Críticas

Ocho apellidos catalanes, de Emilio Martínez Lázaro

La españolidad al palo

Una secuela que se ubica bastante por debajo de la muy popular comedia original.

Estreno 12/05/2016
Publicada el 10/05/2016

Ocho apellidos catalanes (España/2015). Dirección: Emilio Martínez Lázaro. Elenco: Clara Lago, Dani Rovira, Carmen Machi, Karra Elejalde, Rosa María Sardá y Berto Romero. Guión: Borja Cobeaga y Diego San José. Fotografía: Juan Molina. Música: Roque Baños. Edición: Ángel Hernández Zoido. Distribuidora: Distribution Company. Duración: 99 minutos. Apta para todo público. Salas: 27.



Secuela de la exitosa comedia –comercialmente hablando- Ocho apellidos vascos, ambas dirigidas por Emilio Martínez-Lázaro, esta película repite una fórmula que tuvo éxito, y confirma la ley de segundas partes nunca fueron buenas.

Ocho apellidos catalanes retoma a los personajes del film anterior, después de que la pareja protagónica se ha separado. Si el noviazgo de su hija con un andaluz lo había alterado bastante, su nueva relación -ahora con un catalán- pone al vasco Koldo (el simpático Karra Elejalde, lo mejor del film) en pie de guerra.

La acción se traslada a un pueblo catalán, en plena euforia independentista (en la ficción y en la realidad). Se desata entonces una farsa que es menos de lo mismo, esto es: una serie ininterrumpida de chistes sobre las distintas nacionalidades españolas, y los conflictos de familia, y tampoco la Guardia Civil queda libre del ridículo.

Vascos estereotipados se burlan de los catalanes ídem y éstos de los andaluces mientras se produce una serie de enredos en esta parodia del nacionalismo que tal vez cause gracia a algún público. De hecho, ambas películas hicieron saltar la taquilla en España: la primera batió todos los récords y la segunda fue elegida sin merecerlo para cerrar el reciente Festival Pantalla Pinamar, supuestamente para complacer al público masivo.

La bella Clara Lago no cumple con su rol como lo hiciera en la primera parte, las parejas no expresan la simpatía y la química que mostraron entonces, y Rosa María Sardà es la única que parece cómoda en su rol de matriarca a la que convencen de que Cataluña es ahora una nación independiente. El guión apresurado se apoya en los gags que, por repetidos, terminan por hartar hasta a los mejor dispuestos.

No cuenten conmigo, no me hace gracia este tipo de humor, que resulta obvio y fácil, con chistes burdos, como que todas las rivalidades y fanatismos se suspenden ante un buen jamón con vino. Puede ser una cuestión de gusto personal, pero por favor, no más apellidos nacionales.


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