Valdivia 2011
Dos opuestas miradas latinoamericanas sobre la lucha por el poder
John Campos Gómez, desde Valdivia
Los logros de El estudiante y las carencias de El circuito de Román en este segundo informe de la Competencia Internacional del festival chileno.
La experiencia con la chilena El circuito de Román fue de verdad frustrante porque Sebastián Brahm, su director, tiene talento para construir tensiones sobre la disputa por el poder, pero que lamentablemente desperdicia por imbricar su drama sentimental con un rollo neurológico cuya mayor pretensión es la rimbombancia.
Hay maneras menos ostentosas de justificar la descomposición temporal de la acción dramática. Esos chispazos de pulseo político quedaron sólo en el contexto laboral del protagonista, Brahm jamás advirtió el potencial de esas esporádicas escenas. Allí es cuando El circuito de Román toma vuelo, pero, cual ave de corral, aterriza de inmediato. Y es que la película es básicamente un drama romántico, acicalado con trucos de guión que la enredaron en pos de complejidad.
El público argentino ya leyó y escuchó todo acerca de El estudiante. Como película polémica que es y tomando en cuenta la sensible coyuntura estudiantil de Chile, fue usada para una volada absurda: dijo la Radio Bemba que una bomba estallaría no bien empezara la proyección en el Aula Magna de la Universidad Austral, obligando a suspender la función de las 14.30, reprogramándosela el mismo día y en el mismo lugar a las 23.30. No hubo necesidad de SWAT ni de carabineros para combatir al invisible grupo terrorista.
Por supuesto que la película de Santiago Mitre es, sobre todo, antes que un arquetipo de producción independiente de calidad, una buena película. Sin embargo, se la aborda sesgadamente cuando se pone por delante las condiciones adversas de su producción (“es inusual en la producción de cine argentino contemporáneo”) a las virtudes artísticas, que no son pocas. De igual maneras, El estudiante se sacude de ese paternalismo que flaco favor le hace. En una estructura más bien clásica aunque cargada de subtextos (de thriller, de ensayo político, de naturalismo), Mitre coge el ambiente universitario como muestra, como microcosmos de la Política, cuya vileza le es intrínseca cual fuere el contexto. Entonces, quienes decidan jugar “al poder”, aprenderán a maniatar, a esbozar sus objetivos con discursos retóricos, a mostrarse como no son, a componer el personaje que será quien asuma la disputa por el poder. Un monstruo de no pocas cabezas.
Mientras El circuito de Román desaprovecha la abyección de los acuerdos y componendas, El estudiante lo hace su mayor valor. Es más, la película de Brahm ni se lo plantea así, sólo que entre sus vacilantes devaneos se cruza con esa proyección, que le pudo haber iluminado el circuito.
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