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     Martes | 21.05.13
 
 
 
 
Rotterdam 2010
Diario del festival - Parte 4
Miércoles 3/2

Por Javier Alcácer, desde Rotterdam
El eclecticismo y la amplitud de criterios son unas de las características esenciales de la programación de esta muestra holandesa y pruebas de ello son una experiencia visual extrema como Let Each One Go Where He May (foto), película del estadounidense Ben Russell rodada en Surinam; una brutal película tailandesa como Slice, de Kongkiat Khomsiri, el clásico The Boston Strangler, de Robert Fleischer; y hasta el nuevo díptico del gran realizador alemán Werner Herzog.

Terminó el Cinemart y, junto con los productores, se fueron también los problemas de conexión a Internet en el hotel Doelen. Consecuencia de la dieta holandesa (el horror, el horror),  un ritmo diario de cuatro a seis películas y la ingesta protocolar de bebidas una vez que cae la noche, el cuerpo empieza a mostrar signos de agotamiento.

Se exhibió un film que fue celebrado por la crítica y bastante resistido por el público: Let Each One Go Where He May, del estadounidense Ben Russell, filmado en Surinam (ex-colonia holandesa). La propuesta de Russell es bastante extrema aunque, en realidad, se trata de un minimalismo que remite al grado cero del cine; la cámara sigue la vida de dos hermanos mientras trabajan, viajan, bailan; a ciencia cierta, no hay manera de decir si se trata de un documental o de una ficción, aunque esto tal vez no importe demasiado. Conformada a partir de trece planos secuencia de diez minutos cada uno y sin ningún diálogo inteligible, Let Each One Go Where He May es una experiencia visual extrema y una excusa para revisar lo que significa una imagen hoy en día y lo que provoca. En uno de los hobbies favoritos de la crítica, como el lanzamiento a la marchanta de influencias y referencias, se mencionó a Lisandro Alonso, Robert Flaherty e incluso al primer cine de los hermanos Lumière. Cómo decíamos antes, la película no gustó demasiado entre el público: las funciones empezaban a sala llena y sólo la mitad de los espectadores llegaba hasta el final. Si bien no es perfecta (la jerarquía de los planos secuencias y su coherencia interna parece librada al azar), es una película literalmente extraordinaria y sin ninguna posibilidad comercial. Cabe señalar que hay algunos que creen que se trata de un exponente más de cine de explotación preparado para exportar al Primer Mundo y cuestionan a Russell por sacar provecho de la vida diaria de sus actores.

Para cambiar un poco el tono, por la noche se exhibió Slice, de Kongkiat Khomsiri, una brutal película tailandesa cuya falta absoluta de corrección política, sentido del decoro y mesura la hacen también irresistible, pese al estilo pirotécnico al que acostumbra el cine de género de ese país. Híbrido imposible entre el slasher, el policial y el relato de iniciación a-la-Cuenta conmigo, Slice incluye varias escenas de abuso de menores, violencia extrema y vueltas de tuerca desquiciadas que no revelaremos, a modo de deseo para que el film llegue a exhibirse en el BAFICI. Bastará con decir todo comienza con una valija roja flotando en el mar, en cuyo interior está el cadáver de un hombre, con los genitales cercenados. Y sí, después se pone bastante más intensa.

La sección Back To The Future rescata clásicos pero, en este caso, buscó películas que intentaron cambiar la experiencia cinematográfica. Por ejemplo, The Boston Strangler, de Robert Fleischer, que fue filmada en formato Cinemascope para competir contra la televisón, que por entonces ya se había colado en todos los hogares de los Estados Unidos, algo que iba a suponer, en teoría, la muerte del cine. El film de Fleischer, protagonizado por Henry Fonda y Tony Curtis, es una pequeña obra maestra y la posibilidad de verlo en su formato original es impagable. Es probable que la proyección en 3D de Dial M For Murder, de Alfred Hitchcock, haya provocado en quienes la vieron una sensación similar; pero lamentablemente no me fue posible conseguir entradas. En el mismo marco se exhiben Videodrome (una copia en 16mm) y The Raven, de Roger Corman, en un autocine, que también nos vamos a perder.

En la sección más ecléctica del festival se exhiben las dos últimas películas de Werner Herzog: Un maldito policía en Nueva Orléans tiene fecha de estreno inminente en la Argentina, así que nos vamos a limitar a decir que es una comedia negra perfecta y a recomendar su visión. Su otra película, producida por David Lynch, es My son, my son what have you've done?, un relato brutal sobre un personaje que va perdiendo la cordura hasta terminar atravesando a su madre con una espada, mientras todo a su alrededor permanece inmutable. Transcurre durante una toma de rehenes en San Diego, lugar al que Herzog filma como si se tratara del mismísimo infierno. Plagada de toques de humor y filmada en digital, demuestra -al igual que su remake de Un maldito policía- que Herzog volvió a divertirse con el cine; además, en My son… aparecen viejos conocidos como Willem Dafoe, Udo Kier, Grace Zabriskie y Brad Dourif. Lo ideal sería hacer un doble programa con ambas películas.

Al cierre de esta bitácora, la española Yo, también, sobre el primer europeo con sindrome de Down que consiguió un título universitario, lideraba el voto del público, seguida por Fantasic Mr. Fox, de Wes Anderson, y Tetro, de “nuestro” Francis Ford Coppola. No es una sorpresa, entonces, que Let Each One Go Where He May esté ausente.

 
 
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