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Crítica de “The Florida Project”, de Sean Baker (Quincena de Realizadores) - #Cannes70
El nuevo trabajo del realizador de Tangerine mantiene buena parte de los hallazgos de aquel consagratorio film.
Si Tangerine se hizo famosa -entre muchas otras cosas- por haber sido rodada íntegramente con un iPhone, The Florida Project se concretó de la manera más tradicional (y ya casi en extinción): en 35 milímetros. Aquí ya no están como contexto las calles menos glamorosas de Los Angeles sino los moteles y shoppings de Orlando, tampoco aparece en primer plano la problemática transgénero, pero en el acercamiento a la historia de una joven e impulsiva madre soltera llamada Halley (Bria Vinaite) y su hija de seis años Moonee (Brooklynn Prince, puro encanto, desparpajo y expresividad) se percibe la misma vitalidad, la misma honestidad, la misma sensibilidad que en sus trabajos anteriores.
Es cierto que la deriva de la primera parte (las travesuras de la pequeña Moonee con sus amigos y las experiencias compartidas por madre e hija) se extiende demasiado y, cuando Baker quiere darle un conflicto y una estructura a la segunda mitad (con la aparición de los agentes de la seguridad social) el film pierde parte de su naturalidad y encanto, pero The Florida Project mantiene incluso en sus momentos más extremos y melodramáticos un tono lúdico y un amor por los personajes que la hacen querible y disfrutable.
Halley y Moonee viven en el Magic Inn, un colorido (todo en esa zona es colorido hasta lo grotesco) y patético motel ubicado en las afueras de Orlando; es decir, muy cerca de los parques de Disney. El lugar es supervisado por Bobby, un hermoso personaje secundario que construye con el tono justo y la generosidad a flor de piel Willem Dafoe. Es la primera vez que el director de Prince of Broadway y Starlet trabaja con un actor de renombre y logró que no aparezca ni un ápice del regodeo narcisista de tantas estrellas.
Aunque el final (o los finales) suena un poco exagerado, sentimental y algo forzado, The Florida Project es, al mismo tiempo, una película con un universo propio y fascinante, y una denuncia -sin subrayados- sobre esa América profunda que no suele verse en las películas: madres solteras sin trabajo fijo ni ayuda, niños descontenidos, gente que vive en habitaciones de hoteles y una realidad que poco tiene que ver con ese símbolo del consumismo turístico que son los parques de entretenimientos.
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