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Entrevista a Santiago Loza, director de “Malambo: El hombre bueno” (Panorama) - #Berlinale

Artista prolífico tanto en cine como en literatura, televisión y teatro, el realizador cordobés de películas como Extraño, Los labios y La Paz estrena en la Berlinale su más reciente trabajo.

Publicada el 09/02/2018

-¿Cómo surgió la idea de Malambo: El hombre bueno y cómo llegaste a trabajar con el productor Diego Dubcovsky, de Varsovia Films?

-Diego me propuso hacer juntos una película. Lo conozco desde hace 15 años o más, habíamos hablado algunas veces de trabajar juntos, pero no se había dado. En esa conversación surgió, entre otras películas posibles, hacer una sobre el mundo del malambo. De todo lo que hablamos, ese mundo era el que menos afín sentía, pero aun cuando me resultaba muy lejano, me desafiaba. Diego es un productor que arriesga y confía. Creyó en el proyecto aun en momentos en los que yo mismo dudaba de si allí había una película posible.


-¿Qué te interesó de ese mundillo y cuáles fueron tus premisas principales a la hora de retratarlo? ¿Investigaste previamente ese ambiente o lo "reconstruiste" desde tus búsquedas artísticas?

-Lo primero que me generaba eran confrontarme a mis prejuicios, no tengo contacto con el folklore, menos con el malambo, casi con no hice actividad física en mi vida, cosa que no me orgullece. Un malambista me resultaba tan lejano como un astronauta. Entonces comencé a investigar, de manera parecida a otros proyectos de cine o teatro, fui a ver clases. Le pedí a Fernando Muñoz, un entrenador, que me dejara ver sus clases, lo contacté por Facebook, después fui a las clases de malambo de la carrera de la UNA. Ese movimiento continuo, esa fuerza incesante, me conmovía, me daba una suerte de vértigo. También vi un material inconcluso que me mostró Gustavo Tarrío sobre la competencia en Laborde, me recomendaron leer el libro de Leila Guerrero, que es una maravilla, pero ella también se centra en Laborde, que sería la Meca de un malambista. No me interesaba hacer un registro documental de ese festival en esos días. Entonces surgió la idea de armar una ficción, apoyándome en elementos que conocía. Hay un actor/bailarín, Pablo Lugones, que había hecho una participación hace años en Rosa Patria, y en ese momento me contó que fue campeón de malambo. Acudí a él en un momento porque me parecía que tenía que estar. En las clases de Fernando vi a Gaspar, el protagonista, y me parecía que tenía particularidad, padecía de algunos dolores propios del entrenamiento, entrenaba a niños, era silencioso y de mirada intensa. Le pregunté si le interesaba participar, si se animaba a actuar. Tal vez no pensó en ese momento que sería tan extenuante sumar lo actoral al entrenamiento. Construí un guión que contenía el trayecto del relato, sabiendo que, como en otras películas, sería modificado por lo que sucediera en el rodaje. La elección fue contar la vida de Gaspar, más allá de la competencia. Una vida inventada, que tiene algunos puntos en contacto con la suya.


-¿Cómo fue el trabajo con Gaspar Jofré?

-El trabajo con Gaspar no difiere del resto de los otros actores, está Gaby Pastor, Carlos Defeo, te mencionaba a Pablo Lugones y están también la madre de Gaspar, Fernando Muñoz, el entrenador, y un personaje adorable, su compañero de pensión en la película que se llama Nubecita Vargas. Con Gaspar trabajé de la misma forma, pidiendo, esperando, escuchando, intercambiando, buscando. Algunos de los que te nombré tienen formación actoral, otros no, pero todos son personas sensibles y entendían el relato que podía contenerlos. O trataban de comprender. También me tenían paciencia. En el caso de Gaspar se mezclaba su esfuerzo para la competencia con el de las horas de rodaje.




-¿Por qué rodaste en blanco y negro y cómo fue el enfoque visual con dos colaboradores siempre cercanos como Iván Fund y Eduardo Crespo?

-Siempre vi la película en blanco y negro, tal vez para alejarme de cierto pintoresquismo que pudiera aparecer. Sentía que esa imagen era más austera, sintética y tenía cierto anacronismo. La película es una especie de cuento que va más allá del malambo y esas imágenes tienen por momento algo irreal. También el ingreso a un mundo que no conozco, entonces hay extrañeza y asombro. Edu e Iván son amigos, también han colaborado en proyectos míos en los últimos años y compartimos complicidad de trabajo y ciertas creencias, me pareció natural trabajar con los dos en Malambo: El hombre bueno. También con Lorena Moriconi en el montaje, es mi compañera en ese momento en que las fuerzas se agotan, la persona que me ayuda a redescubrir la película. La verdad es que dudaba mucho en el proceso, siempre me pasa, pero acá quería ser respetuoso de Gaspar, de ese mundo y ser fiel a lo que sentía. Y tuve un equipo con una paciencia enorme y una fuerza de trabajo de no creer. La gente de Varsovia, las personas que propuso Diego para que trabajen, se pusieron la película en el hombro. Creían en mí más que yo mismo.


-¿Por qué optaste por la voz en off y en este caso por la tuya y no la del personaje?

-Me parecía que era honesto que fuera mi voz narrando. Mi extranjería. También mi forma de adentrarme en los sentimientos de Gaspar. Entender y comulgar con su sentir. Me resultó natural y necesario. Siempre me costó definirme como director de cine, escritor, guionista o dramaturgo, finalmente asumo que lo que hago es contar historias. No sé si lo hago bien o mal, pero me gusta hacerlo, ser un narrador. En el caso de Malambo, el hombre bueno surgió como una necesidad desde el guión. Lo leyó Gaspar y Fernando y me dijeron que mucho de lo que se decía era lo que ellos sentían al bailar o al pensar en el adversario, en el otro. Son pensamientos simples, privados. Esa voz en off tiene una cualidad subjetiva. También lleva a la película a una zona de ensayo, de apuntes sobre lo que está contando. De materia inacabada. Creo que hago eso, intentos, indagaciones con el cine, preguntas, formas incompletas. El intento era tener un acercamiento pudoroso a ese personaje y al mismo tiempo decidido, intenso como el golpe de cada pie sobre el suelo.


-¿Qué expectativas tenés con el estreno en Panorama de Berlín y cómo sigue el camino para la película?

-Estuve hace algunos años con La Paz en el Forum y fue una experiencia muy linda. Berlín es un festival que está tomado por la gente de la ciudad, hay fervor en los cines y un publico que no sólo pertenece al hacer cinematográfico, por llamarlo de alguna manera, me refiero a que no son solo programadores, agentes, profesionales, sino que las salas están llenas de gente de la ciudad, de lo más heterogéneo, de ancianos a estudiantes. Viven esos días con un entusiasmo que no he visto muchas veces, la ciudad, tan particular, está tomada por el festival. Entonces la experiencia es intensa, vital. Yo quisiera que el film fuera querido. Podría dar rodeos, pero creo que finalmente es ese el deseo. Creo que la película se hizo con rigor y enorme cariño, entonces uno desea que pueda dialogar con los mismos sentimientos. Que algunos puedan sentirse cerca de algo tan lejano como un entrenamiento de malambo. Que algo de lo que ven los conmueva. Y también, por qué no, que salgan con ganas de zapatear, de pisar con más firmeza el suelo que nos sostiene.





 

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