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Dumont y Binoche presentaron en la Berlinale su trabajo conjunto.
 
Berlín 2013
Bruno Dumont, Juliette Binoche y un notable ensayo sobre la locura
Diego Lerer, desde Berlín

El director de La vida de Jesús, La humanidad, Flandres, Entre la fe y la pasión y Fuera de Satán trabajó por primera vez con una gran estrella (Binoche) en Camille Claudel 1915, que reconstruye las vivencias de la escultora Camille Claudel en un asilo en el sur de Francia. El resultado es de lo mejor que se ha visto hasta ahora en el marco de la Competencia Oficial de esta edición del festival alemán.

Es la primera vez que Bruno Dumont trabaja con una estrella de cine como protagonista. En este caso, Juliette Binoche, que aseguraba a la prensa que ella se comunicó con el director de La humanidad expresándole su deseo de filmar con él y fue así que se pusieron a armar este proyecto. Ese cambio es y no es radical. Más que un rechazo a su anterior estilo, es una variación.

Es que, sin Binoche, la historia podría haber sido igualmente llevada al cine por Dumont, sólo que de esta manera, enfrentando a una actriz que "actúa" con un grupo de pacientes de un hospital psiquiátrico reales, lo que crea es un conflicto que pasa de la trama a la filmación en sí. Binoche encarna a la escultora Camille Claudel un par de años después de haber sido enviada a un asilo en el sur de Francia, ámbito que comparte con un grupo de mujeres con desórdenes mentales mucho más severos. El suyo es paranoia persecutoria y algunos ataques de violencia procedentes del fracaso de su relación con Auguste Rodin, años atrás. Camille no se siente bien allí y quiere irse, por lo que casi toda la película será un retrato de su estadía, sus costumbres -el lugar, manejado por monjas, se parece mucho a un convento- y sus frustraciones por no poder salir.

En la última parte del film vendrá a visitarla su hermano, el poeta Paul Claudel (Jean-Luc Vincent), un personaje que, a su manera, está mucho más desquiciado que ella, sólo que como su locura es del orden místico/religiosa, el hombre no sólo es socialmente aceptado sino que controla la posibilidad de que Camille sea liberada o no de ese lugar. Su estadía allá depende de él.

El film, igual, no pone el eje central en lo narrativo, que es mínimo. Sino, más bien, en meter al espectador en la mente de Claudel, en vivenciar su día a día, en contemplar la extraña belleza y la violencia del lugar, y en retratar (acaso de manera un poco cruenta pero siempre lógica en función de lo que narra) a las pacientes del asilo de manera seca, austera, comparable a la de grandes maestros del cine como Pasolini, Tarkovsky o Rivette.

El choque Binoche/no actores es interesante porque su forma de plantarse frente a la cámara es radicalmente diferente a lo usual en el cine de Dumont. Binoche no sobreactúa, pero su personaje tiene una intensidad psicológica y una violencia tales que sus ojos y su mirada transmiten muchísimo más que sus palabras. Largos primeros planos de su rostro hablando, gritando, riendo, llorando o, solamente, contemplando el paisaje o a los otros pacientes, dejan en claro que la mirada del filme es su mirada. Y que el "choque" no sólo es de Camille y los pacientes sino también de Binoche en la vida real. Uno podría imaginar a la actriz pidiéndole al director sacarla de ahí, desesperadamente. Ese juego es interesante también.

La aparición de Paul y su desbordada religiosidad es también inquietante. Tras acostumbrarnos a su presencia -cuesta un poco porque gira de lleno el eje de la narración- nos damos cuenta de que el conflicto pasará no ya entre Camille y el asilo, sino entre ella y su hermano, que muestran dos formas muy distintas de exhibir esa fina línea que separa el genio de la locura, la inteligencia del delirio y la gracia de la desesperación. Una película extraordinaria, la mejor del festival hasta aquí.

 
 
Roger Koza | 14.02.13 - 01:42:09 hs.

Buenísima la entrega sobre Dumont. Muchas ganas de verla.

 
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