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Crítica de “Ouija: El origen del mal”, de Mike Flanagan
Segundas partes pueden ser mejores. Al menos ocurre con esta precuela que supera con holgura a la exitosa, pero mediocre película original.
Ouija: El origen del mal (Ouija: Origin of Evil, Estados Unidos/2016). Edición y dirección: Mike Flanagan. Elenco: Elizabeth Reaser, Annalise Basso, Lulu Wilson, Lulu Wilson y Henry Thomas. Guión: Mike Flanagan y Jeff Howard. Fotografía: Michael Fimognari. Música: The Newton Brothers. Diseño de producción: Patricio M. Farrell. Distribuidora: UIP (Universal). Duración: 99 minutos. Apta para mayores de 13 años. Salas: 190.
El logo vintage del estudio Universal y las marcas en el ángulo superior derecho que se utilizaban en tiempos del fílmico para avisarle al proyectorista sobre el inminente cambio de rollo son sólo algunas de las referencias retro de esta precuela ambientada en Los Angeles de 1967, cuyo resultado final supera con holgura (no era muy difícil) al del exitoso film original estrenado hace tres años y basado también en el juego de mesa de la compañía Hasbro.
La primera mitad de Ouija: El origen del mal es muy convincente en la presentación de los personajes (una viuda y sus dos hijas que se dedican a engañar a incautos clientes en sesiones de espiritismo), los lugares (la centenaria casa que habitan esas mujeres, el colegio donde la menor estudia) y los conflictos (los traumas tras la muerte del padre atropellado por un borracho, la crisis económica familiar, el bullying escolar, el despertar sexual de la hija mayor).
En esa hora inicial el director de Ausencia, Somnia: Antes de despertar y Oculus construye con paciencia, rigor, inteligencia y mucho humor el universo de una película que remite -en el mejor sentido- a la saga de El conjuro. Incluso los personajes secundarios -el padre Tom (Henry Thomas), un viudo que lidera la escuela, y un aspirante a novio de la rebelde adolescente Lina (Annalise Basso) se suman con categoría al notable triángulo protagónico que completan la empeñosa madre Alice Zander (Elizabeth Reaser) y la pequeña Doris (Lulu Wilson), quien pronto demostrará una particular habilidad para conectar con el más allá.
Si bien la película nunca dilapida del todo su tensión y suspenso, durante la segunda mitad cambia la sugestión por un esquema más estandarizado dentro del cine de terror en el que abundan los golpes de efecto y el uso más compulsivo de los efectos visuales para la construcción de situaciones sobrenaturales. Más allá de esos lugares comunes del tramo final, se trata no sólo de una mejora sustancial respecto del desteñido film original sino también de otro aporte valioso en un año excepcional para el género.
(Esta crítica fue publicada en el diario La Nación del 21/10/2016)
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