aunque allí no son todas las que están ni están todas las que son) o se consumen por medios ilegales en un gran porcentaje. Parece sencillo, en principio, cambiar el menú y comenzar a ocuparse seriamente del cine que importa. Por lo menos que le importa a alguien. O a alguien que no pertenece al circuito (nacional o internacional) de distribución, exhibición, producción, publicidad, educación y obtención de subsidios que conforma la llamada industria del cine. Incluso, es la única manera de que lo ilegal termine siendo algún día parte de lo legal. Con una cobertura muy selectiva de lo que hoy es obligatorio y otra masiva de lo que hoy es ignorado saldríamos fácilmente de la burbuja de irrelevancia en la que estamos metidos casi sin darnos cuenta.
En fin, queridos lectores. Me aparté bastante del tema y los aturdí con esta prédica. Otro tanto hice en la mesa redonda: no dejé hablar a nadie.
Publicada originalmente en la columna El Inclemente de OtrosCines.com
AGREGADO DEL 15/1/2008 A PEDIDO DE QUINTÍN:
Diego Batlle, editor de esta página, me informa que ha publicado una nota firmada por Gustavo Noriega como respuesta a una columna mía y me pregunta si deseo continuar la polémica. No tengo demasiado que agregar y entiendo que su artículo y el mío son de algún modo autónomos y no alcanzo a entender por qué Noriega me menciona. Es verdad que me parece una enorme pérdida de tiempo y de espacio reseñar todas las películas que en cartel (la mayoría de ellas malas o muy malas), pero no niego que entre los estrenos de los jueves haya films valiosos. Desde que vivo a 200 kilómetros de la sala más cercana, además, valoro como nunca el placer de ver cine en en el cine.
Por otra parte, me resulta difícil discutir con un texto que me agrupa bajo una sigla que no me representa. Mis ideas son mías y no de ninguna asociación, ente o colectivo. Pero también quiero hacer notar que la práctica de englobar a los supuestos adversarios en una categoría inventada para la ocasión -que en este caso tiene un matiz ligeramente despectivo y un aroma inocultablemente populista- es discriminatoria y de mal gusto. No estoy dispuesto a debatir con alguien que dice “Los CCC esto” o “Los CCC lo otro”. Ni soy CCC ni tengo interés en andar por el mundo con un brazalete que no me puse.
Quintín
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