Debates
LA CRITICA: En busca de otro recambio generacional
En medio de un debate sobre el estado de las cosas en el cine argentino, es lícito (y hasta aconsejable) preguntarse qué pasa hoy en relación con la crítica.
Si la mayoría de las películas está en crisis con el público (o el público con ellas), ¿es lógico pensar que los lectores de las críticas están también en crisis con sus autores? ¿Es verdad, como dicen algunos representantes de la vieja guardia, que los críticos más jóvenes "militaron" en favor del Nuevo Cine Argentino (NCA) de manera incondicional y, por lo tanto, irresponsable creando así una suerte de Frankenstein artístico? Si así fuera y si, como también se propugna, el NCA habría entrado en una fase de decadencia, ¿está en cuestión la credibilidad e influencia de esos críticos?
Estos y otros interrogantes bien podrían disparar un nuevo debate en profundidad en el marco de Otros Cines, pero -mientras tanto- podemos intentar poner las cosas en perspectiva. Entre principios y mediados de los años 90, una nueva generación de jóvenes (y no tan jóvenes) críticos protagonizó una importante y necesaria renovación generacional tanto en los medios masivos como en las revistas especializadas. Las redacciones de los diarios se poblaron de nuevas firmas (que en muchos casos convivieron con las miradas más anquilosadas) y la aparición de una revista como El Amante también generó un salto de calidad y una renovación en el lenguaje y en la forma de posicionarse ante el cine argentino.
Luego vino lo que todos ya sabemos: el boom local e internacional (especialmente internacional) del NCA con Martín Rejtman, Pablo Trapero, Lucrecia Martel, Adrián Caetano y Daniel Burman a la cabeza.
Y, después, lo que hemos conocido como segunda y, más tarde, como tercera generaciones, con Celina Murga y Juan Villegas, con Lisandro Alonso y Ezequiel Acuña, con Luis Ortega y Verónica Chen, con Diego Lerman y Sandra Gugliotta, con Santiago Loza y Rodrigo Moreno, con Inés de Oliveira Cézar y Damián Szifrón, con Albertina Carri y Jorge Gaggero, con Santiago Palavecino y Anahí Berneri, con Alejo Taube y Daniel Rosenfeld, con Eduardo Baca y Alejandro Chomski, con Mariano Llinás y Ana Katz...
La lista -larga, a propósito, para mostrar la diversidad de miradas- permite establecer que hoy los Burman, los Trapero, los Caetano, las Martel ya son parte del establishment (bien entendido, claro), ya tienen sello propio y ya no tienen que sufrir tanto para conseguir el apoyo financiero local e interancional. El resto, en cambio, oscila entre la consolidación artística y la dificultad para rodar sus segundas, terceras o cuartas películas.
¿Para qué sirve este repaso "histórico"? Para intentar hacer un paralelismo entre el NCA y la crítica "joven".
Creo que, así como el NCA no está pasando por un gran momento (más allá de la dignidad de la selección nacional del reciente BAFICI), la crítica tampoco vive una etapa de esplendor. Quienes comenzamos a escribir en este ambiente a principios de los 90 fuimos testigos, primero, de la aparición de algunos adelantados como Alejandro Agresti (El acto en cuestión), Martín Rejtman (Rapado) o Esteban Sapir (Picado fino), luego del fenómeno de la primera Historias Breves, y finalmente del impacto de Pizza, birra, faso, Mundo grúa o La ciénaga. Y, creo, sin caer en el autobombo, que estuvimos a la altura de las circunstancias con libros o simples reseñas en los medios que acompañaron esa pequeña revolución en el lenguaje (el narrativo y el de los diálogos), en la manera de hacer y sentir el cine.
Pero ningún movimiento de estas características suele durar demasiado y, por más que la moda del NCA todavía se mantenga (con bastante menos entusiasmo) en algunos centros cinematográficos internacionales, lo real es que la siguiente renovación generacional no ha sido tan interesante. Y no es culpa de los cientos de nuevos egresados de la FUC o de la ENERC: simplemente es muy improbable que vuelvan a surgir de manera casi simultánea nuevos Traperos, Caetanos y Marteles. Para colmo, el estándar comparativo con que se encuentran es muy superior al que los pioneros del NCA se enfrentaron entonces: un cine mediocre, declamativo y subsidiario de las prerrogativas oficiales.
Lo mismo ocurre, con matices, dentro de la renovación crítica. Hoy, los jóvenes cinéfilos de veintipico que asomamos a principios de los 90 en los medios masivos tenemos treintaypico (o cuarentaypico). Sentimos -y es bueno que así sea- a una nueva generación que nos pisa los talones y que nos ve, casi de forma lógica, como los nuevos viejos.
Nunca me subí a la guerra del cerdo y aposté -en cambio- a la convivencia con gente más experimentada que admiro (como, por ejemplo, mi colega de La Nación Fernando López), y también querría que Adolfo Aristarain o Leonardo Favio filmaran mucho más seguido de lo que lo hacen.
Voy a sostener una opinión que seguramente me ubicará -entre mis colegas más jóvenes- de manera definitiva en el lote de los apuntados nuevos viejos: siento que las nuevas camadas de críticos -que, en su mayoría, han pasado o están en El Amante- no han podido o sabido (al menos hasta ahora) trascender, desafiar, incomodar a quienes surgimos junto con el NCA. No es que escriban mal, no es que estén desinformados, no es que carezcan de vitalidad o de energía. Incluso, tampoco me parecen mal sus caprichos o su arrogancia, pero por momentos parecen predicar en el desierto, intentando demostrar por qué Will Ferrell es un genio incomprendido en la Argentina como gran bandera.
El Amante nunca volvió a ser lo alguna vez fue (la revista más influyente y provocativa en buena parte de los últimos 15 años) desde la partida de Quintín y sus artículos más interesantes de los útlimos tiempos provinieron de plumas como las de Gustavo Noriega (quien acertó en cuestionar la solemnidad de buena parte del NCA) o de Marcelo Panozzo, este último ya bastante alejado de un lugar ejecutivo en ese medio.
Mientras tanto, en los medios masivos también se ha evidenciado una "reacción" contra un NCA "de espaldas al público" y se aboga por un cine "industrial". No es éste el ámbito ni la circunstancia ideal para discutir qué tipo de cine hay que apoyar desde el ámbito oficial ni cuál es la verdadera importancia artística de cada sector.
Lo concreto, entonces, es que estamos en un momento de estancamiento (en el mejor de los casos) o directamente de crisis. Los directores, en este sentido, tampoco ayudan demasiado con sus actitudes. En un medio tan chico como el nuestro, resultaba patético ver a los realizadores esperando a los críticos a la salida de las proyecciones matutinas en los recientes festivales de Mar del Plata o Buenos Aires para saber qué les había parecido su película. La distancia, el respeto, el profesionalismo -se sabe- son los mejores antídotos contra el amiguismo y otros tipos de "relaciones peligrosas". Los cineastas hablan con sus películas y, nosotros, lo hacemos con nuestros textos. Algo tan obvio y sencillo, pero que muchos parecen haber olvidado hace tiempo.
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