Críticas

Líbero, de Kim Rossi Stuart

Honestidad brutal

El reconocido actor Kim Rossi Stuart (foto) debuta en la dirección con un notable drama familiar que trasciende los clisés, excesos y sentimentalismos del cine italiano reciente. Con un tono exacto, profundidad psicológica y gran capacidad de observación logra agigantar la cotidianeidad de los personajes a partir de una virtud infrecuente: el espesor de lo verdadero.
Estreno 21/06/2007
Publicada el 30/11/-0001
Líbero (Anche libero va bene, Italia/2006). Dirección: Kim Rossi Stuart. Con Kim Rossi Stuart, Alessandro Morace, Barbora Bobulova y Marta Nobili. Guión: Kim Rossi Stuart, Linda Ferri, Federico Starnone y Francesco Giammusso. Fotografía: Stefano Falivene. Música: Banda Osiris. Edición: Marco Spoletini. Diseño de producción: Stefano Giambanco. Distribuidora: Impacto Cine. Duración: 108 minutos. Desde que su esposa lo abandonó, Renato parece haber tomado al pie de la letra la idea de que una familia es una sociedad en escala reducida, con sus leyes, sus deberes, sus roles y sus premios y penalidades. Los dos hijos, Tommi y Viola, aceptan ese estado de cosas donde el naufragio familiar no derivó en previsible melancolía sino en un sistema de actividad y orden casi maníacos, pero donde el padre pudo rearmar un mapa de reglas, fijar una autoridad donde se respetan incluso sus excesos y que parece haber digerido la ausencia materna para seguir adelante.

En ese sistema ardua y dificultosamente ordenado, cada uno de los tres integrantes mantiene su singularidad y su mundo secreto, incluída la madre reaparecida, y especialmente el más chico, Tommi, que es quien encarna el punto de vista predominante. En su casi absoluto silencio, en su mirada penetrante y expresiva sobre la estabilidad siempre frágil del mundo adulto apuesta el conocido actor y director debutante Kim Rossi Stuart la eficacia emocional y narrativa de Líbero, brutalmente sintetizado título con que se bautizó localmente el espléndido y troisiano original Anche líbero va bene.

Que una película italiana juegue sus cartas a través de la mirada de un chico, no sólo no es ninguna sorpresa sino que a esta altura es casi un tópico, desde los tiempos neorrealistas para acá. Pero es justamente en la utilización de los tópicos del cine italiano desde donde se irradian la inteligencia y la sensibilidad de Líbero. Vista con cuidado, no sólo se centra en los ojos de Tommi sino que no escatima casi ninguno de esos tópicos: la escuela con chicos estridentes y algo crueles, la tímida aparición del primer amor, la calle como espacio donde la vida escapa del control de los mayores, la casa y los padres oscilando entre la ternura y la estridencia de la autoridad, los chicos empujados a una responsabilidad prematura o la idea de que quizás hubo un tiempo pasado mejor. La cuestión crucial no está en los tópicos, sino en la manera en que Rossi Stuart se apropia de esos tópicos para darles otra dirección.

Y Rossi Stuart intuye muy bien que esa otra dirección significa "tono". No se trata de implotar lo dramático, ni de ahogar a sus personajes en el mutismo o la abulia zombie, porque sabe que la cuestión no se resuelve en los extremos ni en buscar el justo medio que -mal que le pese a Aristóteles- rara vez sirve como método para curar problemas de afirmación de un tono personal. Esta opera prima asume sus riesgos, incluso con un director que -como Nanni Moretti, con quien parece tener varios puntos de contacto, o contagio- decide actuar, escribir y dirigir al mismo tiempo. Los méritos, entonces, son puros méritos de tono.

Así, aunque Renato va y viene entre el abrazo comprensivo y el grito inmoderado, aunque Tommi observa a todos con sus binoculares en la terraza y calla sus sentimientos al intuir que la madre fantasmática volverá a esfumarse, Líbero consigue la extraña proeza de ser siempre más que sus personajes, más que sus miradas, más que la cotidianeidad de sus materiales, más que el presente de un mundo del que por suerte nos ahorra la explicación o postración del pasado, evitando en una sola jugada tanto el sentimentalismo cómplice como el juicio de dedo levantado. Incluso cuando hay escenas de reuniones familiares para hablar entre todos convocadas por el padre –otra vez Moretti: como las de La habitación del hijo, pero sin duelo-, Rossi Stuart logra agigantarlas gracias a una virtud que hace tiempo el cine italiano no frecuentaba: el espesor de lo verdadero. 

Es cierto que Líbero no marca un antes y un después en el cine italiano, pero su elección por la modestia nos permite comprobar, una vez más, que lo mejor que pueden ofrecernos el cine contemporáneo se define más por lo que no hace, al evitar la demagogia populista, la ambición explicativa de la sociedad, los chistes autónomos que cultivan la grosería y tratan de demostrarnos que "somos así", o la utilización del cine como un medio para convencernos de que vivimos en el peor de los mundos posibles. Decir eso y hablar de inteligencia es exactamente lo mismo.

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