Miami 09
Más vanguardia y el show de Abel Ferrara
Josefina Sartora, desde Miami
La nueva edición de la muestra norteamericana dio un interesante giro hacia películas más audaces y experimentales, como Tiro en la cabeza, Hooked o Afterschool. La gran figura fue Abel Ferrara (en la foto, con Willem Dafoe), que recibió un premio a la trayectoria y presentó un work in progress de su nuevo trabajo, Mulberry St.
La intención de orientar el Festival de Miami hacia la vanguardia no se limitó a la sección Cutting the Edge, dedicada a lo último o más nuevo de las artes visuales. La Competencia Internacional, que en casi todos los festivales suele ser heterogénea y conservadora, presentó aquí algunos títulos con propuestas estéticas algo radicales, que hablan de un trabajo con la mirada cinematográfica que de ninguna manera se queda en lo convencional. Hubo cuatro largometrajes que eligieron un enfoque diferente, cuatro películas que tienen un trabajo de cámara peculiar y exigen del espectador más que una mirada pasiva, y que incluso llegan a hablar sobre el hecho fílmico mismo.
El jurado FIPRESCI -del que formé parte- había descartado a la italiana Il passato è una terra straniera, drama sobre la corrupción en el juego distinguido por el Jurado Oficial, por demasiado previsible y convencional. En cambio, el premio fue para Involuntary, del sueco Ruben Östlund, presentada también en la Competencia Internacional del último Festival de Mar del Plata. Se trata de una serie de escenas que conforman cinco historias paralelas que nunca convergen, sobre la medida en que la conducta individual afecta los comportamientos colectivos y viceversa, y sobre la incapacidad del individuo de asumir su responsabilidad por las ofensas que infringe al prójimo. Filmada con la consigna una escena-una toma, la cámara siempre fija fragmenta el espacio tomando parte del grupo, o del personaje, dejando mucho de los mismos fuera de cuadro. De este modo, el fuera de campo visual y auditivo cobra una importancia relevante. El film toma una distancia emocional tan lejana como sus panorámicas. Su falta de moraleja, fragmentación y escepticismo dejan las connotaciones abiertas al trabajo del espectador.
La última película de Jaime Rosales, Tiro en la cabeza, había provocado un revuelo en San Sebastián por su propuesta extrema: filmada íntegramente con teleobjetivo, sigue a la distancia a un personaje del que poco se sabe hasta el final, en su diario vivir. Sus encuentros y conversaciones están filmados tras vidrios o ventanas, o a tal distancia que nunca escuchamos sus diálogos, quedando en la posición de voyeurs. Estamos así muy atentos a la banda sonora, que sin embargo sólo al final nos traerá su voz, en un grito. El film exige tal vez demasiado, ya que la banalidad de sus gestos y el desconocimiento de sus diálogos no siempre retienen la atención del espectador, hasta que sobreviene un desenlace excelentemente filmado.
El punto de vista subjetivo es la consigna de Hooked, del rumano Adrian Sitaru, para otro film que habla de las relaciones interpersonales entre una pareja en su día de picnic y una prostituta que se les agrega y altera el día de campo. El problema reside en que la cámara subjetiva -que va cambiando de protagonista- no tiene una razón funcional, con lo cual todo llega a convertirse en un ejercicio algo gratuito.
En cambio Afterschool, opera prima de Antonio Campos, hijo de brasileños, es un film sobre el poder de la imagen. Fanático del video y de la Internet, el protagonista es un estudiante secundario que por azar filma la muerte por sobredosis de dos mellizas, compañeras muy populares en su internado. Anti-film de adolescentes, Afterschool lleva al extremo el asunto del voyeurismo. Habla sobre la fascinación por filmarlo todo como la manera de confirmar la existencia, y sobre la importancia de la imagen para concebir, experimentar y comprender la realidad para la nueva generación de YouTube. Pero se constituye al mismo tiempo en una crítica al poder de las instituciones y al desapego de la familia americana. Filmada mediante la fragmentación de la imagen, no es una película de fácil visión. Todos señalan la influencia que el cine de Michael Haneke ha ejercido en el Campos, aunque éste resulta menos revulsivo.
Además de las competencias, panoramas, seminarios, y encuentros de realizadores y productores, el Festival de Miami realizó un tributo a Abel Ferrara, con una mini retrospectiva de sus films, el estreno de Chelsea on the Rocks, y la presentación del work in progress de su próxima Mulberry St., dedicada al barrio donde desarrolló su carrera profesional. Pero tan interesante como su cine fue la presencia de Ferrara, su personaje más notable.
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