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Crítica de “Marty Supremo” (“Marty Supreme”), película de Josh Safdie con Timothée Chalamet
Tras haber dirigido juntos films como Go Get Some Rosemary / Daddy Longlegs (2009), Lenny Cooke (2013), Heaven Knows What (2014), Good Time: Viviendo al límite (2017) y Diamantes en bruto (2019), los hermanos Benny y Josh Safdie decidieron trabajar por separado: Benny estrenó en septiembre último La Máquina: The Smashing Machine, sobre el universo de la lucha libre de finales de los años '90; y Josh lanzó apenas un mes después este largometraje ambientado en el mundo del ping pong en la década de 1950.
Marty Supremo (Marty Supreme, Estados Unidos/2025). Dirección: Josh Safdie. Elenco: Timothée Chalamet, Odessa A'zion, Gwyneth Paltrow, Tyler the Creator, Abel Ferrara, Fran Drescher, Sandra Bernhard, Ralph Colucci y Koto Kawaguchi. Guion: Josh Safdie y Ronald Bronstein. Música: Daniel Lopatin. Fotografía: Darius Khondji. Edición: Ronald Bronstein y Josh Safdie. Distribuidora: Diamond Films. Duración: 149 minutos. Apta para mayores de 13 años con reservas. Salas (primera semana): 91.
En un momento de Marty Supremo, en el marco de un ensayo teatral, se habla del obsesivo trabajo de los actores “del método” para encarnar a sus personajes, en una referencia clara al Actors Studio que por entonces (la acción transcurre a principios de los años '50) estaba dirigido por Lee Strasberg. En esa misma línea, podría ubicarse a Timothée Chalamet como una suerte de continuador no solo de aquellas técnicas sino del espíritu y el compromiso a la hora de incorporar, encarnar, sentir y “vivir” sus personajes. Alcanza con ver sus últimos dos films: cantó como Bob Dylan en Un completo desconocido y juega como un campeón mundial de tenis de mesa (la historia está inspirada en la figura de Marty Reisman) en esta película de Josh Safdie.
Chalamet es Marty Mauser, un judío de 23 años con bigotito y marcas de acné que vive en Nueva York, al que en los primeros minutos lo encontramos trabajando como vendedor de zapatos y poco después perdiendo la final del Abierto Británico de ping pong contra un hasta entonces ignoto rival japonés (interpretado por el jugador profesional sordo Koto Kawaguchi), pero ya en ese prólogo lo vemos como un tipo altanero, seductor, egocéntrico, manipulador e impulsivo que vive tapando un engaño con otro, que es capaz de abandonar sin remordimiento, huir sin mirar atrás y pergeñando la siguiente trampa.
Igual de apasionado, irresistible y muy poco confiable es, claro, en sus relaciones afectivas, ya que en esos primeros minutos de película (dura dos horas y media) Marty se desentenderá de los pedidos de su madre, dejará embarazada a Rachel Mizler (Odessa A'zion) y seducirá en un hotel de lujo a Kay Stone (Gwyneth Paltrow), una estrella de cine de los años '30 en decadencia que está casada con el multimillonario Milton Rockwell (Kevin O'Leary, notable). Frente a semejante descripción, sería lógico pensar que estamos ante un verdadero monstruo, un mitómano arrogante, un tramposo compulsivo, pero aunque esas caracterizaciones sin dudas le caben, Safdie y Chalamet lo convierten al mismo tiempo en un personaje muy atractivo, simpático y hasta por momentos querible.
Marty Supremo tiene la impronta y la estructura de una película deportiva (el motor principal del protagonista será la alcanzar la revancha contra su némesis nipona), pero Safdie le suma múltiples capas y derivas que funcionan casi siempre bien tanto de forma independiente como también en una articulación que las termina potenciando: hay, además de la sufrida historia de amor con Rachel, una subtrama policial ligada a un gángster (el gran Abel Ferrara) que pierde y hará todo por recuperar a su perro; y otra en la que a través del duelo entre Mary y el mencionado Milton Rockwell se exponen las profundas diferencias de clase que irán atravesando todo el film.
Más allá de que quizá su extensión resulte un poco exagerada, Marty Supremo nunca pierde la intensidad, el vértigo ni la capacidad de sorpresa. Las decisiones estéticas (se filmó en 35mm, usando cámaras Arriflex y lentes anamórficos antiguos para conseguir una look retro propio de los años 50), musicales (pese a su época se incluyen varios clásicos del pop ochentoso como The Perfect Kiss, de New Order; I Have The Touch, de Peter Gabriel; Forever Young, de Alphaville; y Change y Everybody Wants To Rule The World, ambas de Tears For Fears), coreográficas (las partidas de ping pong parecen escenas de ballet) y narrativas -a partir de un virtuoso guion que nos transporta del Lower East Side de Manhattan, a las secuelas del Holocausto nazi, a las pirámides egipcias o a un gira de los Harlem Globetrotters- hablan a las claras de una audacia y una experimentación que se ven recompensadas en los alcances y resultados finales.
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