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Crítica de “Peaches Goes Bananas”, película de Marie Losier (Competencia Estados Alterados) - #39MarDelPlataFF
La directora francesa de películas como Cassandro, the Exotico! (2018) construyó un íntimo, crudo y fascinante retrato sobre la canadiense Merrill Beth Nisker, más conocida como Peaches, artista de culto si las hay.
Peaches Goes Bananas (Francia-Bélgica/2024). Dirección, fotografía y sonido: Marie Losier. Duración: 73 minutos. En la competencia Estados Alterados.
A los 58 años y con más de tres décadas de carrera, Peaches es una artista singular a partir de su música que va del punk a la electrónica, de su histrionismo, de sus siempre extravagantes y provocadoras performances que apelan a una fuerte connotación sexual, a una mirada fluida, diversa y divergente, que incluye (exalta) la desnudez y la reivindicación de cuerpos no normativos.
Hay un momento en este film de Marie Losier en el que muestra las conexiones entre la protagonista y Genesis P-Orridge, quien en algún momento teloneó a Peaches. Y en ese momento se unen también dos películas de la directora: The Ballad of Genesis and Lady Jaye (2011) y esta que rodó más de una década después.
En verdad nunca se sabe cuándo filma Losier sus trabajos, ya que acompaña a sus personajes durante muchos años (aquí fueron 17). No hay cronología: vemos a Peaches en diferentes momentos de su vida ante la cámara de la realizadora y también en home movies (es conmovedora su etapa como maestra de música para niños, la relación con sus padres y especialmente con su hermana mayor que sufrió durante mucho tiempo una enfermedad degenerativa) y múltiples materiales de archivo que conviven con “armonía” en un relato sucio y desprolijo, felizmente caótico, orgullosamente anárquico, siempre lúdico y desprejuiciado. Un rompecabezas, un patchwork visual que pendula entre el digital y el fílmico en 16mm.
Losier sigue a Peaches -quien está radicada en Berlín- durante su gira europea en 2022 y logra captar y transmitir la crudeza y el delirio de sus shows, que generan esa interacción única con sus fans que se suben al escenario, cantan y bailan con ella. Pero Peaches Goes Bananas está lejos de ser un mero rockumental. Es un retrato visceral, una reflexión sobre cómo seguir siendo punk incluso cuando los años y el desgaste se acumulan, y un manifiesto artístico y político que -visto en el contexto argentino y del propio festival- parece una rareza y hasta un acto contracultural.
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