Rio de Janeiro 08
Un festival soñado
Por Manuel Yáñez Murillo, desde Río de Janeiro
Nuestro columnista catalán estuvo cinco días en el Festival de Río de
Janeiro. La lluvia y el perfil popular que tiene el evento sirvieron para
desmitificar todo aquello que una muestra de estas características, se
supone,debería ser. Mientras la cosecha brasileña fue floja, se
descataron La sangre brota (foto), del argentino Pablo Fendrik; y El
cielo, la tierra y la lluvia, del chileno José Luís Torres Leiva.
Llego a casa después de pasar cinco días en el Festival de Río de Janeiro. Lo
escribo y todavía no termino de creerlo. Aunque más que incredulidad, lo que
mejor define mi experiencia en Río es la sensación de irrealidad. Un viaje que,
para redondear el asunto, estuvo acotado por dos lecturas que a posteriori se
antojan la premonición y conclusión perfectas de este viaje extraño.
Aprovechando los largos trayectos de Barcelona a Río y viceversa, aproveché para
embarcarme en la relectura y descubrimiento de las novelas Relato
soñado (Traumnovelle) y La señorita
Else (Fräulein Else), respectivamente. Dos obras en
las que el Arthur Schnitzler aborda la compleja naturaleza de la psicología
humana, dejando por el camino exploraciones radicales de la narrativa subjetiva
y tomando la experiencia alucinada como forma de catarsis reveladora. Para
cerrar cualquier posible confusión, debo advertir que nada tiene que ver la
Austria de los años veinte que presenta Schnitzler (represiva, hipócrita,
cerrada) con el Brasil de hoy en día; sin embargo, debo admitir que mi paso por
Río tuvo algo de schnitzleriano, como la recreación fantasmal de una realidad
concreta. Fue sin duda un “festival soñado”, capaz de volatilizar todas mis
expectativas y enfrentarme a mi preconcepción de lo que debe ser un festival de
cine.
Para empezar, dos teoremas refutados: 1) En Río de Janeiro siempre
hace buen tiempo. 2) A los festivales de cine se va a ver películas. Dos
principios surgidos, respectivamente, de la ignorancia y la praxis, del tópico y
la costumbre, y claro, completamente neutralizados por la experiencia brasileña.
En realidad, exagero un poco, aunque no en lo referente al mal clima. No sé si
por auténtico asombro o simplemente por pena (mi abatimiento crecía día a día),
toda le gente con la que conversé en Río me aseguró que el encadenamiento de
jornadas lluviosas de estos últimos días es una absoluta excepción. Total, con
la expectativa frustrada de aprovechar las mañanas para hacer turismo, parecía
que se imponía la opción, nada desdeñable, de entregarse a un festín
ininterrumpido de películas. Sin embargo, dicho objetivo no resultaba tan
sencillo de realizar como cabía esperar, lo que nos lleva a una de las
particularidades esenciales del festival: a diferencia de la mayoría de
festivales que había visitado (los europeos más el BAFICI), el Festival de Río
es un evento completamente destinado al consumo local, al público carioca.
Así, a excepción de las actividades de un perfil industrial (el festival
también acoge un mercado del film), Río opta por hacer llegar su amplísima
programación al máximo número de zonas de la ciudad, ya de por si extensa. De
este modo, el festival se haya disgregado por los diferentes barrios y a falta
de un centro multisalas, es difícil hablar de un núcleo del evento. Dicho
planteamiento, asumido y defendido con orgullo por la organización, dificulta el
seguimiento del evento por parte de los visitantes extranjeros. Una sorpresa que
en ningún momento devino molestia dada la desbordante simpatía, hospitalidad y
bonhomía de todos los miembros de la organización del festival, siempre atentos
y dispuestos a ayudar. Además, entre buenas fiestas y otras tantas comilonas,
incluso la tardía entrada en funcionamiento de la sala de video del festival
(factor decisivo para simplificar el visionado de películas) puede considerarse
un fallo menor. En cualquier caso, durante mi estadía de cuatro días en el
festival, pude ver más de ocho películas, lo que no da un promedio
desastroso.
De partida, borré de la agenda cualquier incursión en la
sección Panorama (World Cinema), que recoge una suerte de perlas o
highlights de lo visto en los festivales internacionales del último
año, de Garrel a Rohmer, pasando por Sokurov, Guerin o Ari Folman, hasta llegar
a más de cincuenta. Lo que más podía interesarme de esos greatest hits ya lo
había visto, así que decidí encauzar mi tránsito por el festival por las
secciones Prèmiere Brasil (26 títulos entre ficciones y
documentales) y Prèmiere Latina (20 películas). La primera
opción no resultó demasiado afortunada. Queda claro que la intención del
festival es servir de plataforma para la industria nacional, con lo cual se
detecta que el filtro de cara a la programación de filmes brasileños es más bien
escaso. Sólo por esa regla del “todo vale”, comprensible desde un punto de vista
de mercado, puede explicarse la inclusión de una película como
Rinha, de Marcelo Galvào, un subproducto con aspiraciones
indies de un heredero atragantado de Guy Ritchie o Quentin Tarantino. Tampoco
resultó mucho más interesante uno de los “platos fuertes” del festival:
Última parada 174, de Bruno Barreto, la película que representará a
Brasil en la próxima edición de los Oscar. El film se basa en un trágico hecho
real: el secuestro de un autobús por parte de un chico criado en una favela de
Río. El acontecimiento se convirtió en trauma nacional, gracias sobretodo a su
cobertura en directo por parte de varias cadenas de televisión, y ya fue llevado
a la gran pantalla, en forma de documental (Ônibus 174), por
José Padilha, el director de Tropa de Elite. El círculo se
cierra en torno a una forma de cine exportable donde, entre efectismos
edulcorantes, se ofrece una exaltación pop de la miseria. Además, Última
parada 174 ni siquiera consigue enarbolar la rítmica contagiosa del
otro gran referente del reciente subgénero de favelas: Ciudad de
Dios.
En el apartado documental, la cosecha fue irregular, ya
que las dos películas que pude ver contaban con una factura eminentemente
televisiva, factor que deja poco espacio para la auténtica creación. En
So Dez Por Cento É Mentira, de Pedro Cezar, interesante
aproximación al imaginario y a la biografía del poeta Manoel de Barros, se echa
en falta una mayor inmersión en las fugas ficcionales de la obra, cuando unos
cuantos personajes inventados dan forma al universo irreverente y lírico del
autor. Cabe destacar aquí la figura de un creador de aparatos inútiles, objetos
que parecen auténticos “artefactos” de Nicanor Parra. Por su parte, en
Palabra (En)cantada, Helena Solberg realiza un repaso a la
historia de la música popular brasileña del siglo XX rico en entrevistas y
fascinante material de archivo. Lo peor de la película es su tendencia a la
exaltación patriótica (alguien afirma que la música popular brasileña es la
única realmente “poética” del mundo), mientras lo mejor es su atención a la
naturaleza crepuscular de la Bossa Nova “clásica”. Ver a Chico Buarque discutir
acerca de la posible muerte de su manera de entender el arte tiene una clara
repercusión universal.
Lo más interesante que pude ver realizado por
cineastas brasileños/as fue el cortometraje rodado en Super 8,
Dreznica, donde Anna Azevedo se embarca en un viaje lírico y
abstracto donde se inventan imágenes para los recuerdos y sueños de personas
ciegas. Un ejercicio de vanguardia que, más allá de su experimentación narrativa
y estética, trabaja la dialéctica entre dos de las fuerzas motoras del fenómeno
cinematográfico: memoria e imagen. La memoria como imagen, la imagen como
memoria.
Finalmente, las mejores películas del festival las pude ver en
la sección “latina” y fueron La sangre brota, del
argentino Pablo Fendrik, y El cielo, la tierra y la
lluvia, del chileno José Luís Torres Leiva. Por su complejidad y
audacia, ambas películas merecerían más espacio que un pequeño comentario en
esta crónica, pero vale la pena destacar sus respectivos logros. Sin haber visto
El asaltante, me atrevo a apuntar que a Fendrik le gusta jugar
sobre terreno minado. Su cine, visceral y proclive al estallido melodramático,
transita a veces por parcelas que podrían emparentarlo con los métodos de
Iñárritu y compañía, sin embargo, las historias (semi-cruzadas) de La
sangre brota nunca llegan a cerrarse de forma circular sobre un sostén
moralista, sino que prefieren afianzarse en un turbio y viciado ejercicio de
exploración sensorial. Con sólo algunos amagos de resolución narrativa (se nota
que el director se siente en sintonía espiritual con sus protagonistas
adolescentes), Fendrik prefiere apostar por la escritura hipersensible de los
cuerpos que se tocan y las vibraciones sonoras. Cerca de las corrientes
emocionales de Olivier Assayas, de los afectos cutáneos de Claire Denis o de las
adicciones extremas de Abel Ferrara, Fendrik es un director a seguir con
interés.
Otro valor interesante del panorama internacional es Torres
Leiva, que en su nueva película consigue hacer cuajar un material cuyos influjos
y costuras parecen pender de un hilo. Entre los detractores de la película, que
los habrá, es más que probable que se descalifique el film por su supuesta
acumulación de altos referentes de la contemporaneidad y el clasicismo fílmico
(algo que también podría decirse del cine de Albert Serra, por ejemplo). Es
verdad que entre las imágenes de El cielo, la tierra y la
lluvia se cuelan los ecos estilísticos de multitud de grandes cineastas
como Gus Van Sant, los Dardenne, Béla Tarr, Lisandro Alonso o Apichatpong
Weerasethakul. Sin embargo, y para empezar, no pueden olvidarse otras
filiaciones notables (clásicas y por tanto no oportunistas), como la alusión a
los encuadres de John Ford, los silencios de Antonioni o los travellings
trascendentales de Tarkovsky. Aunque puede que esto último enrede todavía más
las cosas. La única y verdadera salida de este embrollo intertextual es
sintonizar con el auténtico corazón de la propuesta: el profundo afecto que
parte de la cámara de Torres Leiva y se deposita sobre sus personajes (es por
eso también que su cine pierde enteros cuando se entrega a la contemplación
puramente natural y no humana). Es la delicada y genuina dulzura con la que el
director atiende a las carencias y necesidades afectivas de Ana (Julieta
Figueroa) lo que aparta la película del manierismo estético y lo que la lleva a
abrazar la vida de sus protagonistas, gente humilde y trabajadora. De la
película puede destacarse su preciosismo visual y sonoro, su intensa fisicidad o
su narrativa anti-psicológica, pero lo que se acaba imponiendo es su llano
humanismo.
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