Festivales

Crítica de “Django”, de Etienne Comar (Apertura / Competencia Oficial)

Por Diego Lerer, desde Berlín
La película de inauguración del 67° Festival de Berlín se centra en las desventuras del célebre guitarrista de jazz belga de origen gitano Django Reinhardt durante la ocupación alemana en Francia. Una ópera prima correcta, pero al mismo tiempo muy convencional que no profundiza demasiado en la vida ni en la música del celebrado intérprete y compositor. Un discreto arranque para la sección principal en la disputa por el Oso de Oro que otorgará el presidente del jurado oficial, Paul Verhoeven.

Publicada el 09/02/2017

La Berlinale –convengamos, como muchos otros festivales– no acostumbra a mostrar sus mejores cartas en la apertura. A veces se da el milagro y el festival arranca con una gran película (recuerdo alguna de Wes Anderson, otra de los hermanos Coen), pero la mayor parte de las veces lo hace con un film tradicional, estándar, correcto, “para todo público”. Los hay mejores y los hay peores, pero raramente se salen de la norma. Y este año no fue la excepción. Django, debut de Etienne Comar basado en una etapa de la vida del guitarrista de jazz belga de origen gitano Django Reinhardt (Reda Kateb) pertenece a un par de géneros que siempre funcionan aquí: la biografía musical y el drama de la Segunda Guerra Mundial.

El film comienza en 1943, con Reinhardt ya convertido en una celebridad, y tocando en grandes teatros de París durante la ocupación alemana. Al músico no parece importarle mucho más que su guitarra, la pesca y la bebida. De hecho, está pescando en el Sena cuando deben venir a buscarlo para que toque ante una sala repleta de gente (oficiales nazis incluídos) que lo espera. Llega tarde, se viste –más bien, lo visten– y el hombre deleita el público como si nada. Pero los problemas comenzarán cuando lo inviten a hacer una gira por Alemania donde, además de ponerle severas restricciones a lo que puede tocar en vivo (en un papel especifican qué porcentaje de música “negra” puede interpretar y que la audiencia no tiene permitido mover los pies al ritmo de la música), da la sensación de que su vida puede correr peligro.

A Django nada parece importarle demasiado. Parece que hasta ese momento está en su propio trip de artista famoso, completamente desentendido de lo que pasa en el mundo exterior –incluyendo la comunidad gitana–, pero una de sus admiradoras y ocasional amante parisina (Cecile de France) lo convence de no aceptar el viaje y le pide que se vaya junto a su madre (el mejor y más simpático personaje de la película) y su esposa a un pueblito cercano a Suiza para luego poder fugarse a ese país. Es allí donde se reúne con primos y parientes gitanos. Y es ahí que, de a poco y mientras trata de ganarse la vida tocando su música un tanto camuflado para no ser reconocido por los nazis, va tomando conciencia del sufrimiento de su pueblo, sufrimiento que hasta ese entonces parecía desconocer.

La película comienza con la sensación de que vamos a ver un musical en el que la guitarra de Django tendrá un enorme protagonismo, pero de a poco va dejando eso un poco de lado (más allá de algunas ocurrentes improvisaciones y lecciones musicales en el campamento gitano donde todos lo idolatran) para centrarse en las más clásicas situaciones de fugas, escapes y engaños en los que hay que lograr evadir a prototípicos nazis como sea. Y los que conocen la historia del músico sabrán de entrada qué es lo que sucede ahí. Hay un incipiente y potencial triángulo amoroso que nunca llega a convertirse en central en la historia y, en la segunda mitad, la película se va volviendo más previsible y pomposa, a la par de la “toma de conciencia” del músico.

Es loable, en cierto sentido, que Comar –que fue guionista de Xavier Beauvois y Maïwenn– evite los clichés de las biografías prototípìcas que intentan contar toda una vida en menos de dos horas. Pero a diferencia de otros filmes que hacen algo similar o aún más concentrado (como es el caso de la reciente Jackie, de Pablo Larraín) no hay en la puesta en escena, en la forma, en las actuaciones o en el tono del filme algo que la distinga de el tipo de producciones más tradicionales. Por momentos da la sensación de que, si de todos modos va a contar esta historia de la manera convencional en la que la hace, ya casi que sería mejor contar la historia de vida de Reinhardt quien, después de todo, tampoco es tan conocido fuera del mundo del jazz. Pero no. La película no deja de ser convencional aun cuando pretenda no serlo.




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