Gracias, Bebe
Quintín (publicada originalmente en la columna El Inclemente de OtrosCines.com el 2 de octubre de 2007)
Hace unos días, la Academia del Cine Argentino decidió que XXY representara al país en el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa. También decidió que la película de Lucía Puenzo compitiera por el Goya a la mejor película no española de habla española (dado que por lo general se trata de coproducciones, habría que decir la película española de habla no española). Es la primera vez que se da esa coincidencia, al menos en los dos años de vida de la institución. Pero al parecer no ocurrió antes tampoco, cuando no había Academia y la elección se decidía mediante una votación de las cámaras sindicales y empresarias de la industria o por un comité de notables designado por el INCAA.
Está lejos de mi intención protestar ante este nuevo éxito por partida doble de la familia Puenzo (Luis, el padre de Lucía, es el productor de la película), cuyo know how en materia de premios es ampliamente reconocido (como detalle, baste decir que me encuentro con una lista de los 200 integrantes de la Academia en 2005 y descubro que Lucía Puenzo ya era miembro en aquel entonces). Al contrario, la noticia me despierta una secreta algarabía. Y no precisamente porque me guste la película. De hecho la detesto: es un perfecto ejemplo de la manipulación ideológica, el oportunismo comercial y la chapucería artística tan presentes en el viejo cine argentino, ahora actualizado sólo por la edad de algunos realizadores y la temática juvenil de sus argumentos.
Lo que me alegra en un sentido perverso de la doble elección de XXY es que no me concierne en lo más mínimo. Y todo gracias a Bebe Kamin. Permítanme un pequeño flashback. Corría el año 2001 (me parece) y José Miguel Onaindia era el presidente del INCAA. Se propuso entonces formar la dichosa Academia y se hicieron algunas reuniones preparatorias entre gente ligada al cine. Entre ellos, se decidió incluir a los críticos y, en carácter de tal, fui invitado con otros colegas a una especie de asamblea multitudinaria que tuvo lugar en el aula magna de la ENERC. Me parece que Héctor Olivera presidía las deliberaciones y, en algún momento, destacó la presencia de los críticos como parte de las fuerzas vivas del cine. Allí pidió la palabra Kamin para decir que él no creía que los críticos debieran formar parte de la Academia. Lo dijo con absoluta convicción y con una fundamentación muy atendible: que la Academia representaba a la Industria del cine y que los críticos no eran parte de ella, tal como ocurría en la entidad madre, la Academia de Hollywood.
Me gusta creer que Kamin fue decisivo a la hora de impedir que los críticos ingresaran a la Academia y, aunque no haya sido así, destaco su valiente intervención en aquel entonces. Supongamos que hubiera triunfado la tesis contraria y que, dado que participé en esa reunión, mi nombre hubiera figurado en la lista inicial de miembros. Terminemos el flashback y volvamos a un presente alternativo. De haber ocurrido las cosas de esa manera, hoy estaría amargado porque la institución que integro eligió un bodrio para representarla (no sería la primera vez, claro). Estaría metido en discusiones donde se dan argumentos del tipo “lo que se elige no es la mejor película, sino una que tenga posibilidades de ganar”, cuando nadie sabe qué es lo que sirve para ganar salvo —en el caso del Oscar— que de la distribución se encargue un gran estudio y que éste decida hacer el lobby necesario o que —en el caso del Goya— el coproductor español esté dispuesto a ídem. De todos modos, sería finalmente copartícipe de la decisión.
En cambio, ahora, como crítico campestre (no sé tampoco si los críticos campestres participarían de la Academia en esta vida paralela), puedo decir “que se arreglen” y coincidir con Kamin en que la industria es una cosa y la crítica otra y que no hay que mezclar la hacienda. Cuando eso ocurre, las cosas se complican. Por ejemplo, los colegas que asisten a un festival al que concurre una película argentina tienen la molesta sensación de que, de alguna manera, son parte de la delegación oficial. Peor es que un film argentino gane un premio, ya que en esos casos aparece el obligatorio nacionalismo periodístico. ¿Cómo se va a escribir en contra de XXY, por ejemplo, si ganó no sé qué premio en Cannes? En cambio, desde afuera (bien desde afuera en mi caso), puedo desear que la película pierda en cuanto concurso, competencia o confrontación se presente sin sentir culpa ni tener compromiso alguno. Es un alivio no ser parte nominal de una corporación que, entre otras cosas, toma decisiones como esta. Que encima es lógica: nadie puede negar que XXY representa cabalmente a la industria del cine argentino, tan fiel a sus modos de producción y financiación como a su aversión por la crítica.
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