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Crítica de “Pepe”, película de Nelson Carlos de los Santos Arias (Competencia Oficial) - #Berlinale2024
El director de Santa Teresa y otras historias (2015) y Cocote (2017) estrenó la que seguramente debe ser una de las películas más audaces, desconcertantes y sorprendentes de la sección principal de esta edición.
Pepe (República Dominicana-Namibia-Alemania-Francia/2024). Guion, edición, música, diseño sonoro y dirección: Nelson Carlos de los Santos Arias. Elenco: Jhon Narváez, Sor María Ríos, Fareed Matjila, Harmony Ahalwa y Jorge Puntillón García. Fotografía: Camilo Soratti, Roman Lechapelier y Nelson Carlos de los Santos Arias. Sonido: Nahuel Palenque. Duración: 122 minutos. En Competencia Oficial.
¿Una película sobre un hipopótamo? ¿Una película narrada por un hipopótamo? ¿Una película narrada por un hipopótamo que sabemos fue asesinado y cuenta la historia de sus ancestros y sus descendientes? Viniendo de la mente de Nelson Carlos de los Santos Arias (el Charlie Kaufman latinoamericano) eso es posible. Y mucho más también.
Hablada en español, afrikaans, Mbukushu y alemán, con la pantalla que va cambiando de formato (de 4:3 a uno mucho más ancho), mixturando fílmico y digital, materiales de archivo de los '70 y los '80, elementos documentales, ensayísticos y bastante de ficción, y rodada sobre todo en Colombia, pero también en República Dominicana y Namibia, la nueva película del creador de la deslumbrante Cocote (otro de los extranjeros formados en la FUC porteña) es laberíntica, deforme, derivativa, episódica, mutante. Una experiencia desmesurada, fascinante en muchos pasajes e irritante en algunos pocos.
El Pepe del título es el nombre con el que los medios llamaron a uno de los hipopótamos llevados en 1980 hasta Colombia por el zar narco Pablo Escobar para, con muchas otras especies, claro, poblar los lagos artificiales y las zonas selváticas y hacer de su Hacienda Nápoles de 3.000 hectáreas una reserva natural única (hoy se ha convertido en un parque temático).
Lúdica, tragicómica, trasgresora, excesivamente canchera de a ratos (con algo del cinismo y el patetismo del cine de Ulrich Seidl), Pepe es de esas películas que aceleran hasta en las curvas, que van por todo sin pensar en las consecuencias. Y esa falta de prejuicios y esa exaltación del capricho son al mismo tiempo su razón de ser y la causa de sus traspiés parciales.
Absurdo, experimental, ridículo y alucinatorio, este patchwork visual tiene imponentes imágenes aéreas (vemos hasta tres helicópteros volando juntos), pero también planos detalle de animales e insectos, penurias de pescadores, de muchachas que participan en un concurso de belleza y temibles cazadores, una banda sonora llena de efectos, planos en blanco y negro (y otros directamente con la pantalla en negro mientras escuchamos una grave voz en off de fondo), hermosas imágenes y ruidos del río cuando cae la noche, fragmentos de dibujos animados y una presencia permanente de la fuerza agua (sobre todo del inmenso río Magdalena).
En la historia sangrienta y trágica de “Pablito” (así se refieren a Escobar), pero también en la de sus hipopótamos, se resume buena parte del sinsentido, la exageración y el absurdo de los nuevos ricos, de Colombia y de América Latina en general. Y De los Santos la construye a través de una experiencia en muchos momentos elegíaca, una serie de revelaciones, de epifanías. Un film que es como un trance, un viaje lisérgico que incluye humor negro y desparpajo. Que sea desmesurada y llena de desniveles poco importa. Celebremos películas que desborden por exceso y no tantas otras que cumplen con su limitado propósito por defecto.

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Un comentario muy interesante.