Viena 09
Lo mejor de la Viennale 09: Rivette, Jarmusch, Wiseman, Farocki y Piñeiro
Violeta Kovacsics, desde Viena
36 vues de Pic Saint Loup (foto), de Jacques Rivette; Los
límites del control, de Jim Jarmusch; La danse -Le ballet de
l’Opera de Paris, de Frederick Wiseman; Zum Vergleich,
de Harun Farocki; y Todos mienten, de Matías Piñeiro, fueron
los films favoritos de nuestra enviada al prestigioso festival austríaco.
Jim Jarmusch definió su película Los límites del control diciendo que era como si Jacques Rivette hubiera realizado un remake de A quemarropa, de John Boorman. Su film se mueve continuamente en una esfera rivetteana: la intriga como algo etéreo, un llanero solitario de carácter excéntrico -al estilo de los personajes de Le Pont du nord- y encuentros tan casuales como fantasmáticos -en una red de conspiración parecida a la de Out 1-. Los límites del control termina erigiéndose en una bella reivindicación de la imaginación, en un momento en que lo que predominan son los corsés y el ejercicio del poder, encarnados en el personaje interpretado por Bill Murray.
36 vues du Pic Saint Loup, la nueva película de Rivette, transcurre en un pequeño circo rodante, definido por Manuel Yáñez Murillo en OtrosCines.com como un anti-Circ du Soleil y previsto por el propio Rivette como “el circo más pequeño del mundo”. El cine de Rivette siempre se mueve entre dos esferas y 36 vues du Pic Saint Loup no resulta una excepción, pues se sitúa constantemente en un punto intermedio, una tierra de nadie: entre los vivos y los muertos, entre el gesto cómico y el gesto trágico, entre la ficción teatral y la vida real, el escenario y los bastidores. Este territorio poco habitual, esta fisura entre dos mundos, permite que afloren elementos absolutamente abiertos, como el personaje interpretado por Sergio Castellitto, un hombre errante, sin profesión aparente, que interfiere en la vida de la troupe teatral, dispuesto a rescatar a una mujer (Jane Birkin) de sus miedos y rémoras del pasado. En cierta manera, Castellitto representa un ángel, un ser que llega y se va, que ayuda sin pedir nada a cambio. Rivette no necesita plantear este personaje de manera concreta, sino que lo deja de forma abierta. 36 vues de Pic Saint Loup se erige, como el film de Jarmusch, en la reivindicación de un sentimiento y un espacio algo denostados actualmente: el altruismo y un un pequeño circo. La respuesta a esto por parte de la puesta en escena de Rivette es filmar el espectáculo de forma honesta: con un solo encuadre, que comprende el conjunto de la actuación.
Película de bajo presupuesto, 36 vues de Pic Saint Loup está formada enteramente por colaboradores y amigos. Junto a un elenco formado con habituales o actores que repiten como Birkin, Castellitto, Jacques Bonnaffé o André Marcon, se les une Irina Lubtchansky (hija de William Lubtchansky) como directora de fotografía. Incluso hay un cameo de Martine Marignac, productora de Rivette. En definitiva: un rodaje con una troupe digna de un pequeño circo.
El signo rivetteano siguió con Todos mienten, de Matías Piñeiro, una de las mejores películas del festival, en la que algunos intertítulos -Las hijas del fuego, La historia de los ocho- evocan las obras del director de L’Amour fou. Todos mienten muestra su faceta rivetteana en el juego continuo -el que proponen en la mesa, pero también el de la propia película con secuencias tan cómicas y bellas como la de los besos a escondidas de dos personajes, divertidamente terminada con una chica que sale por sorpresa del armario-; y también en esa extraña mezcla entre mentira y honestidad: la mentira y la ficción convertidas en sujeto del film y la honestidad en una de las señas de la puesta en escena.
Con un planteamiento y una puesta en escena similar al de la nueva ola de cine mexicano -en algún momento pensé en Parque Vía, por su tratamiento de la rutina y sus planos reposados—, The Anchorage se sitúa en realidad en la fría Suecia, donde la cámara sigue el día de una mujer que vive junto al mar. En silencio y con parsimonia se muestra su rutina -sus baños matutinos en el agua gélida-, en compañía -recibe visita durante unos días- y en soledad. La tranquilidad se rompe tan sólo aparentemente: alguien ha anclado su barco al lado de la casa de la mujer y, ataviado con una chaqueta fluorescente, deambula por el exterior de la casa. Los directores, Anders Edström y C.W. Winter, lo filman desde el interior, como si se tratara de una amenaza. Hacia el final, la puesta en escena parece indicar un leve viraje hacia el terror: con el hombre rondando, planos que muestran la casa de noche mientras la mujer duerme, la oscuridad. Sin embargo, todo esto queda en nada. No hay rastro del género, ni consecuencia alguna ante esa presencia aparentemente amenazante. Resulta interesante ver como The Anchorage pasa en un momento del realismo extremo al posible flirteo con el género; sin embargo, los mecanismos que utiliza rozan lo tramposo.
Si en Vers Mathilde, Claire Denis realizaba un hermoso ejercicio sobre el cuerpo a través de la figura y los movimientos de la bailarina Mathilde Monnier, en su último documental, La danse - Le ballet de l’Opera de Paris, Frederick Wiseman se adentra en los entresijos de una compañía. Se trata de propuestas totalmente dispares -e igualmente bellas-: una muestra el cuerpo, lo individual; la otra refleja “la comunidad” de la danza, sus mecanismos, los ensayos, sus discusiones, el proceso de elaboración, el colectivo y el conjunto. En un momento, Wiseman filma un casting mediante un plano de los bailarines, mientras en off se oye los comentarios de los responsables de la elección: sus rostros no se ven, pero su juicio resulta implacable. Como sucede a menudo en los films de Wiseman, La danse - Le ballet de l’Opera de Paris alcanza también cierto debate, en torno a la supervivencia de la danza y Wiseman muestra la tensión entre un arte con una fuerte tradición y estos tiempos modernos (excelente el momento en que uno de los coreógrafos pone como ejemplo a los personajes de X-Men).
La mezcla entre comedia y documental a menudo resulta muy estimulante. En Zum Vergleich, Harun Farocki sigue la vida del ladrillo desde distintos países y maneras de elaborarlo. Como si se tratara de un film didáctico, el director lo divide con intertítulos dibujados. En el contraste entre la forma de manejar, elaborar y utilizar el ladrillo por parte de las distintas comunidades -de sur a norte, de oriente a occidente- asoma la crítica y también el sentido del humor, especialmente en la forma en que Farocki filma las máquinas que poco a poco sustituyen al hombre: como si se tratara de una película de ciencia ficción.
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