¿El futuro será digital? (o no será)
Diego Brodersen
De un tiempo a esta parte, con los costos de laboratorio disparados a la estratosfera –al menos, si se los compara con sus valores relativos antes de diciembre de 2001-, un puñado de distribuidoras locales comenzó a estrenar algunos de sus films en copias para nada ortodoxas, al ser directamente proyectados en pantalla grande en el formato hogareño de DVD. ¿Consuelo de tontos? Lo cierto es que esta estrategia para abaratar tarifas dista de resultar ideal, pero al mismo tiempo parece ser la única manera de presentar en salas comerciales un listado de películas que incluye algunos de los títulos más relevantes de las últimas temporadas.
Al mismo tiempo, el formato de registro y almacenamiento de imágenes y sonidos conocido como Alta Definición (las siglas en inglés se leen HD) hace rato que ha dejado de ser una novedad para transformarse en un estándar de las industrias del cine y la televisión. En el caso puntual de los largometrajes cuyo destino son las salas de cine, muchos films recientes han sido rodados en HD y transferidos a 35mm para su proyección final –dos ejemplos recientes incluirían films tan disímiles como Miami Vice, de Michael Mann, o la todavía inédita Parapalos, de la argentina Ana Poliak. La razón de este traspaso de un formato digital a otro analógico descansa en el hecho de que todavía –y seguramente por algunos años más- el de 35mm sigue siendo el paso que utilizan la mayoría de las salas de cine del mundo.
Pero la exhibición de algunos de estos films en salas especiales o bien en el marco de los festivales de cine internacionales permite apreciar que, en la mayoría de los casos, las películas rodadas en HD se aprecian mejor (por su calidad de contraste, sutileza de matices de los colores, etc) cuando son proyectados en ese mismo formato de origen. En la Argentina, las exhibiciones en Alta Definición han sido tan aisladas como alejadas del circuito comercial, fundamentalmente porque el alquiler y/o compra de un reproductor de cintas HD resulta particularmente oneroso (en los Estados Unidos, uno de estos aparatos ronda los 25.000 dólares) y las salas de cine de nuestro país parecen poco dispuestas a hacer una inversión de riesgo de ese tipo. A pesar de ello, en la próxima edición del BAFICI, y por primera vez en el festival de cine porteño, un film de la Competencia Internacional será exhibido en Alta Definición, abandonando al fin un artículo de su reglamento que estipulaba que el formato de proyección debía ser el de 35mm o bien el de 16mm. Un verdadero signo de los tiempos que se vienen, agrade a los exhibidores o no.
La coda final a estas disquisiciones técnicas es la aplicación, como paliativo, del traspaso opuesto al cual veníamos haciendo referencia, es decir: la posibilidad de exhibir en Alta Definición films rodados originalmente en 35mm. Una buena manera de terminar con las pobres proyecciones en DVD (formato de menor definición que el HD, particularmente al ser proyectado en pantallas de tamaño importante) estaría basada en la compra e instalación de algunos reproductores de HD en el circuito de salas de cine arte o similares y, por qué no, incluso en una o dos pantallas de cada uno de los grandes complejos. De esa manera, y a pesar de la imposibilidad de acceder a copias en 35mm, podríamos disfrutar aún más de películas como Una pareja perfecta (Nobuhiro Suwa) o El sabor del té (Katsuhito Ishii) al ser proyectadas con una calidad de imagen similar a la propuesta por sus respectivos realizadores. Dos ideas, dos llamados a la solidaridad: se necesitan con suma urgencia empresarios emprendedores con ganas de mejorar el nivel de las proyecciones de sus salas y asimismo el apoyo económico de algún organismo estatal en la compra de reproductores de HD, como método de subvención a las salas de cine que apuestan a un cine arriesgado en términos artísticos.
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