Nuevo plan de fomento: ¿Otra vez sopa?
Bebe Kamin
Las autoridades del INCAA han solicitado a diversas instituciones aportes para la formulación de un Nuevo Plan de Fomento que regule la actividad cinematográfica local. Dicha circunstancia amerita algunas reflexiones que, más que dictados específicos, técnicos o de procedimiento, refieran a los contenidos de las políticas puestas en juego y sus consecuencias.
El sistema que aún rige se inició con la modificación de la ley 17.741 en el año 1994 y sucesivos cambios y reglamentaciones que fueron completando la normativa. Sin embargo, las raíces de tales disposiciones se generan en la promulgación original de la ley, en 1957 y quedan signadas por la participación del Estado en la actividad cinematográfica. Pero limitando las referencias a las que tienen vigencia práctica se debe tener en cuenta los aspectos contenidos en la última reforma que ya lleva 14 años de historia. No fueron años cualesquiera. En este período las transformaciones tecnológicas, de formas de producción y comercialización en la producción cinematográfica han sido tan brutales que insistir en una continuidad en las normativas vigentes reflejan más una inercia propia de las instituciones que dictan y promueven el cine, y los intereses que representan, que una verdadera adecuación de las reglas a una realidad compleja y desafiante. Pensar en mecanismos de premios, créditos y subsidios, sin considerar la experiencia acumulada, en tanto reflejo de evaluación de la eficacia de tales mecanismos, no hace sino desperdiciar una importante cantidad de recursos que demostraron, año tras año, que el cine debe cambiar radicalmente su modus operandi para obtener resultados de mayor rendimiento tanto el campo artístico y cultural como en el de las inversiones y resultados económicos.
Los datos correspondientes a los últimos años de la producción indican que, si bien a nivel cuantitativo hubo un crecimiento (hasta se podría afirmar que primó una obsesión irracional sobre el número), se comprueba año a año que disminuyó en forma creciente el interés que el público local tuvo por el cine nacional así como que se multiplicaron las producciones que arrojaban inverosímiles pérdidas económicas que nunca se justificaron. Es verdad que hubo una serie de títulos que dejaron bien en alto el prestigio de nuestro cine, pero no menos cierto es que creció en forma irracional e injustificada la cantidad de películas que nadie vio y que no tuvieron ninguna significación cultural o económica. Este desequilibrio fue el resultado de las políticas adoptadas y de los planes creados bajo ciertos supuestos que, a fuerza de su permanencia, se transformaron en dogmas difíciles de cuestionar. Por sobre todo se impuso el vértigo de hacer y la ausencia de reflexionar y planear la actividad como un sistema complejo y en permanente movimiento. Todavía se apunta indiscriminadamente al estreno en salas (cuanto más comerciales mejor) con las normas de irracionalidad que conllevan debido a reglamentaciones de difícil vigencia en la actualidad (copias en 35 mm., campañas de publicidad económicamente inalcanzables y dudosa eficacia, salida según pautas no reguladas, ineficacia en el control del cumplimiento de normas de protección, poca aplicabilidad de fomentos en la comercialización, inexistencia de una política de coproducción y comercialización internacional, etc.). Así, casos de películas que no debieron haberse ampliado por motivos que van desde su estética como de su calidad técnica lograron insertarse en los mecanismos oficiales de ayuda gracias a gastos injustificables que siempre quedaban a cargo del Estado. U otros que hubieran tenido mejor destino (y mejor factura de realización) en salas especiales o directamente en TV fueron obligados a mostrarse con tal premura que permanecían en cartel menos de lo que dura un suspiro (y sembraban, no en pocos casos, amargura y angustia en sus responsables).
Son muchos los datos que muestra esta nueva realidad. La cada vez menor cantidad de espectadores esperable para una película de cierta presencia en el mercado, los índices de menor concurrencia a las salas, la proliferación de promociones y otros mecanismos que desvían el caudal económico del área, la permanente competencia del material de las grandes compañías internacionales, la despersonalización de los interlocutores, etc. Hay que agregar que las nuevas tecnologías digitales, al mismo tiempo que multiplican las posibilidades de acceso a la producción, son también, en muchos casos, de un uso poco profesional y afectan el promedio de calidad de los productos audiovisuales. Todo es más vertiginoso, todo parece tener que circular sin poder asentarse un tiempo mínimo para que su presencia pueda incluirse dentro de la vida social y cultural de nuestra sociedad.
En ese sentido, es deseable que en vez de resolver con premura normativas que maquillen las ya existentes se desarrollen los espacios multidisciplinarios (de producción, económicos, de difusión, comunicacionales, técnicos) que puedan realizar un diagnóstico sobre el estado de las cosas y propuestas que adecuen los recursos, siempre generosos, con que cuenta el medio cinematográfico nacional a la realidad cambiante y provocadora que nos toca vivir. Es absurdo pensar que no se planea una política donde se tenga en cuenta cuántas producciones anuales son las que deben incluirse dentro de los parámetros convencionales, cuántos fondos pueden destinarse a la difusión por otros medios (TV, cable, satélite, Internet), cómo promover sistemáticamente la aparición de nuevos valores y, simultáneamente, posibilitar que aquellos cineastas que demostraron una fuerte presencia en el plano de sus realizaciones puedan cultivar la continuidad en su trabajo para que las pantallas, cualesquiera sean, puedan ser la ventana de las obras que la sociedad argentina espera y merece. También la transparencia en el destino de los recursos disponibles y su uso racional, el respeto a la diversidad de propuestas, el desarrollo de los distintos formatos de documentales, cortometrajes, series televisivas y otros elementos de la comunicación contemporánea son merecedores de una atención ineludible por parte de las políticas que se lleven adelante. Insistir en un esquema que ya demostró su obsolencia no es sino seguir apostando a sucesivas modificaciones y crisis que caracterizaron la actividad cinematográfica en los últimos años.
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