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Crítica de “The Disciple”, de Chaitanya Tamhane - #TIFF20 / #Venezia77
-El segundo largometraje del director de La acusación (Court) es un riguroso, muy exigente pero en definitiva notable viaje por la música clásica del norte de la India a partir de la obsesión de un joven idealista dispuesto a todo tipo de sacrificios.
-Ganadora del premio a Mejor Guión y el FIPRESCI de la crítica internacional en Venecia.
-The Disciple (India/2020). Guion y dirección: Chaitanya Tamhane. Duración: 127 minutos (Sección Special Presentations)
A Chaitanya Tamhane ya lo conocíamos por su ópera prima La acusación (Court) que -tras ganar el premio a Mejor Película de la Competencia Oficial del BAFICI 2015- tuvo su estreno comercial en marzo de 2016. Tras rodar aquel notable thriller judicial sobre la burocracia y la corrupción en una corte de Bombay con apenas 27 años, ahora presentó -a los 33- su segundo largometraje: The Disciple.
El discípulo del título (y antihéroe perfecto de la historia) es Sharad (interpretado por un músico real sin experiencia actoral previa llamado Aditya Modak), un joven que se obsesiona con la música clásica del norte de la India (indostánica) a partir de unas grabaciones que ha dejado Maii, una gurú ya fallecida, de las lecciones de un veterano mentor de decadente salud (Arun Dravid, también un artista en la vida real) y de algunas obsesiones que le ha transmitido su padre (la narración está construida con recurrentes flashbacks y algún flashforward).
Cabe aclarar que The Disciple dura algo más de dos horas y una parte significativa del metraje está dedicada a interpretaciones vocales y musicales que -si uno no tiene la suficiente paciencia y sensibilidad- pueden agobiar y hasta irritar. La película exige -como a su protagonista- paciencia y entrega, pero al final de este arduo camino hay un relato pletórico de belleza, dignidad y humanismo.
Más allá de algunas decisiones un poco controvertidas (la oposición entre la pureza de la música indostánica y la “grasa” de los talk shows televisivos), The Disciple es una película de un rigor, una coherencia y una solvencia poco habitual en el cine contemporáneo.
En su cruzada -digna de un monje, de un misionero, de un activista y de un estudioso enfermizo- Sharad dejará de lado casi todos los restantes aspectos de su vida. La austeridad, el ascetismo, la perserverancia, el estoicismo y la búsqueda de la perfección (esa quimera) serán su norte, sin importar las dificultades y sacrificios que ese camino despojado conlleve.
Aún más ardua y arriesgada que La acusación, The Disciple trasciende cualquier exceso pirotécnico o pintoresquista. Es un cine sobre las tradiciones, las diferencias generacionales y los legados artísticos (donde no solo intervienen los músicos sino también los docentes y los investigadores) que se toma muy en serio su propósito y va al corazón, a la médula. Una bienvenida rareza.
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