Berlín 2010
Un sólido regreso de Polanski y una floja biopic sobre Allen Ginsberg
Viernes 12/2
Por Javier Alcácer, desde Berlín Aunque permanece en arresto domiciliario en Suiza a la espera de su extradición, Roman Polanski estuvo muy presente -y representado por sus actores Pierce Brosnan, Olivia Williams y Ewan McGregor (foto)- con un impecable thriller político como The Ghost Writer. En cambio, decepcionó por completo Howl, la biopic sobre Allen Ginsberg que también se exhibió en la competencia oficial.
La competencia oficial arrancó temprano con Howl, de Rob Epstein y Jeffrey Friedman, película que además de adaptar el poema homónimo de Allen Ginsberg (1926-1997), reconstruye el juicio por obscenidad al que fue sometido su editor, Lawrence Ferlinghetti, al publicarlo en 1957, e inserta fragmentos de una entrevista en la que James Franco interpreta al autor, leyendo Howl en público por primera vez y comentando momentos clave de su vida, como su relación con Neal Cassidy, Jack Keroauc y su pareja, Peter Orlovsky.
Esta entrevista ficticia se construye a partir de declaraciones del escritor, al igual que el juicio, que está basado en los registros de la corte; tal apego a la realidad podría explicarse por la trayectoria de los directores, quienes hasta ahora se habían desempeñado en el campo del documental. El resultado es una biopic contenida, muy poco atractiva y redundante para cualquiera que haya leído apenas una solapa de un libro de Ginsberg, que poco tiene para envidiarle a esos documentales de TV que abusan del recurso de la representación. Los únicos momentos en los que el film logra despegar son las secuencias del juicio, gracias a las insólitas -y reales- acusaciones y razonamientos de la fiscalía y a la participación de grandes actores como Jeff Daniels, Jon Ham, Bob Balaban y David Strathairn. Quizás lo más triste -y esa es la palabra- sea que los directores no se hayan entregado a la visceralidad y el poder de los versos de Ginsberg y, en su lugar, hayan decidido ilustrar la inspirada lectura que hace Franco con animaciones computarizadas horrorosas y una banda de sonido que dicta cómo hay que sentirse en cada momento en particular. Esto contradice el proyecto de la de defensa y reivindicación de Ginsberg y su obra, además de prácticamente todos las declaraciones del autor que Franco repite en el film.
Luego de aquella decepción, llegó el turno de la última película de Roman Polanski, The Ghost Writer, que ganó varios puntos de popularidad cuando el director fue arrestado por una condena de la que se venía fugando hace ya treinta años y debió terminar el film desde la cárcel. Pero, dejando de lado el amarillismo, estamos ante una enorme película, un regreso en forma a un género que Polanski maneja como nadie. Basada en la novela The Ghost, de Robert Harris, quien escribió el guión junto al director, la película cuenta la historia de un escritor (Ewan McGregor) que debe ayudar a un ex-primer ministro británico (Pierce Brosnan) a redactar sus memorias, luego de que la persona que originalmente fue contratada para el trabajo aparece muerta. Al poco tiempo de empezar a trabajar, el ex-premier es acusado de crímenes de guerra.
El crítico de IndieWire y Screen Daily, Howard Feinstein la definió como una cruza elegente entre las películas de suspenso de Alfred Hitchock y la saga de aventuras de Jason Bourne, pero, más allá del aspecto formal, hay una mirada crítica a la posición de Inglaterra respecto a la “War on Terror” (el personaje de Brosnan tiene varios paralelos con el ex-premier Tony Blair) y cierto cinismo sobre los modos de hacer política de la segunda mitad del siglo XX a esta parte. The Ghost Writer cuenta con varias secuencias memorables y es una excelente muestra de como largas escenas de diálogos pueden ser puro cine.
Aquí se puede leer el texto de Diego Batlle sobre el film de Polanski publicado en La Nación.
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