BAFICI 2010
Tres notables documentales políticos
Federico Karstulovich
Con distintas herramientas, búsquedas y efectos, El Rati Horror Show (foto), To Shoot an Elephant y Jaffa, the Orange’s Clockwork consiguen retratos llenos de nteligencia y contundencia.
Hay documentales para todos los gustos, pero –y lo que sigue es arbitrario y políticamente incorrecto- el documental goza, con respecto a la ficción, de una impunidad que le permite abordar casi cualquier tema sin miedo a despeinarse (el día en que el documental sea sometido a máximas como las del Daney de El travelling de Kapó, otro será el asunto) pero sobre todo con una libertad inusitada. El 12º BAFICI, en tal sentido, no fue la excepción. Del cincuentenar de documentales exhibidos -cifra no corroborada oficialmente-, algunos merecen destacarse sea por sus cualidades cinematográficas como de las otras, las de escandalizar. Veamos a qué me refiero: hay documentales urgentes, que necesitan hablar, pero más que hablar, escupir pero más que escupir, vomitar, eyacular. Son urgentes, impulsivos, excesivos, finalmente explotan.
En este primer grupo podemos ubicar, sin lugar a dudas, al interesante To Shoot an Elephant, acercamiento brutal, sin filtros, casi como material en crudo de un noticiero en tierra palestina. Es, en muchos sentidos, una película desprolija, bruta, contundente y en algún sentido, golpe-bajista (si me permiten la expresión). Sin embargo, pertenece a esa urgencia que apuesta por la necesidad de ver antes que por la precisión de encuadrar. La película es un pequeño tour de force acompañando a los médicos sin fronteras de Naciones Unidas en ese campo de batalla y aniquilación que supo ser (habría que preguntarse si la conjugación verbal del tiempo no debería ampliarse) la Franja de Gaza.
Hay, en el film, una decisiva y valiente toma de partido en contra de las acciones militares del ejército israelí. Sin embargo, el triunfo de la película no implica, solamente, mostrar la aberración de las acciones de un ejército contra civiles (algo que ya hemos visto en películas como Checkpoint o en Rachel, hace apenas un par de años también en el BAFICI) o en la novedad de ser uno de los pocos (sino el único) registro de una masacre que ha logrado evadir los controles de migración para mostrar las imágenes de una parte del conflicto al resto del mundo. Hay, en este punto, una decisión de acompañar, arriesgar el cuerpo, el ojo, y por qué no la vida, en cada plano. Y eso convierte a cada elección estética (incluso ética: ver el anteúltimo plano de la película) discutible y/o dudosa, en una toma de riesgo valida.
Al mismo tiempo, hay otros documentales que también pueden ser urgentes, pero que a fuerza de producción, imaginación y sentido del humor, logran que esa urgencia no reniegue de la distancia y de la capacidad lúdica. En este grupo encontramos al inefable Enrique Piñeyro con El Rati Horror Show (título desafortunado, a mi parecer, pero poco importa) en donde su director y estrella renacentista (como se ha descrito acertadamente al multitareas que Piñeyro es) multiplica sus habilidades tanto como director así como periodista e investigador. Si a eso le sumamos un conocimiento de la técnica (cinematográfica) y policial (investigación) nos encontramos con la contratara real de aquel personaje que el mismo director interpretaba en su ópera prima de ficción, Whisky Romeo Zulu:, un tipo que quiere hacer justicia cuando nadie cree en la Justicia el Estado ni las instituciones.
Paradójicamente, su personaje es profundamente eastwoodiano. Poco importa si el hombre y el personaje se intersectan en la vida real; aquí, el choque de universos funciona de maravillas y sólo pude sostenerse en tanto ese sujeto fanfarrón, sobreadaptado, un tanto arrogante, rápido e inteligente, que es el Piñeyro en pantalla, nos lleve. Si estuviera ausente, se perdería el efecto de la denuncia y quizás, analizando la estrategia narrativa, estaríamos simplemente (o no tan simplemente) frente a un caso de un buen informe televisivo de periodismo de investigación (como ya hace mucho no hace la televisión argentina: ¿será acaso una opción para el futuro audiovisual del director?).
El asunto es que El Rati Horror Show se vale de un millar de ideas, de reconstrucciones, de imaginativas animaciones, de gadgets tecnológicos de todo tipo (la productora en donde sucede el “armado” del film está dotada de chiches al mejor estilo del automóvil de 007) y llega a una conclusión contundente, quizás mucho más contundente que la gran Fuerza Aérea Sociedad Anónima:
1. Que la parte por el todo en la estrategia de ataque ha generado un efecto de impacto mayor: es un documental sobre la policía, sobre el Poder Judicial y sobre el periodismo basura. En última instancia, un documental sobre las instituciones en general. Quizás Piñeyro sea el Frederick Wiseman que nuestras instituciones merecen
2. Que el cine de denuncia no sólo está vivito y coleando en la Argentina, sino que una buena vehiculización, además, pude lograr una de esas cosas que el cine no siempre se propone: cambiar la realidad, afectar el mundo cotidiano. Bienvenido sea ese formato de lo político-cinematográfico
3. Al mismo tiempo, la efectividad del film queda desactivada o al descubierto sin la presencia frente a cámara de su director o sin las reconstrucciones mediadas por alta tecnología. En definitiva, un problema a futuro (o latente en este mismo film) es que el redoble de la apuesta por parte del director trae aparejada una exigencia demasiado cercana a la irritación del frente al informe televisivo. Y esto último no constituye una crítica sino una duda: el espectador, contrario a salir espantado y tomar partido por una posición militante (de algún tipo) termina depositando en esa persona-personaje-héroe las expectativas de un justiciero. Naturalmente, al abandonar la sala, la vida sigue y toda la irritación decanta en la nada. Habrá que preguntarse qué se hace frente a esa fascinación eastwoodiana con el héroe que enfrenta a las instituciones. Nosotros, de este lado, miramos perplejos.
También, claro está, hay documentales analíticos, minuciosos, casi minimalistas, diría. Un buen paralelo sería pensar en un coleccionista de estampillas o alguien que arma un rompecabezas. Alguien parsimonioso y apasionado, que junta fragmentos pequeños hasta armar el mapa definitivo de su obsesión. Y cuando el mapa se arma a nuestros ojos, la denuncia estalla sin que nadie grite o vocifere. Esta posición en extremo opuesta al documental urgente es la que toma Eyal Sivan en Jaffa, the Orange’s Clockwork.
El punto de partida elegido por su director es extraordinario: encontrar una sinécdoque, la punta del iceberg, un detalle que revele, que permita inferir lo que está escondido. En este caso, la mejor excusa es narrar la breve pero prodigiosa historia de las naranjas más famosas del mundo, las naranjas israelíes de la zona de Jaffa. Hasta ahí, un espectador desatento podría pensar que se trata de una suerte de documental institucional. Sin embargo, como en buena parte del cine del director, los fragmentos van tomando velocidad, interconectándose, hasta permitirnos ver el mapa definitivo. Lo que Sivan hace es analizar paso por paso los modos en que Jaffa ha sido representado a lo largo de la historia contemporánea, más específicamente en la pintura como en la fotografía como en el cine hasta llegar a la representación publicitaria.
Ese itinerario recorrido, permite observar algunas cuestiones sorprendentes: que el orientalismo, tal cual lo imaginó Said en su obra homónima, tiene vericuetos inimaginables. Que esos vericuetos, a su vez, si no son iluminados de alguna forma, se pierden, se difuminan en el cúmulo de informaciones del mercado de consumo. Que en el más mínimo y banal detalle de un plano publicitario hay más política que la que nos gustaría pensar que somos capaces de reconocer, por lo tanto, más puja de intereses de las que quisiéramos imaginar.
En última instancia, más allá de la deconstrucción sorprendente que la película hace sobre la idea o la identidad clausurada en torno al imaginario que el estado de Israel ha conformado desde 1948 a la fecha (imaginario múltiple y riquísimo para su análisis, dicho sea de paso: Israel, en tanto imaginario, debe ser uno de los detonantes narrativos más cinematográficos que existan) lo notable es que Sivan logra dotar a su película de una ambigüedad que, al mismo tiempo que activa una denuncia, nos descoloca como espectadores, nos pone en el lugar de consumidores. Sólo con contrastar los planos de los huertos de la Jaffa próspera y la Jaffa desintegrada y abandonada a los palestinos, la película habrá cumplido su propuesta.
En definitiva, Jaffa, the Orange’s Clockwork es una película sobre la degradación de la inteligencia y la imaginación y de cómo las más disímiles formas de representación han ganado lugar a la indagación, al conocimiento, y por qué no, al entendimiento de los pueblos. O cómo el consumo cultural también es una manera de complicidad.
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