Berlín 09 Corea y Rumania siempre cumplen
Diego Batlle, desde Berlín
The Day After (foto), opera prima de la coreana Lee Suk-Gyung; y The Happiest Girl in the World, debut del rumano Radu Jude, aportaron la vitalidad propia de buena parte de la programación del Forum y ratificaron por qué esas cinematografías se mantienen a la vanguardia en los últimos años.
En medio de programaciones llena de desniveles (o sea, de tropiezos) como las de las dos secciones oficiales de la Berlinale, el Forum suele seleccionar películas que -si bien no en todos los casos resultan logradas- al menos siempre tienen algo de novedoso, de provocativo, de radical, de experimental y/o de estimulante para ofrecer (su modelo podría ser la Quincena de Realizadores de Cannes).
En mi primera (doble) incursión en el programa 09 del Forum los resultados fueron más que auspiciosos, ya que ambas películas elegidas tuvieron un nivel que no encontré hasta ahora en las otras secciones.
The Day After, primer largometraje de Lee Suk-Gyung, describe con gran sensibilidad (nunca forzada ni subrayada), con excelentes diálogos, con sutiles y a la vez punzantes observaciones cotidianas las penurias de una escritora/guionista/profesora divorciada (y madre de una hija) que está a punto de cumplir los 40 años y padece una crisis existencial/laboral/afectiva cuando se entera de que su ex marido está a punto de casarse de nuevo. El encuentro con otra mujer divorciada durante un viaje académico la obligará entre cervezas y cigarrillos a escuchar, a confesarse y a enfrentarse a sus peores fantasmas. Un film pequeño, intimista, con intensa y genuina mirada de y sobre las mujeres que pinta un panorama bastante desolador para una generación coreana marcada por los fracasos matrimoniales, la soledad y la incomunicación.
También resultó muy interesante The Happiest Girl in the World, debut de Radu Jude (asistente de Cristi Puiu en La noche del señor Lazarescu), que mantiene el espíritu tragicómico y la virtuosa puesta en escena de buena parte del nuevo cine rumano. Una adolescente pueblerina de clase media-baja llega con sus padres a Bucarest para participar de un comercial de una bebida gaseosa al que debe presentarse luego de haber ganado un automóvil en un concurso. Mientras protagoniza -no sin tropiezos- el rodaje de la publicidad en plena ciudad, sus padres tratan de convencerla de que firme un documento para vender el coche y así solucionar los problemas económicos de la familia. Ella, en cambio, quiere manejarlo para ostentar ante sus amigos y compañeros. La utilización de las locaciones reales (puro caos y ruido) de la capital rumana es un verdadero hallazgo de un film que describe de manera despiadada los profundos cambios socioeconómicos de un país que intenta olvidar su pasado comunista a fuerza de consumo (y de codicia).