Lima 09
Filmocortos, la previa del festival peruano
John Campos Gómez, desde Lima
La muestra de cortometrajes Filmocorto fue la antesala de la
inauguración del Festival de Lima, prevista para este viernes 7.
Filmocorto es un medidor importante para proyectar a los futuros talentos del
largometraje, de los que no somos pródigos. Ya son visibles algunas tendencias a
darse en el cine nacional de los próximos años. Un buen humor ronda las cintas
de corta duración, prometiendo evolucionar.
Silvana Aguirre es una autora
a considerar. Su Crossing (Altamar) es un film de texturas, de
sugerencia táctil por los encuadres cerrados a los rostros y manos de los
protagonistas, confundiendo sus poros con el grano del celuloide. Una
interacción con visos espectrales entre dos solitarios adolescentes que
experimentan sensaciones espontáneas al sentir el viento de altamar y sus voces.
Falla en hacer énfasis de una historia romántica efímera, empero su acabado
técnico es impecable.
De premisa interesante, la precaria
Altares, de Sofía Velásquez, documenta testimonios de fulanos y
menganos que describen el valor sentimental de los objetos que cargan siempre
consigo, cuales amuletos de veneración. Momentos sentidos y conmovedores
encontramos en sus dilatados 22 minutos, en los que recurre a los mismos rostros
infructuosamente en pos del mismo efecto de simpatía.
El énfasis en el
claro discurso de Empleada doméstica, de Brian Jacobs, deja
agridulce sabor de boca. El tema de la indiferencia a las muchas empleadas
domésticas de las casonas de la clase media alta limeña es un tema no abarcado
por vergüenza; no obstante, Jacobs lo hace con insolencia y compromiso con el
bando mucamo. Su narración contemplativa para representar la monotonía de la
enamorada empleada es acertada, pero llevada al límite de la sosedad. El
mismo Jacobs presentaría en la misma competencia un experimento urdido en San
Antonio de los Baños, ¿Quién es el verdugo?, donde los torsos
desnudos de una pareja se contornean al ritmo de sus palabras. Extraño
nomás.
Un chiste audiovisual dispersó las ganas de bostezo de
muchos: Aurora, de Mikael Stornfelt, que el año pasado
consiguiera risas varias con su hilarante y chabacana 18k.
Aurora se valora porque las imágenes son las graciosas, mas no
las palabras.
El 2008, Margarita Cobilich Rizo Patrón engatusó con
Todos y nadie imitando al Tarantino de Tiempos
violentos/Pulp fiction, en esta ocasión se ridiculizaría con
Don’t panic, olvidándose inclusive la coherencia narrativa destacable
en su anterior trabajo. Risas timoratas se oían intercaladas en varios puntos,
pues los parlamentos no tensionaban sino extrañaban por su ausencia de suspenso,
por su profusión de clichés de series de gangster de poca monta, aplicando un
humor negro involuntario que provoca rubor. Tal vez más responsable sea Carlos
Hoyos Brown, su guionista.
Comprometido con la ecología serrana,
El cambio climático ya está aquí, de Ricardo Cabellos, puso la
nota ONG de la jornada. Testimonios de campesinos y ecologistas haciendo,
siempre sin eco, un llamado más a la preservación del ecosistema. Sus 14 minutos
parecieron 45. Un refrito totalmente fuera de lugar.
Más simpático fue
Extranjero, de Diego Sarmiento, collage fotográfico y
testimonial de un inmigrante absorbido por la gigantesca Nueva York, en la que
cuenta con melancolía su añoranza al barrio, comida y familia ahora lejanos. Las
imágenes intercaladas de “aquí” y “allá” figuran dinámicamente el paralelismo
entre las dos ciudades aludidas.
Pero no de todo se puede rescatar
migajas siquiera. Nocturna es el esperpento de esta tercera
edición, por: a) ser un melodrama pretencioso sólo por sus motivos gay, b)
aberrante, su montaje es brusco con empalmes sin ninguna congruencia ni hilación
narrativa y, c) vulgar, su ejecución gratuita de historia coral es eludible. Una
licuación de los peores vicios del cine.
Interesante es el breve corto de
Omar Forero, First Roll, donde el lenguaje del cine supera la
barrera cultural y la ininteligibilidad del inglés mal hablado entre un latino y
una coreana que filman su primer rollo sugerentemente con el nervio de la
pérdida de la virginidad.
Una secuencia básica como una conversación
entre dos otrora amigos, cambiados por el tiempo y amansados por sus costumbres,
no encuentra pico dramático en Reunión. Antolín Prieto cuenta
paralelamente el trato entre dos individuos cuando adultos, con estados de ánimo
parcos, y cuando niños, con la vivacidad de sus expresiones e ilusiones
inocentonas, haciendo contraste entre la sobriedad del ambiente de una sala de
café con el júbilo de la niñez al jugar en la playa. La secuencia de los menores
apela a la simpatía del público y a motivar interés por la nonada de la
secuencia de los mayores, que nunca dice más que su tácito discurso con
silencios incómodos.
Transitório, coproducción brasileña
de Alex Cruz y Rodrigo Tangerino, navega, como el bote “protagonista”, entre lo
experimental y lo documental, discute sobre la monotonía de seguir un mismo
rumbo sin variar las condiciones, haciéndolo enfático con el recurso del blanco
y negro, las tomas abiertas de individuos comunes en grupo y el tempo dilatado
entre cada toma para tediar intencionalmente, a ratos irrumpe música de banda
para evitar aletargamientos. Una retórica disgustosa para un sencillo
postulado.
La actividad del cortometraje actualmente es más expectante
que la de los afanosos largos de fines comerciales. La libertad para sus
creaciones no se ven apremiadas por la recuperación de los peniques invertidos
ni por la complacencia de algún público, evidenciándose este agente hasta en los
trabajos más fallidos. El cortometraje está difundiéndose como una actividad
catártica, artística, sus bajos costos lo permite. Es un campo fértil donde
faltan manos y semillas.
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