Valdivia 2011
La hora del balance (análisis del palmarés y de sus omisiones)
John Campos Gómez, desde Valdivia
Nuestro enviado especial escribe sobre las películas premiadas que le gustaron (y de las que no), así como de aquellas que, como la mexicana Los últimos cristeros, merecían algún tipo de reconocimiento que les fue negado por el jurado.
Forcé mi llegada a Valdivia. Es un festival al que quería visitar bajo cualquier
excusa, y no porque sea el más importante de Chile, sino más bien porque tiene
los ojos bien puestos en la actualidad del cine contemporáneo, como pocos en la
región. En este sentido, comparte línea editorial con los más imponentes de
América Latina: el BAFICI de Buenos Aires y el FICUNAM de México. Así,
geográficamente poco visible pero artísticamente notable, el FICValdivia es el
tercer miembro de ese excitante tridente.
De la docena de títulos de la
Competencia Internacional, seis obtuvieron al menos una mención (50% felices);
sin embargo, algunas omisiones a películas sobresalientes no han sido aún
fundamentadas. Aprovecho la oportunidad para exponer algunas razones de por qué
disiento del fallo del Jurado Internacional. Por supuesto, mediante el análisis
de la películas premiadas.
Acerca de Nana ya me había
expresado en esta cobertura. Acoto que me parece una película inofensiva; es la
celebración pura del encanto infantil, que si se la ubica en un contexto agreste
entonces esa dulzura podría densificarse y coger otras connotaciones más bien
forzadas. Paradójicamente, como hay veces en la que el título de la película no
dice nada de la misma, hay otras, como este caso, en las que dice todo de ella.
Cualquier mención a El circuito de Román en un palmarés
es una patinada, agravada si se le concede un Premio Especial. Mal no me
recordaron a Una mente brillante, siendo la película chilena incluso más chata.
Coloquialmente, el adjetivo porteño “choronga” le encaja perfecto. Y es que este
film al espectador ingenuo lo deja entre dos opciones perversas: o a) eres
inteligente y entiendes el conflicto dramático por sobre las enredaderas del
guión, o b) lamentablemente aún no estás capacitado para leer textos en
diferentes niveles de complejidad. La respuesta es “N.A” (ninguna de las
anteriores), pues el guión se enreda y se atavía de nomenclatura neurológica,
para confundir adrede acerca de un drama sentimental básico, como el de una
mujer entre dos buenos amigos.
La primera mención a Two Years at
Sea fue la única que aplaudí del palmarés. Desde su inclusión contrastó
notablemente con el resto de competidoras. Excéntrico aunque lúcido, Jake
Williams es una especie de “eslabón perdido” del hombre del siglo XXI. Verlo es
como reflejarse ante un espejo que discrimina los rastros de la modernidad, pues
en esencia ambos tipos de hombres somos muy similares. ¿Acaso escalar a una casa
de árbol no es como observar desde un mirador? La diferencia radica en la forma
y no en el fondo. Somos como Jake Williams ante un corte de luz
eléctrica.
La segunda mención fue para Abrir puertas y
ventanas, de Milagros Mumenthaler, que es la película más correcta,
aunque menos inquietante de las programadas. Tres chicas solitarias enfrentadas
ante sí mismas y ante el mundo exterior de su casona de las afueras de la
ciudad. El conflicto es interno (por eso está rodada completa y
sólidamente en interiores), pero no lo suficientemente enigmático como para que
quede implícito y nos provoque constantes preguntas de los causantes de dicha
represión. La simpatía y belleza de las niñas sostiene una película cuya
principal misión es la representación de un estado de ánimo dentro de una casa
de muñecas. No obstante, el film desconfía de sus propios alcances según vino
desarrollándose, siempre muy interiorizado en la conducta de las chicas, y por
eso culmina subrayando el desenlace con una remodelación decorativa de la
casona, cargada de pesadumbre, como el inicio de una nueva etapa por venir.
Final redundante y, más aún, algo cursi.
Quiero entender el Premio del
Público a El salvavidas y no encuentro otra razón más fuerte
que la complicidad del público con un cine de conmiseración, que oculta sus
prejuicios a través de la comedia. Es una película que se ríe de los demás, lo
que me parece lamentable. El problema no compete al registro del protagonista,
caricatura de su profesión, un salvavidas con dreadlocks -cuyo interés hacia él
se agota rápidamente, por cierto- sino al registro “de apoyo” dedicado a los
bañistas más pintorescos, desaliñados y ridículos. La directora Maite Alberdi va
en busca de la risa fácil a cuesta de las extravagancias dispersas a la ancho de
la playa, imágenes gratuitas e incongruentes a la propuesta del film. Más
reprochable aún es que la defensa sea la captura de la realidad ¿Y quién elige
qué registrar? Argumento que hace agua por todos lados.
La injustamente
más afectada fue Los últimos cristeros, de Matías Meyer, que
tengo la certeza que tomará revancha pronto. Ambientada durante las Guerra
Cristera, es una película cuyo contexto histórico no es tan relevante para las
conclusiones. A los caídos en la Cristiada se les puede considerar mártires de
la fe, no obstante la película los desmitifica, aunque valora su convicción
basada en la mística. Si bien la Historia indica que huían de la cacería, los
cristeros en el film están en constante peregrinaje, que poco tiene que ver con
salvar la vida sino con darle sentido, remitiéndome a El canto de los pájaros,
de Albert Serra. Ese “sentido”, esa pesquisa, puede estar también motivada por
el placer, y la secuencia final lo ratifica, con los guerrilleros distendidos,
cuales bañistas, en un lago insertado entre las montañas. Desde este informe la
incluyo en mi palmarés.
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