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Crítica de “Rey Tigre” (“Tiger King”), serie de Netflix
Una de las sorpresas recientes del gigante del streaming es esta bizarra serie documental que ya generó un gran revuelo mediático.
Rey Tigre (Tiger King: Murder, Mayhem and Madness, Estados Unidos/2020). Dirección y guion: Eric Goode y Rebecca Chaiklin. Música: Mark Mothersbaugh, John Enroth, Albert Fox y Robert Mothersbaugh. Fotografía: Damien Drake. Duración: 7 episodios de entre 40 y 50 minutos cada uno. Disponible en Netflix.
Hace pocos días se publicó en este sitio una guía de documentales de calidad que pueden verse en streaming, entre ellos varios de Netflix. Pero se sabe que la N roja no solo apuesta por títulos consagrados por la crítica (American Factory) o premiados en festivales (Campamento extraordinario), sino también por otros que cruzan lo bizarro y lo surrealista hasta niveles que obligan al espectador a preguntarse si, efectivamente, lo que se ve es real o un producto de la imaginación de un guionista alucinado. El último exponente de esta rama –que a estas alturas ya necesitaría una sección especial dentro de la plataforma- se llama Rey Tigre y es uno de las cosas más desconcertantes que se hayan visto en cualquier pantalla en mucho, muchísimo tiempo.
Esta miniserie de 7 capítulos se presenta como una investigación sobre el tráfico y el coleccionismo de felinos salvajes en el interior profundo de los Estados Unidos, a través del registro de la rutina diaria de un par de emprendimientos privados dedicados al cuidado y la exhibición de tigres y leones, entre otras especies. Pero Rey Tigre rápidamente se convierte en una cosa distinta, un recorrido por la mente conflictuada y enfermiza de un hombre y una mujer que parecen haber nacido para odiarse, para joderse mutuamente la vida mediante una obsesión tan recíproca como dañina. ¿Batalla de egos? ¿Lisa y llana locura? Imposible saberlo, pero viendo hasta dónde están dispuestos a llegar en esa guerra no es descabellado imaginar partes iguales de ambos factores.
Uno de ellos se hace llamar Joe Exotic y es, como se dice en la presentación, un homosexual adinerado, fanático de las armas y el control absoluto de sus empleados, una galería de seres marginales (borrachos, drogadictos, amputados y un largo etcétera) que le profesan una admiración casi religiosa a su jefe. Su némesis es una mujer que de chiquita “tenía a dos gatos blancos como mejores amigos imaginarios” y desde hace décadas denuncia el lucro de este hombre. Pero ella también tiene flancos oscuros, desde el origen de su fortuna hasta la muy oportuna desaparición de un marido con el que empezaba a tener diferencias por el manejo de los animales.
Rey Tigre podría haber sido un sórdido desfile de rednecks con muy poco en el mundo más allá de su vínculo con los animales. Pero los directores Eric Goode y Rebecca Chaiklin no se regodean en sus miserias, así como tampoco subrayan el ¿involuntario? efecto cómico de lo que dicen. Por el contrario, esos personajes son el disparador de un relato que depara sorpresas a cada episodio más increíbles. Todo es posible en este zoológico habitado no precisamente por felinos: un ex narcotraficante que “vendía drogas para sostener su pasión por los animales”, un doctor en “ciencias místicas” que tiene tres o cuatro novias y maneja su granja con una dinámica muy parecida a la de una secta, una empleado que perdió un brazo y volvió a la semana al trabajo y sigue la lista.
“Es una comedia loca entre dueños de animales exóticos”, dice el productor que unos años atrás intentó hacer un reality show sobre Joe, quizá la única voz mediantemente lúcida entre tanto disparate. Suerte de versión “real” pero más trash y sardónica de un falso documental de Christopher Guest (Very Important Perros), Rey Tigre construye un universo en el que, aun detrás del exhibicionismo impúdico de todos los personajes, anidan las perversiones más oscuras de la humanidad.
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