Berlín 2010
The Robber, la gran revelación del cine alemán, revolucionó la competencia
Lunes 15/2
Por Javier Alcácer, desde Berlín Este segundo largometraje de Benjamin Heisenberg (foto der.), otro descubrimiento de la inagotable Escuela de Berlín, reconstruye la histora real de un ladrón de bancos y campeón de maratón, y lo hace con escenas construidas con un talento formal y una expresividad infrecuentes en el cine contemporáneo. En cambio, la noruega A Somewhat Gentle Man resultó un bodrio de eso que dan vergüenza ajena, pero fue insólitamente festejado por la platea.
En las charlas entre las proyecciones de los festivales se inventan y se nutren las trends, o, en criollo, tendencias: que tal director es un genio que debe ser revindicado ya mismo, que el cine de tal país es el mejor del mundo... Es de esperar que de esta edición de la Berlinale surjan varios mitos semejantes una vez que empiecen a entregarse los premios pero, mientras tanto, hay una constante que se repite en algunas películas de la competencia oficial que llama la atención. Tanto la historia de The Ghost Writer como la de If I Want to Whistle, I Whistle, y las de las dos películas que vimos hoy, la alemana The Robber y la noruega A Somewhat Gentle Man, giran en torno a la cárcel. En el film de Roman Polanski el ex-primer ministro británico es acusado de crímenes de guerra y por ello podría llegar a ir a prisión, en la rumana If I Want to Whistle..., el protagonista debe soportar estoico los últimos días de su condena y ambos films de la jornada de hoy lidian con la vida una vez cumplido el tiempo en prisión, con lo cual esta mañana de lunes fue una especie de doble programa temático.
No tenía demasiadas expectativas puestas en The Robber, una de las dos películas alemanas de la competencia: el chauvinismo no suele ausentarse en las competencias oficiales. Pero el prejuicio quedó despedazado rápidamente: estamos frente a una de las mejores películas de la sección oficial. La historia de este film de Benjamin Heisenberg basado en una novela de Martín Prinz que adapta un caso real es sencilla: un hombre sale de la cárcel sin ningún otro interés que correr. Sus días consisten en largas sesiones de jogging, eventuales participaciones en maratones en las que llega primero y en el asalto en solitario a diversas sucursales de bancos. Pronto empieza a quedar claro que el motivo de los crímenes está íntimamente relacionado con su obsesión por correr: quiere que la policía lo persiga. En el medio, retoma, casi sin quererlo del todo y viéndolo como un obstáculo, el contacto con un viejo amor. El trabajo del director y de su equipo de fotografía en las secuencias de persecuciones es sublime: The Robber tiene algunas de las mejores persecuciones jamás filmadas (la última vez que se vio en pantalla así fue en Apocalypto) y cada una de ellas alcanza, en lugar de puro efectismo, niveles de expresividad y de dramatismo poco comunes en este tipo de escenas.
Pero si de efectismo ramplón se trata, hablemos de A Somewhat Gentle Man, de Hans Petter Moland, espantoso intento de importar a Noruega el patetismo “Coen”, con Stellan Skaarsgard como un matón que intenta reintegrarse a la sociedad luego de haber estado preso doce años por asesinar al amante de su esposa. Es una película de guión, una película de un pésimo guión, dónde los gags no sólo no funcionan sino que se repiten una y otra vez; la historia avanza a volantazos, cayendo en algunos clisés que incluso una telenovela del mediodía descartaría. En cuanto al aspecto visual, no difiere del de una publicidad de autos promedio. Lo más triste de la función de hoy es que este bodrio fue ovacionado y arrancó una gran cantidad de carcajadas en lo que se supone que era una audiencia especializada en la materia. Me niego a creer que el problema está en uno y prefiero pensar que a la prensa internacional le gusta el mal cine.
Aquí se puede leer un texto de Diego Batlle en La Nación sobre The Robber y Caterpillar, de Koji Wakamatsu.
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