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Crítica de “Les fantômes d´Ismaël”, de Arnaud Desplechin, con Mathieu Amalric, Charlotte Gainsbourg y Marion Cotillard (Película de apertura) - #Cannes70
La primera media hora de Les fantômes d'Ismaël se ubican entre lo mejor de la espléndida carrera de Arnaud Desplechin. La última media hora, entre lo peor de su filmografía. Así de desconcertante e irregular (pero nunca intrascendente) es este nuevo largometraje del talentoso director de El primer día del resto de nuestras vidas que abrió- fuera de competencia- la 70ª edición del festival y se estrenó de forma simultánea en las salas de toda Francia.
Que la programación de festivales en general (y de Cannes en particular) está llena de injusticias y absurdos es algo que se sabe desde siempre, pero en el caso de Desplechin resulta muy llamativo que hace dos años lo rechazaran de la sección oficial con la extraordinaria Tres recuerdos de mi juventud (que terminó abriendo la Quincena de Realizadores) y en esta edición lo pusieran en la inauguración con un film mucho menos convincente como Les fantômes d'Ismaël. La única explicación posible tiene que ver con la alfombra roja: está protagonizada por tres estrellas del cine local como Mathieu Amalric, Charlotte Gainsbourg y Marion Cotillard.
La película tiene un poco (o mucho) de todo: un triángulo romántico, drama familiar, humor absurdo, aspectos de thriller de espías y hasta -como su título lo indica- elementos fantásticos con fantasmas incluídos. Suerte de secuela no reconocida de la muy superior Reyes y reina, homenaje al Alfred Hitchcock de Vértigo y Rebeca, una mujer inolvidable y con múltiples referencia cinéfilas, literarias y filosóficas, Les fantômes d'Ismaël es una película de ambiciones y pretensiones por momentos desmedidas, desbordantes, con subtramas y personajes (también actúan Louis Garrel, Hippolyte Girardot, Alba Rohrwacher y László Szabó) que van y vienen en el tiempo, escenas que transcurren no sólo en Francia sino también en lugares más exóticos como Tayikistán, Tel Aviv y Praga; y escenas tan bellas como caprichosas y voyeuristas de Cotillard con un desnudo completo “para la hinchada” o bailando Baby, It Ain’t Me, de Bob Dylan, ante la mirada de Gainsbourg.
Ellas son, precisamente, dos vértices del triángulo que incluye también a Ismaël Vuillard, un conflictuado director que no logra avanzar con un guión sobre su hermano entre anfetaminas, alcohol, cigarrillos e insomnios que “combaten” las pesadillas que lo acosan. El protagonista ha sufrido hace algo más de 21 años la desaparición de su esposa Carlotta (Cotillard) e intenta rearmar su vida afectiva con una astrofísica llamada Sylvia (Gainsbourg), pero la aparición fantasmal de la primera generán no solo una absoluta sorpresa sino también incomodidad, celos y miserias varias.
El film acumula capa sobre capa, despide el bienvenido humor para adoptar una forma cada vez más grave y, así, de una apuesta sumamente disfrutable pasamos a otra bastante más irritante. También fue desconcertante el hecho de que en Cannes se estrenara una versión (“más sentimental”, según admitió Desplechin) de 114 minutos, mientras que el corte del director (de 134 minutos) y “mucho más intelectual” en palabras del propio director sólo se exhibe en el Cinéma du Panthéon de París. Por qué Cannes no optó por la versión más autoral es otra de las incógnitas que dejó esta inauguración con Les fantômes d'Ismaël.
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