Mar del Plata 08
Cuatro películas, cuatro talentosos directores, cuatro momentos destacados del festival
Josefina Sartora, desde Mar del Plata
Los films de Olivier Assayas, Jean-Claude Rousseau, Jukka-Pekka Valkeapää y Alexei German Jr. se ubicaron entre lo más interesante de la programación.
El comienzo de L´heure d´été (foto), el último film de Olivier Assayas, era prometedor. Retrato de familia burguesa en una casa de campo no muy lejos de París: el día de su cumpleaños, la madre (la gran Edith Scob) expresa su preocupación sobre el destino que tendrá su colección de objetos de arte después de su muerte. Gran trío para interpretar a los hijos: Charles Berling, Juliette Binoche y Jérémie Regnier. Mientras el mayor se compromete a conservar la casa y la colección (la madre es curadora y albacea del legado artístico de su tío pintor, que también fue su amante secreto), los menores que viven el extranjero no se involucran en el tema. Otra escena brillante tiene lugar después de su muerte: los hermanos deciden subastar la herencia, que incluye objetos y muebles art nouveau, dos Corots, dos Redon y otros tesoros.
Pero después el film deacae y evidencia su naturaleza institucional. El Museo de Orsay encargó éste y otros films a directores famosos (el único que cumplió hasta el final con el proyecto, además de Assayas, fue Hou Hsiao-hsien con Le voyage du ballon rouge), y L´heure d´été cumple con las condiciones del contrato: mostrar el museo y sus obras e incluso es muy didáctica sobre cómo se realiza la labor de sus curadores. Lo que en principio hacía sospechar una disección de la familia burguesa a lo Claude Chabrol, con conflictos fraternos y secretos develados, se convierte en un film nostalgioso y oficial, aunque Assayas se permite cuestionar si los objetos no pierden su alma al pasar del uso privado y personal a la sala de un museo.
Jean-Claude Rousseau experimenta con el cine mismo, develando en sus películas el dispositivo cinematográfico, la cámara, el hecho de filmar y a quién filma. Trabajando con lo cotidiano y el autorretrato, en De son appartement filma la intimidad del hombre solo, como lo había hecho en 301. Pero filma también el proceso de filmar, el espejo revela la cámara fija, que toma la cotidianeidad del director descansando, leyendo a Racine en voz alta, o trabajando en plomería. Del autorretrato cinematográfico, a la pintura: Jeune femme à sa fenêtre lisant une lettre es una elaboración libérrima del cuadro de Johannes Vermeer. Rousseau deconstruye los distintos elementos del cuadro –la silla, el mapa, la mesa, la carta, la habitación, la ventana, la luz, el color- y también al hombre que filma esos elementos. Seco e inquietante, muy conceptual y nada concesivo, su cine propone alternativas filosóficas sobre el hecho fílmico que merecerían un debate.
Un agradable descubrimiento fue el del finlandés Jukka-Pekka Valkeapää (no confundir con algún personaje de Aki Kaurismäki), que en su opera prima The Visitor hace una apuesta a la que pocos se atreven: un film casi sin palabras, en el que aborda el tópico del extraño que llega para desbaratar la vida cotidiana. Un muchacho y su madre (sobre)viven en una cabaña en el bosque, con esporádicas visitas del joven a su padre en prisión. Este envía a un extraño, perseguido por la justicia, a refugiarse en su casa. La llegada del visitante altera la vida familiar, tanto del muchacho, que recupera un modelo masculino, como de la madre, que encuentra otro compañero. Los diálogos dejan lugar a una estupenda fotografía (tal vez demasiado estetizada) que idealiza la vida bucólica y va pasando el punto de vista del protagonista a otro impersonal, transformándose en cada ocasión. No es menos importante y expresivo el trabajo con el sonido, que elabora los silencios y ruidos de la naturaleza. Aunque quedan algunos hilos sueltos, o detalles sin aclarar, el trabajo del director es sumamente valioso.
Por fin, una de las mejores películas vistas en Mar del Plata fue Paper Soldier, del ruso Alexei German Jr., hijo del realizador homónimo y ganador del León de Plata al mejor director en el último Festival de Venecia. En las planicies de Kazajistán, el régimen soviético se prepara para lanzar el primer hombre al espacio en 1961. Ante la incertidumbre frente al experimento, que ha atravesado frustradas instancias previas, el médico (el excelente actor Merab Ninidze) del grupo de astronautas de donde saldrá Yuri Gagarin se debate entre su conciencia profesional, sus dudas ideológicas, la obediencia al régimen, y sus conflictos afectivos personales. La historia soviética bajada del pedestal, vista y atravesada por los conflictos individuales.
No es aleatoria la elección del paisaje donde se encuentra el cosmódromo: un territorio embarrado y ruinoso, sin una nota verde, un espacio alucinante donde entre unas pocas barracas, en la niebla o bajo la lluvia transitan camiones, trenes, helicópteros, soldados y hasta un camello. El trabajo de German con el encuadre es magistral. Utiliza la profundidad de campo para poner en escena una coreografía cuidada en todo detalle, filmada en largos planos-secuencia que toman una de las distintas acciones simultáneas que tienen lugar en la pantalla, para pasar a un primer plano de personaje, luego a un grupo, y a otro, mientras cruza un camión, o un soldado en bicicleta, o muere un personaje en primer plano, mientras al fondo se eleva el Sputnik. No es menor el trabajo con el fuera de campo sonoro, que se corresponde con la dinámica visual. Algunos ven las huellas de Tarkovsky en el cine de German; a mí me recuerda el buen Mijalkov, el de La esclava del amor o el de Pieza inconclusa para piano mecánico. Pero, sobre todo, está presente Chejov, citado repetidamente: toda la melancolía, el desengaño, la angustia, la desesperanza, y el patetismo de lo que pudo ser y no es. Y la muerte acechando a cada instante. La muerte del hombre, el final de una época.
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