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Crítica de Donald Cried, de Kris Avedisian (Cineasti del Presente)
Una de las pocas películas de la selección oficial que no es un estreno mundial, ya que había tenido un paso previo por el Festival SXSW de Austin, Texas, esta ópera prima del guionista, director, coproductor y también coprotagonista Avedisian está basada en su multipremiado corto homónimo de 2012.
Locarno tiene predilección por las comedias amargas e incómodas del indie norteamericano (y no sólo de ese origen). Así como en los últimos años eligió para sus competencias películas de Rick Alverson o Alex Ross Perry, ahora fue el turno de este negrísimo debut en el largometraje de Avedisian.
Peter Latang (Jesse Wakeman) regresa después de 15 años a Warwick, Rhode Island, la pequeña, gris e impersonal ciudad donde nació y creció. La idea es ocuparse lo más rápido posible de unos asuntos pendientes por la herencia de su abuela, que acaba de fallecer, y volver a su mundo de banquero en Wall Street. Pero pierde la billetera, su auto se queda varado en la nieve y no tiene más remedio que pedir ayuda.
En principio, ni siquiera reconoce a un amor de juventud, Kristen (Louisa Krause), que se ocupa de los trámites de la sucesión, pero luego aparecerá quien supo ser su vecino y mejor amigo de la infancia, Donald Treebeck (el propio Avedisian), y las cosas se complicarán cada vez más. Donald es un auténtico freak, un tipo optimista, risueño y demasiado sensible que lleva una vida sin grandes emociones y se obsesiona con Peter. La oposición entre el cínico de ciudad y el patético de pueblo conllevaba el riesgo de caer en el lugar común, pero la película lo evita.
Lo que en principio parecía iba a ser un remedo de Después de hora (con Peter atrapado producto de una acumulación de infortunios) deviene en una serie de desventuras y confesiones íntimas (con no poco alcohol y drogas en el medio) que el guión y la narración de Avedisian van desvelando de a poco.
Tragicomedia que está siempre al borde del patetismo, de lo enfermizo, de lo patológico, con momentos crueles y aspectos desagradables de los personajes (hay celos, envidias, manipulaciones y hasta una usurpación de la identidad), Donald Cried termina trascendiendo la mayoría de los clichés del cine indie estadounidense a fuerza de honestidad y una rara capacidada para la emoción y ternura. Lo dicho, una comedia decididamente deforme.
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