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| La directora, rodeada por su co-realizador y el asistente e investigador periodístico. |
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Berlín 2011
Yo fui testigo
Crónica del 16/2/2011
Por Diego Batlle, desde Berlín A los 17 años, Jorgelino Vergara consiguió un trabajo en el centro de exterminio Simón Bolívar de la DINA pinochetista. Allí servía café a los represoores en plena sala de torturas y alimentaba a los presos. Su testimonio sirvió para encarcelar a 61 militares y, ahora, su contradictoria, siniestra historia sale a la luz en toda su profundidad en El mocito, uno de los grandes descubrimientos de la sección Forum de este año.
Tenía muchas ganas de ver esta opera prima de la chilena Marcela Said (38 años) y el francés Jean de Cocteau (47). Me interesan el tema (las secuelas de la dictadura de Pinochet) y la actualidad del nuevo cine trasandino. Además, me la habían recomendado los amigos Luciano Monteagudo y Juan Manuel Domínguez, quienes la habían visto en la función de prensa. Así que conseguí una entrada para la proyección en el CineStar 8 para apreciar un trabajo que, ya me habían advertido, es muy controvertido y generará muchos debates no sólo en su país sino también durante su recorrido -que será sin dudas muy amplio- en el circuito de festivales.
Ganadora del premio de la TV Pública en el DocBsAs 2009 -con lo que el DocBsAs está en condiciones de asegurarse su première en la Argentina en detrimento del BAFICI, que sería en caso contrario el ámbito ideal para su exhibición-, El mocito tiene como protagonista a un personaje sumamente contradictorio, de pasado siniestro y dueño de un presente que nunca se sabrá a ciencia cierta si es sentido o una puesta en escena para la supuesta expiación de su culpa y la redención.
Jorgelino Vergara fue un jovencito que abandonó a los 14 años su pueblo de provincia para embarcase hasta Santiago. A los 17, consiguió un trabajo como mozo y asistente en el centro de exterminio Simón Bolivar de la trístemente célebre DINA (luego CNI) pinochetista. Así, no sólo alimentó a decenas de presos y hasta llegó a cargar algún cadáver sino que fue testigo privilegiado del salvaje accionar de lo militares (como les servía café, entraba a cada rato a la sala de torturas). Vergara no sólo habló para la cámara de Said. Finalmente, testificó ante la Justicia chilena y sus declaraciones sirvieron para encarcerlar a 61 represores.
El film tiene grandes momentos (muestra la cotidianeidad de Vergara, que vive en condiciones más que precarias, de la caza y de la pesca, con testimonio nada complacientes de amigos, familiares y vecinos) y otros no del todo logrados (como el encuentro con los cuatro hijos de Ricardo Palma, una de las tantas víctimas del Centro Simón Bolívar, que termina exaltando la "nobleza" y "valentía" del protagonista). También hay imágenes de escraches y una charla entre Vergara y el coronel Juan Morales Salgado, quien poco después sería condenado a 15 años de prisión.
En el coloquio posterior a la proyección, Said dijo que durante mucho tiempo buscó a un represor, un "malvado", como objeto de una posible película, pero se topó con muchos personajes no sólo crueles sino también muy mentirosos. En medio de la investigación apareció Vergara, testigo privilegiado del horror de la dictadura, al que la directora aborda en toda su dimensión, con todas sus facetas y contradicciones psicológicas. Más allá de algunos aspectos discutibles, se trata de un documento conmovedor, fascinante y aterrador sobre la banalidad del mal.
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