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Crítica de “Los miembros de la familia”, de Mateo Bendesky (Panorama) - #Berlinale2019
Una de las representantes argentinas en la 69ª edición de la Berlinale es la nueva película del director del largometraje Acá adentro y los cortos El ser magnético y Nosotros solos.
En su anterior corto Nosotros solos (estrenado en el BAFICI 2017 y con posterior paso por los festivales de Toronto y Rotterdam), Mateo Bendesky había demostrado una sensibilidad especial para construir relaciones entre hermanos adolescentes de un verismo y carnadura ciertamente poco habituales. También quedaba claro una manera muy inteligente de dosificar la información, de jugar con lo elidido, con el fuera de campo. Entramos a las historias en el medio de la acción y el realizador confía en que unos pocos elementos, más aludidos que mostrados o explicados, bastan para que la empatía con los personajes vaya creciendo.
El tono y el vocabulario que utilizan Gilda (Laila Maltz) y Lucas (Tomás Wicz) es tan real o creíble como funcional a la dosificación de la información. Sabemos que los hermanos están solos en una casi vacía e indeterminada ciudad balnearia de la costa Argentina durante el invierno; sabemos también que están atravesando el duelo de la muerte de su madre. Que la muerte ha sido trágica o en circunstancias confusas, que los hermanos han estado distanciados, que una cosa así como una mala racha viene acompañando a la familia es algo que se percibe desde el comienzo mismo de la narración y que pequeños detalles irán confirmando. 
En una road movie en la que mucho no se viaja (el paro de transporte que los deja varados en la costa deja eso bien en claro), Bendesky sabe eludir la lógica duelo-sanación propia del psicologismo o la auto-ayuda. La referencia a distintos tipos de creencias (por disparatadas que sean), la aparición de lo mágico o lo onírico, apuntan a otro tipo de sensibilidad que sabe que la falta de certidumbre es consustancial con la vida.
Es emocionante el trabajo de Tomás Wicz y Laila Maltz tratando de aferrarse a algo en un momento tan difícil. Si la adolescencia en sí misma tiene una fuerte dosis de dolor e inseguridad, el duelo por la muerte de la madre multiplica esos elementos que le resultan comunes. Coming of age y duelo no parecen territorios tan distantes y Bendesky los conjuga con una elegancia tal que le permite incluso contrabandear unos cuantos elementos que en otras manos podrían ser vistos como extremos (la llegada a la costa de los hermanos tiene que ver con intentar cumplir con el deseo materno de que sus cenizas se tirasen al mar cuando la ausencia de un cuerpo, al menos de la parte humana de él, hace que ello sea imposible). Y si ese prodigio se logra es por el cariño puesto en la construcción de esos personajes que, por más que los conozcamos sólo por esos retazos a los que podemos acceder, terminamos sintiendo que tienen vida más allá del rectángulo de la pantalla grande.
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