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Crítica de “Selva trágica”, de Yulene Olaizola (Netflix)
Tras Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo (2008), Paraísos artificiales (2011), Fogo (2012) y Epitafio (2015), esta última codirigida con Rubén Imaz, la mexicana Olaizola estrenó en el circuito de festivales de 2020 (Venecia, San Sebastián, Hamburgo, Biarritz, Nueva York, Busán, Viennale, Mar del Plata) esta historia ambientada en la década de 1920 que ahora se podrá ver en la plataforma de la N roja.
Selva trágica (México-Colombia-Francia/2020). Dirección: Yulene Olaizola. Elenco: Indira Andrewin, Gilberto Barraraza, Mariano Tun Xool, Lázaro Gabino Rodríguez y Eligio Meléndez. Guion: Yulene Olaizola y Rubén Imaz. Fotografía: Sofía Oggioni. Edición: Rubén Imaz, Yulene Olaizola, Israel Cárdenas y Pablo Chea. Sonido: José Miguel Enríquez Rivaud. Música: Alejandro Otaola. Producción: Pablo Zimbrón Alva, Rubén Imaz, Yulene Olaizola. Duración: 96 minutos. Estreno del miércoles 9/6 en Netflix
Imaginen Tropical Malady, de Apichatpong Weerasethakul; Aguirre, la ira de Dios, de Werner Herzog; y El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra; súmenle algunos mitos y leyendas de la cultura maya, una veta ecologista y otra feminista, ciertos aires de western y del cine de aventuras, pero con una construcción dramática que luego deriva más hacia lo metafórico y lo abstracto y tendrán una idea aproximada de la propuesta de Selva trágica.
Ambientada en la década de 1920, en la frondosa jungla y a lo largo del Río Hondo, en la frontera entre México y Belice, Selva trágica describe las diferencias de clase, las abusos del poder, la explotación del lugar (de una manera muy parecida al caucho se extrae chicle de los árboles), el racismo y las violentas disputas entre distintos grupos integrados por ingleses, blancos lugareños, indios y negros. Sin autoridades ni leyes, el lugar queda a merced de aquellos que disparan más y mejor.
Más allá de la tensión sexual que es uno de los ejes dramáticos de la trama (Agnes, una bella joven que solo habla inglés, es raptada -y en varios momentos abusada- por un grupo de chicleros mientras su “dueño” británico sale a bordo de una lancha a motor para recuperarla), Selva trágica tiene también una fuerte impronta documental, ya que a la ficción con esos hombres rudos sumergiéndose en la inmensidad de esa naturaleza salvaje se le suma el registro de las imágenes de los animales que habitan las zonas (como monos en las copas de los árboles). En ese sentido, los humanos (toscos, brutos, violentos, abusadores, explotadores, depredadores, traicioneros) no son más que una parte más de un imponente y exuberante ecosistema y luego víctimas de unas fuerzas milenarias que en muchos casos los irán devorando.
La película está muy bien filmada (las locaciones reales son impresionantes y Olaizola las aprovecha en todo su esplendor y sordidez), aunque por momentos también surge cierto dejo de pintoresquismo y crueldad muy a gusto de los programadores de festivales. Nada grave, nada que perturbe ni minimice los principales hallazgos de una fábula sobre el poder de la naturaleza y las miserias del hombre.
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