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| Two Years at Sea, de Ben Rivers. |
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| Nana, de Valerie Massadian. |
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Valdivia 2011
Primeras imágenes de la Competencia Internacional
John Campos Gómez, desde Valdivia
La británica Two Years at Sea, de Ben Rivers; y la francesa Nana, de Valerie Massadian, son películas valiosas y que, de alguna manera, "dialogan" entre sí.
El Festival de Valdivia dialoga incluso consigo mismo. Inquisidor, plantea
confrontaciones entre las películas que compiten, no cual Royal Rumble del
wrestling, donde sale victorioso quien por su fiereza se impone en el ring, sino
entre dúos que abordan dos lados cualesquiera del prisma de posibilidades, todas
válidas, a la que aspiran a propósito de un mismo causante o temática. Si bien
el nivel de contestación de una no siempre está a la altura de su opositora, el
debate está planteado; atender los argumentos cinematográficos (en pantalla) de
ambos expositores ayudará a orientar las preferencias del cinéfilo en
ciernes.
El caso de turno es el de Two Years at Sea, de
Ben Rivers; y Nana, de Valerie Massadian. Ambas registran
personajes solitarios dueños de su propio espacio que acomodan a sus respectivas
fantasías: el viejo Jake se interna en un bosque de Escocia en pos de
mimetizarse entre árboles, lagos y animales salvajes, que seguro admira, y la
pequeña Nana, en la Francia rural, amaga adultez entre muñecas y cuentos de
hadas. Jake es un disidente del urbanismo mientras Nana pareciera una mujer
perspicaz atrapada en la virginidad del campo. Pero qué sería el cine si la
puesta en escena no definiera el estilo del cineasta. El cine hubiera muerto en
la adolescencia si midiéramos las películas según el discurso, según los Temas.
Rivers sí está enamorado de su personaje -antes ya lo había filmado en
This is My Land-, lo observa y se deja sorprender por su
excentricidad, lo acompaña en su aventura por dominar el lago, por dominar los
cielos desde su casa en el árbol. Jake realiza muchas actividades, tantas
cuantas le permite ese campo virgen donde se ha internado, pero no al ritmo
agitado y exigente de plazos como lo demanda la ciudad, que abandonó
precisamente por agobiarlo. Entonces, para conocer al personaje que Rivers nos
presenta -ergo, analizar la película desde un lado objetivo- debemos hacer
siquiera el intento, espectadores presurosos del drama, de ver el mundo como
éste se lo plantea. El calificativo de “contemplativo” ya comienza a oler mal.
En cambio, Massadian dirige a la niña, la hace crecer con el sonido de
la claqueta, la ingresa a un plató natural. Cada paseo de aquella infanta tiene
como objetivo forjar adhesión y complicidad del espectador antes de que la
directora entre en sus débiles carnes para imprimirle una madurez que pretende
agrisar, si no solemnizar, el universo infantil. Durante el transcurso de la
película, los adultos se van ausentando, acaso porque Nana absorbe la esencia de
su participación y lo proyecta en la pantalla como actriz. Una nena cargada de
matices e inquietudes es la que finaliza la película. La identificación de
detalles, que en casos varios definen un texto, solo es posible si se disfruta
de la observación. No debe ser una exigencia sino una predisposición del
espectador ejecutarla.
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