¿Qué hacer?
Hugo Castro Fau (productor / Lagarto Cine)
En primer lugar aclaro que comparto muchisimos de los conceptos veritidos por
Juan Jose Campañella en su debate con Aristarain.
Como tambien los de
Julio Raffo en cuanto a la necesidad de que las denuncias, si son serias, tengan
nombre y apellido, pues afectan el buen nombre y honor de las
personas.
Y todos tenemos
derechos.
La pregunta del dia es ¿como ganamos
espectadores argentinos e iberoamericanos para nuestras películas?
No hay
una respuesta unívoca.
Debemos ir de lo general a lo particular.
El mercado cinematográfico no es un mercado de libre
concurrencia.
Es un mercado concentrado oligopólico basado en estructuras
de produccion, distribución y exhibición piramidales dominadas por las empresas
miembro de la MPAA.
Frente a esta primer problemática, que impacta
de lleno en cuestiones como la identidad y la diversidad cultural, las
Constituciones Nacionales, los tratados internacionales ratificados en Ibero
América y las propias leyes de cine han zanjado desde hace ya tiempo, cualquier
posible distracción.
Es un deber del Estado regular activamente dicho
mercado, para democratizarlo y asegurar a los cuidadanos la posibilidad de
acceder a discursos audiovisuales diversos.
Contra el discurso único y
unívoco, generar las condiciones económicas y políticas para el surgimiento de
voces diversas.
Y esta no es una mera discusión ideológica, tiene
también de un profundo contenido comercial y de de política
económica.
Pese a lo avanzado de nuestra legislación, dicho derecho
básico aun no se encuentra totalmente asegurado para nuestras cuidadanos, ni en
nuestro país, ni en nuestra región.
Distribuidoras internacionales y
exhibidores ejecutan en forma persistente y continua contra las películas
nacionales (argentinas o iberoamericanas, "industriales" o "autorales")
políticas concretas de deslealtad comercial y posición monopólica de
mercado.
Solo acordando este marco general es que podemos avanzar a una
respuesta particular.
Algunas pocas películas argentinas, amen de su
calidad indudable como "producto cultural ", como LA SEÑAL,
tienen la posibilidad de alcanzar una mejor posición de mercado y de difusion,
en cuanto a su lanzamiento, casi centralmente por las políticas activas del
INCAA y por la participación de la televisión abierta en dicha
etapa.
Como en España, como en Francia, como en Alemania, como lo ordena
la ley de cine vigente en Argentina, ya es tiempo oportuno de que los canales de
televisión aumenten su nivel de interacción con el cine.
Interacción
democrática, de construcción a partir de los acuerdos posibles en la actual
circunstancia histórica, basados en el dialogo y de acuerdo a la ley vigente.
Reglamentar el 5% de la facturación bruta de la TV, para la realización
de películas producidas por productoras independientes de los canales (con una
participación acordada para las no independientes), en la etapa de desarrollo de
proyecto; medida esta que deberá ser acompañada por la reglamentación de la
cuota de pantalla para TV. Repito, como en Europa Occidental.
Profundizar
la necesaria y sana regulación de mercado en este sentido hará que muchos mas
espectadores nacionales llenen las salas de cine.
También aportara a
crear democráticamente en los ciudadanos un "nuevo paradigma cultural
alternativo".
Me sumo a las palabras de Daniel Burman... a veces la peor
película argentina del año es mejor que los "culos-teta-contenido" de la TV
abierta en Argentina.
También creo, nobleza obliga, que profundizar la
política de democratización de un mercado oligopólico, permitirá a los
productores, guionistas y directores repensar contenidos, historias, estrategias
de colocación en mercado de productos culturales. Es un viaje de ida y
vuelta.
La problemática excede por lejos a un solo comité del INCAA y
hasta al INCAA mismo.
Es una problemática global de política cultural y
de política económica.
Grandes avances se han hecho, queda un largo
camino por recorrer.
Nuestros críticos, directores, guionistas y
productores no son FEOS, SUCIOS y MALOS.
Somos HERMOSOS como sujeto
colectivo.
Desde el comité de evaluacion de proyectos debemos seguir
luchando por la diversidad cultural, la responsabilidad, la profesionalización
de roles, el análisis profundo de guiones y la viabilidad económico financiera
de los proyectos y el "obstinado rigor" y LA TRANSPARENCIA.
Y, como los
que nos antecedieron, seguimos creyendo no solo que "otro cine es posible",
también lo es "otro mundo".
Desde los albores de la nacionalidad (y ni
que hablar en relación a los pueblos originarios) los COMENTARISTAS
CONSERVADORES de NUESTRA REALIDAD SOCIAL y ahora los de la CINEMATOGRAFICA,
ponen en evidencia sus dualidades en cuanto a los mercados oligopolios, no
porque no comprendan la necesaria participación del Estado en la resolución de
problemas complejos, sino por la prejuiciosa forma de evaluación de esas
intervenciones.
Un artículo publicado en un reciente libro
(Cultura y neoliberalismo, de Clacso) ofrece un interesante
sendero a transitar para analizar esa disociación. Trascribo varias de sus
notas:
El investigador Daniel Mato sostiene en Think Tanks,
fundaciones y profesionales en la promoción de ideas (neo)liberales en América
Latina que instituciones y economistas han orientado su labor a “la
producción de un cierto sentido común (neo)liberal en circuitos
socio-comunicacionales específicos, apuntando con ello a la formación de opinión
pública a escalas lo más amplias posible”.
Mato destaca que “las ideas
(neo)liberales son parte del sentido común de algunos grupos de población y,
eventualmente, incluso de mayorías electorales, y no sólo de ciertos partidos
políticos, grupos empresarios y otros grupos de interés”.
Precisa que
“si no fuera así, sería difícil comprender el rating que alcanzaron, en ciertas
coyunturas, estas ideas y quienes las preconizaron en algunos países”.
Menciona al respecto la popularidad de Menem y Cavallo en la Argentina durante
no pocos años en los noventa.
Para concluir que el trabajo de los “think
tanks”, sus economistas y la amplificación en los medios de comunicación de su
concepción sobre los temas económicos, pero también los políticos y sociales en
general, van construyendo “hegemonía en torno a sus representaciones, a través
de su naturalización, por la producción de un cierto sentido común; y esto se
lleva a cabo en forma paciente, permanente, cotidiana y perseverante, no por la
vía de la imposición”.
Hoy cerrada la etapa del neoliberalismo salvaje,
intentan imponer un discurso neodesarrollista en lugar de uno
neokeynesiano.
En realidad, ese discurso no es inocente, responde a una
cosmovisión del mundo conservadora, que tiene la particularidad de ser
implacable cuando el Estado regula activamente a favor de PYMES insertas en
industrias culturales o expande gastos para sectores postergados; como el caso
nuestro, pero es indulgente cuando esas erogaciones implicaron transferencias
para los bloques del poder económico como claramente ocurriera en los
´90.
Creo que ya es tiempo de sacarnos de encima el “estigma” de que es
un problema individual y que por ende somos malos productores, malos directores
o malos guionistas y por eso “(sic) la gente (sic)” no va a ver nuestros
productos culturales.
Debería ser nuestro rezo laico de cada mañana
frente al espejo repetirnos y propagar que es un problema global de
política económica y cultural (It´s the economy stupid!!!).
“Hacia
fuera” de clara y tajante disputa con la MPAA en pos de democratizar el mercado
y “Hacia adentro” una no menor evaluación de cómo profundizamos las políticas
publicas activas y ganamos en diversidad y excelencia de voces y mejores
contenidos.
Una aclaración más. El INCAA o cualquier Instituto de
Cine en Iberoamérica no apoya con fondos públicos a determinado “director,
productor o guionista” (grieta discursiva neoliberal que apunta a hacernos creer
que lo que nos pasa es porque somos inútiles, feos, sucios y malos).
Nuestro INCAA (como el ICAA, el CNAC, el IMCINE, el CORFO, el
exFondart, El CONACINE, la CNC, etc) no son “sociedades cinematográficas
de beneficencia” que apoyan individualmente a inútiles.
Son organismos
públicos que basados en las Constituciones Nacionales y los tratados
internacionales, aplican por mandato legal, políticas activas de fomento y
regulación en mercados oligopolios.
Desde hace ya bastante tiempo, el
Incaa, como las diversas asociaciones de productores y sin duda la nuestra
APIMA, luchan y bregan por la profesionalización de “roles” y la conformación de
PYMES dentro del ámbito de una industria cultural como la es la nuestra.
Y esta claro que existen diversidad de modos y diseños de produccion,
como también distintos intereses, estrategias y asociaciones hacia adentro de la
FAPCA o de la FIPCA (Federación argentina y Federación Iberoamericana de
productores cinematográficos y audiovisuales). Que hay hermanos, que hay primos
y que hay parientes lejanos…
Pero, “los que no somos hollywood”, no
podemos pretender que dentro de nuestra casa no haya diversidad y que tooodo sea
solamente “enterteinment y palermo hollywood” o solamente “cine experimental”.
Es otra dicotomía falsa.
En Argentina tenemos “palermo hollywood”
y también “palermo chico”, “placita serrano”, “palermo viejo”, “palermo
sensible” , etc… y el resto de la ciudad que no es
palermo.
Además, “La cultura está estrechamente ligada a la
posibilidad de construir una sociedad más justa y democrática. El desarrollo
cultural es un fin en sí mismo, como lo reconoce la UNESCO, y requiere para su
florecimiento un marco de libertad; la conjugación de políticas públicas; la
acción de privados y de la sociedad civil, “trascendiendo la economía, sin por
ello abandonarla.”
ALGUNAS DEFINICIONES:
Expresión
cultural se refiere a la creación, producción, distribución y exhibición de
los contenidos culturales, en cualquier medio o forma, existentes o
venideros.
El contenido cultural se refiere a la producción de
creadores individuales y de industrias culturales, la cual generalmente está
protegida por los derechos de propiedad intelectual y que incluye pero no está
limitada a: 1) la producción creativa de los individuos [e industrias
culturales] manifestada en diferentes áreas de las artes como, el teatro, las
artes visuales y los oficios, la arquitectura y el diseño; 2) los sonidos, las
imágenes y los textos de las películas, los vídeos, las grabaciones de sonido,
los libros, las revistas, los periódicos, la retransmisión de programas y otras
formas de los medios incluyendo multimedia, bien sea que ya existan o que vayan
a ser inventados, que sean creados por individuos o por industrias culturales;
3) las colecciones y las exposiciones de museos, galerías y bibliotecas que
incluyen archivos relacionados con el patrimonio cultural de una
sociedad.
Los bienes y servicios culturales son todos aquellos
bienes y servicios que transmiten contenidos culturales, los cuales adquieren su
especificidad porque transmiten valores, significados e identidades y por lo
tanto, no son solamente productos de consumo.
Las Industrias
Culturales hacen referencia a las organizaciones, las empresas y los
individuos que crean, producen, publican, distribuyen, exhiben, proveen o
venden, contenidos culturales.
La UNESCO lo establece claramente cuando
define que “sólo políticas culturales apropiadas, pueden garantizar la
preservación de la diversidad creativa contra el riesgo de una cultura única del
mismo modo que sólo políticas de preservación de la biodiversidad pueden
garantizar la protección de los ecosistemas naturales y, por tanto, de la
diversidad de las especies”.
El
neoliberalismo incidió (e incide) en los modos en que el
mundo es narrado, en los sentidos adjudicados al pasado y al futuro, en las
características de los proyectos intelectuales (y audiovisuales), en las
prácticas de la vida cotidiana, en la percepción y uso del espacio, en los modos
de identificación y acción política.
Comprender y des-velar los sentidos
comunes como cultura tiene en cada circunstancia, una implicancia política.
Interrogarse por los sentidos comunes, en plural, implica no sólo
preguntarse por la institución de la hegemonía, sino también por su eficacia
sobre los sectores que subalterniza.
REFLEXIONES ACERCA DEL
NEOLIBERALISMO Y LA CULTURA desde Cultura y
neoliberalismo, de Clacso
La cultura es una
firma.
Cada uno de nosotros tiene un apellido y un nombre.
El apellido nos vincula a una familia más o menos numerosa, tías, tíos,
primos y en tanto uno es, una serie de antepasados que, aunque no lo sepamos,
nos han dejado su marca. Nuestro nombre es nuestra contribución personal a la
historia de la familia, algo particular que uno aportará. Es nuestra forma
personal de agregar algo sin dejar de apreciar lo que ha recibido. El apellido
nos identifica como miembros de un grupo familiar. El nombre es la posibilidad
para cada uno y una de ser un Santiago, una Celina o un Cayetano en el seno de
cada familia.
La cultura es lo mismo pero más amplio, más colectivo.
Es una firma, pero que proporciona precisiones sobre un grupo o un
pueblo. La cultura quebequense es la firma que afirma: “Formamos parte de la
gran familia humana, pero regalamos a la humanidad algo un poco diferente que
otros grupos no podrían regalarle” así como una firma expresa un nombre y un
apellido, la cultura reúne en cierto punto lo que es común a todos los seres
humanos y en otro lo que un determinado grupo humano tiene de diferente, de
único, de irreemplazable.
Es la cultura lo que le permite a cada uno/una
decir: “Soy un ser humano y soy francés” o “Soy un ser humano y soy argelino”.
Es por esto que una firma y una cultura se parecen. La firma permite a Juan
Latremouille pertenecer a la familia de los Latrémouille y ser un Latrémouille
diferente a los demás: la cultura es una forma particular de formar parte de los
seres humanos aún siendo un grupo de seres humanos diferente a los
demás.
La cultura, es en un caso el vínculo entre un inuk y sus cuentos,
sus conocimientos del frío, el manejo de su ambiente. En otro caso, la cultura,
el vínculo entre los quebequeses y sus climas, sus regiones, sus iras y sus
entusiasmos. La cultura es también el vínculo entre los polacos y la tormentosa
historia de su país, la inestabilidad de sus fronteras, la vecindad rusa y
alemana.
El inuk, el quebequense y el polaco son seres humanos pero cada
uno de ellos se nutre de una cultura particular y aporta con su cultura un
regalo a la humanidad que la humanidad no puede recibir de ningún
otro.
La cultura es también una
mirada.
Además de otorgarme una firma inimitable la cultura
cambia mi mirada. Como quebequense, miro caer la nieve un 4 de mayo sin
enloquecerme. Mi cultura me enseña que esa nieve que veo caer por la mañana ya
no estará a medio día. El africano o el mexicano que ve junto a mí caer la misma
nieve no sabe, a menos que ya haya pasado aquí muchos inviernos, si esta nieve
anuncia la vuelta de los fríos intensos.
El recién llegado puede pensar:
“¡Oh no, esto va a recomenzar!” La cultura del quebequense y la del recién
llegado conducen a una apreciación diferente de la misma nieve, de la misma
realidad. Una misma nieve y dos miradas. Dos miradas guiadas por dos culturas.
Pertenecer a cierta cultura permite interpretar con más comodidad las
costumbres, los hábitos, los símbolos vinculados a esa cultura.
Cuando
un estadounidense ve la bandera de su país, reencuentra la atmósfera del saludo
que le enseñaban a hacer en la escuela primaria y es mentalmente llevado a jurar
fidelidad a su patria nuevamente.
Si un peatón quebequense escucha el
sonar de una bocina, se sobresalta automáticamente, porque ese sonido, gracias a
Dios, raramente nos agrede: el peatón gira la cabeza y piensa que talvez cometió
una imprudencia o que está en presencia de un conductor nervioso y excepcional.
Si el ciudadano de El Cairo tuviera que tener en cuenta la cantidad de gritos de
advertencia que le perforan los tímpanos, hubiera muerto, hace bastante tiempo,
de depresión.
La misma realidad pero miradas (y oídos) diferentes.
Muchos quebequenses, se ponen a buscar un restaurante una o dos horas
antes que los parisinos se dirijan a la mesa y tres o cuatro horas antes que los
ciudadanos de Madrid hayan concluido sus tapas. La misma necesidad de
alimentarse, pero adaptaciones diferentes.
El francófono dice “Yo tengo
sesenta años” pero el anglófono dice más bien “ Yo soy sesenta años (I’m
sixty)”. El chirrido de las articulaciones se parecen pero la cultura modifica
las reacciones.
El antropólogo Pierre Maranda, contaba que durante su
estada en una isla solitaria de Oceanía, tardó semanas en comprender porque la
gente se sentía incómoda junto a él. Él como extranjero educado sonreía lo más
cortésmente posible a quienes se le acercaban pues no conocía el idioma y
trataba de establecer contacto con ellos. No sabía, que en esta cultura
particular, la persona solo sonríe si está incómoda. La gentileza de la cultura
quebequense le significaba a esta otra cultura “Estoy a disgusto” Y los isleños
no atinaban a saber qué hacer para que desapareciera esa sonrisa de desagrado.
El joven inuk conoce diecisiete palabras para describir la nieve; la que
se refiere a que va a permanecer, la que va a desaparecer, la que se va a volver
hielo, la que... Y los escolares autóctonos de Chisasibi cuelgan en las paredes
de sus clases dibujos en los que la nieve es siempre azul... Una cultura menos
nórdica la de los tuaregs del Sahara por ejemplo con una palabra general y
talvez ni pueda imaginar su contenido concreto. La nieve es similar en todas
parte pero cada cultura la ve o la imagina a través de sus propios
lentes.
Diferencias sin
superioridades
Cuando un invitado chino eructa cada vez más
sonoramente mientras transcurre la comida, un quebequense lo considerará
seguramente grosero. El invitado no comprenderá porque se trata de disimular lo
que le produce placer y que no se sienta eructar a los demás como reconocimiento
de que la comida es excelente. Estas diferencias culturales son comunes. Muchas
veces, surge la pregunta: “¿Pero, quién tiene razón?” en casi todas las culturas
la primera reacción es considerar que la propia es la correcta, el refinamiento,
el equilibrio. Cada cultura se siente como la más inteligente; las demás – es
una pena que no se den cuenta - son bárbaras.
Uno no dice necesariamente
“ Yo soy el bueno, ellos son lo malo” pero se da en todas partes.
El
europeo no comprende que a alguien le interese el béisbol, el estadounidense no
sabe siquiera quienes son los All Blacks, ambos creen que son los únicos que
conocen el deporte.
La periodista Catherine Bergman (L’Empire
desorienté, Flammarion, Québec, 2001, pgs. 117- 119) menciona muchos
ejemplos de juicios apresurados sobre costumbres japonesas. Por ejemplo, a
propósito de los “matrimonios arreglados” (mi-ai).
Para realizar un
matrimonio arreglado cuenta una joven científica japonesa muy suelta de cuerpo,
es preciso primero redactar un perfil, una biografía que se les da a las
intermediarias. Es necesario contestar todas las preguntas. Para la gente que
procede de un medio correcto es fácil, pero ¿ y los demás? Se duda en poner por
escrito la historia de la propia vida si esta ha sido menos que
perfecta.
Dicho de otro modo, contrariamente a la idea que circula como
cliché de otras culturas no son necesariamente los padres los que proponen los
matrimonios arreglados. Suele hacerlo las jóvenes ambiciosas. Catherine Bergman
luego de haber vivido muchos años en Tokio señala también otros matices
culturales.
Mientras que Mari (como Marie Curie) censura con voz dulce,
yo tomo nota de su vestido de lino rosa, de su pequeña y adecuada chaqueta, del
corto collar de perlas, signos sutiles pero no equívocos que revelan que se
trata de una mujer profesional investida de autoridad. Si fuera más joven
vestiría el sempiterno tailleur azul, la camisa abotonada hasta el cuello. No
lleva medias, lo que desde luego parece normal puesto que nos hallamos en plena
estación estival y que el calor húmedo es asfixiante. Pero en Tokio para
cualquier persona de su rango no llevar medias constituye nada menos que una
formidable declaración de independencia!
Cuando las culturas son tan
diferentes. Muchas reacciones son posibles. Uno puede razonar con complejos:”
Actúan así porque están todavía atrasados, démosles tiempo!” O sino cerrando
puertas y ventanas: “Mientras permanezcan en su país, que hagan lo que quieran,
pero si vienen al nuestro que no traigan sus costumbres en su equipaje”
Puede que esto no sea una brutal condena a todas las diferencias
culturales, pero no muestra tampoco una gran apertura de espíritu. Puede que
sean razones políticamente correctas de decir lo que no se quiere comentar a
viva voz. “Es mi cultura la correcta es mi mirada la que ve las cosas como se
debe….”
Falta recorrer todavía un largo camino antes de que podamos
pensar y decir que ninguna cultura es superior a otra, que no existen miradas
neutras u objetivas y que todas las culturas son irreemplazables e
indispensables.
Llegar a este resultado es sin embargo deseable, porque
es la única manera de dejar que cada ser humano establezca el vínculo que desee,
quiera y necesite con su ambiente.
Pretender que algunos seres humanos
son incapaces de desarrollar una cultura adaptada a su clima tiene sus
pesadillas y su historia, es lo que conduce en línea recta al racismo: “Yo sé
mejor que tú lo que significa tu medio”
Deberíamos admitir por lo tanto
que nosotros ponemos la barriga al aire, al primer soplo primaveral, que el
nómade del desierto sabe lo que hace cuando casi se tapa hasta los ojos de cara
al sol tropical.
Las culturas no son iguales.
El
neoliberalismo interviene con todo su peso para convencernos que es mucho más
simple e inteligente difundir una sola cultura, una mirada uniforme. ¡Tanto peor
para las diferencias!.
No son otra cosa, dice el
neoliberalismo, que un derroche de energía y una manía de viejos
nostálgicos.
Para el neoliberalismo: ¡Viva la
uniformidad!
Cuando pasea con sus grandes zuecos por el
mundo de la cultura, el neoliberalismo tiene un discurso seductor y mentiroso.
Con la mano sobre el corazón proclama el derecho de todos los seres
humanos a acceder a todo lo mejor que le ofrece la cultura: cine, música,
libros, espectáculos, vedettes, etc.
Los “nombres” de los pequeños
enclaves regionales deben desaparecer en nombre de la democracia y del derecho
universal a una más rica cultura.
¿Porqué no permitir a la hegemonía
industrial y comercial pasar por encima de las pretenciosas “excepciones
culturales”?
Una vez eliminados los residuos folklóricos que las
pequeñas comunidades se empeñan en preservar en el estilo macramé o en el tamtam
primitivo, la especie humana marcharía al mismo ritmo y disfrutarían de las
mismas riquezas.
Hermoso
discurso!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
En realidad la cultura no
funciona como un ejército. La cultura es creación y es muy raro que los
creadores vistan uniforme. La cultura no es un hermoso programa que desciende
del cielo o que la autoridad impone en todas partes sino una gama de miradas de
gente diferente sobre realidades que a veces son las mismas y a veces no.
La cultura desemboca en la libertad de rezar junto a la
cama o sobre una alfombra de oración en el medio de un bazar o de no rezar
simplemente.
El día en que todas las culturas expresen lo mismo, será
prueba de que todas las comunidades se han vuelto sordas y ciegas.
Si
todas cantan, bailan, hablan, esculpen y aman de la misma manera será un signo
de que todos los grupos humanos no ven más, no sienten más, no saben más que la
naturaleza cambia de un continente a otro, de una temperatura a otra, de una
hambruna o de una epidemia a otra. Una sola cultura es la ruptura del vinculo
entre los seres humanos y sus entornos.
El neoliberalismo no quiere que
haya culturas diferentes.
¿Por qué?
Porque las diferencias
culturales dificultan las formas salvajes de acumulación y vuelven a la gente
menos dócil. Las cosas son tanto más provechosas para el comercio cuando todo el
mundo ve Dallas o Shrek, cuando los “best
sellers” son elegidos (o reescritos) en un solo lugar o cuando los contenidos
televisivos se repiten universalmente.
La cultura amenazada
por todas partes.
Disipemos finalmente un malentendido que
circula por las calles. La cultura no es un asunto snob ni la propiedad
exclusiva de los intelectuales de izquierda.
Es cierto que la cultura se
expresa en los libros y en los coloquios a través de especialistas pero la
cultura también está en la forma de conducir un vehículo, en la utilización
social o vengativa del teléfono portátil, en la elección de los
entretenimientos, en el uso de internet, en el respeto a los colegas y las
competencias... Porque la cultura está en todas partes, y en todas partes
amenazada por el neoliberalismo.
¿Cómo asombrarse? ¿Cuando la ideología
de vender o de comprar cualquier cosa, incluida el agua, el aire o un
estacionamiento al lado de una sala de urgencias, se ha metido en la
cabeza?
Habrá que esperar que ponga también en licitación el ruido, la
contaminación, el masoquismo, el aire, el agua.
Que no se espere que el
neoliberalismo proteja las culturas nacionales o regionales que son y deben
seguir siendo incubadoras de libertad y de diversidad.
Entre
el neoliberalismo y la cultura en todas sus formas y en todas sus
manifestaciones ninguna coexistencia es posible.
La cultura
bajo el neoliberalismo es una cultura que funciona en términos de dominantes y
dominados, que borra la memoria histórica de los pueblos, que se ostenta como la
única y verdadera visión del mundo.
El proyecto cultural del
neoliberalismo rompe las redes solidarias entre los individuos y los aísla,
entre otras por medio de un modelo educativo y de medios de comunicación que
pretenden uniformar al mundo, globalizar costumbres e ideas, acallar
diferencias. El discurso y la práctica neoliberal aplastan y destruyen las
manifestaciones del arte y la cultura popular, estandarizando y homogenizando, a
través de un arte que reproduce este sistema de alineación del hombre y el medio
ambiente.
"Así, en Latinoamérica, el
establecimiento de una verdadera cultura, lleva necesariamente a combatir la
'cultura' ordenada por la dependencia colonial. Implica, por lo tanto, una
revisión respecto del pasado nacida de la búsqueda de las propias raíces que
obliga a restaurar el prestigio de quienes fueron sumergidos por no ingresar a
las jerarquías oficializadas; el impulso que destruye los falsos héroes consagra
paralelamente a otros que responden a las exigencias de una verdadera cultura
propia. Es una especie de Renacimiento, de fe en la genuinidad de lo propio que
vertebra la violencia crítica a la 'intelligentzia' colonizada, que sólo tiene
un valor sucedáneo carente de originalidad como simple repetición de ajenos
repertorios". (Arturo Jauretche)
“Reflexionar con los
oligopolios es lo mismo que ir al almacén con el manual del comprador, escrito
por el almacenero” (Arturo Jauretche)
“Yo no soy un
"vivo", soy apenas un gil avivado.” (Arturo
Jauretche)
El debate de fin de año
Durante
estos días de noviembre de 2007, “cruzados de comunicados de prensa” me estuve
preguntando si había algo que debiéramos decir como productores independientes
buscando encausar un debate serio y en serio, mas allá de la
coyuntura o el segundo a segundo.
Un debate que consolide con hondura las
instancias de regulación y fomento en lugar de uno (desmadrado) que abra la
riesgosa ventana de la deslegitimación social de dichas políticas.
Creo
que como productores independientes debemos clarificar que las soluciones
concretas a los problemas concretos de esta etapa de la industria
cinematográfica argentina, pasan lisa y llanamente por cumplir a rajatabla con
el texto y los principios establecidos en la ley de cine vigente y los tratados
internacionales ratificados por nuestro país.
Al decir de CFK, la
experiencia histórica nos demuestra que el neodesarrollismo por si solo es
ineficaz, se deben profundizar políticas neokeynesianas que generen las
condiciones necesarias para el desarrollo de pymes dentro de una industria
cultural nacional y federal.
Esto sólo se logra con más regulación, más
políticas activas de fomento, más profesionalización y más
transparencia.
Dicho más en “criollo”, el objetivo principal debe ser
ganar el mercado nacional y regional para nuestros productos culturales, el
objetivo secundario ganar inversión extranjera productiva (con coproducciones
reales mayoritarias o minoritarias) y el tercero participar en Cannes, Venecia,
Berlín o San Sebastian. No es poco.
Pero así se juega la posibilidad real
entre ser una industria cultural nacional o ser simplemente una moda.
La
ley de cine, el Convenio Iberoamericano de co-produccion cinematográfica y la
recientemente ratificada Convención sobre diversidad cultural de la UNESCO
marcan con claridad meridiana hacia donde debe seguir la POLITICA
CINEMATOGRAFICA que nuestro país necesita y nuestra industria nacional
desea. Marcan un “SUR” para políticas públicas y son una
guía para el sector privado independiente y nacional. Hay que
profundizar las políticas activas de fomento existentes y dar cumplimiento
efectivo a las regulaciones de mercado que la ley ordena. Se puede.
Podemos.
Este debe ser nuestro “rezo laico matinal”, el de cada día
frente al espejo, como productores nacionales e independientes.
Aunque
sea una verdad de perogrullo, hay que repetirlo cada día: la MPAA y los
distribuidores internacionales dominan el mercado regional y el mercado nacional
en forma piramidal y oligopólica.
Antes conspiraban desde sus “oscuras
madrigueras”; hoy aggiornados lo hacen dominando piramidalmente el mercado
cinematográfico con innumerables acciones oligopolicas y con practicas diarias y
concretas de deslealtad comercial.
Hoy como ayer, sus “diatribas y
ditirambos” contra nuestra industria nacional, como contra cualquier política
nacional y popular, se pueden leer en la sección espectaculos del diario que
representa y defiende sus intereses mas concentrados. La verdad no
ofende. También es verdad de perogrullo manifestar que en relación
a la produccion cinematográfica, los propietarios de canales de televisión
concesionados y de salas de cine suelen ser funcionales a dicha política
oligopólica.
Profundicemos nuestra vereda para pararnos firmes en
ella. Se esta con la ley de cine o contra la diversidad
cultural y a favor de los MONOPOLIOS. Hay una solución a esta
crisis de crecimiento: Y ella es ejecutar, hacer cumplir y profundizar la
aplicación de los principios existentes en ley de cine vigente. Con firmeza e
inteligencia, pero aceptando el diálogo y la rica diversidad de nuestro cine. No
excluyendo ni al mas comercial ni al mas autoral. Entendiendo a ambos como parte
de un todo.
Sin duda alguna deberemos re-discutir y re-pensar los
contenidos de lo que producimos , pero esa discusión dependerá de cómo se
profundicen regulaciones y políticas activas de fomento.
La ley es
clarísima en cuanto a la cuota de pantalla para TODAS las formas de
exhibición y las necesarias regulaciones conexas. APLIQUEMOSLA.
La
ley es clara en cuanto a como deben administrarse créditos y subsidios y en
cuanto a como deben ejecutarse. APLIQUEMOSLA. La ley es
clara en cuanto a como debe funcionar el INCAA en relación al Consejo Asesor, a
los Comités de evaluación, su funcionamiento y su designación.
APLIQUEMOSLA. Las políticas activas de fomento existen para
democratizar mercados oligopolicos en función del interés nacional y de las
pequeñas y medianas empresas culturales. Los Institutos Nacionales
de Cine existen para profundizar esas políticas, no son sociedades de
beneficencia, ni están para “ayudar a un individuo” (como si nuestros
productores, directores o guionistas fueran obtusos y ese fuera el problema), ni
para simplemente “mediar” entre la produccion nacional independiente y los
oligopolios o sus socios locales.
Repito, mucho se ha hecho y falta
camino por recorrer. Nobleza obliga, tanto desde el sector público como desde
nuestras empresas, organizaciones y asociaciones. Tenemos la
mística y la historia de nuestro lado.
Hoy queremos y necesitamos más
que nunca al INCAA junto a nosotros, en nuestra trinchera. Para profundizar,
para avanzar juntos. Quien mejor que nosotros, los productores
nacionales independientes para saber que si “hacemos la plancha” en realidad
retrocedemos.
Que la sensación de estabilidad es “falsa”.
Lo real
y concreto es que nuestras empresas de produccion cultural, nuestro colectivo
social y la política cinematográfica no “sobrevive ESTATICA” o “avanza” o
“retrocede”.
NO HAY ESTATICA POSIBLE. NO HAY PLANCHA POSIBLE.
En
la dinámica social, cada hora, en cada decisión, cada día o avanzamos o
retrocedemos; como individuos y como colectivo social.
No es poco
lo que se puede perder y mucho lo que juntos, el sector publico y el sector
privad (profundizando la interacción existente), podemos ganar.
Recuperemos nuestra historia y las hermosas ganas de producir
historias que inspiren a la gente.
…”Porque un país sin cine es un país
sin mirada hacia sí mismo y hacia los demás. Un país sin cine es como una casa
sin espejos ni ventanas. Sin el espejo donde vernos de cuerpo entero o
escudriñar detalles de nuestra condición humana y social, sin la ventana por
donde nos mira el mundo y desde la cual vemos el universo”...
Producir
CINE, dirigirlo, guionarlo, en nuestra región tienen mucho de épico y hermoso.
Que mejor “mística”…
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