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Reseña de “Three Billboards Outside Ebbing, Missouri”, de Martin McDonagh
Por Manu Yáñez
La nueva película del director de Escondidos en Brujas ganó el premio al Mejor Guión en la Mostra de Venecia.
En Three Billboards Outside Ebbing, Missouri (Tres anuncios en las afueras de Ebbing, Misuri), el director inglés Martin McDonagh deja a un lado las piruetas metanarrativas de Sie7e psicópatas (2012) para recuperar la oscuridad entre existencialista y nihilista de Escondidos en Brujas (2008). La diferencia es que este réquiem fílmico, dedicado a la fuerza (auto)destructiva del deseo de venganza, vampiriza la iconografía de la América profunda y criminal que va de Dashiell Hammet a Bonnie y Clyde, de Super Troopers (referente citado en entrevistas por Woody Harrelson, el sheriff de la película) y los hermanos Coen. Un imaginario poblado por policías racistas, adolescentes desencantados, bares de mala muerte, matrimonios abocados al rencor y otras miserias de la América white trash.
Tan tarantiniano como de costumbre, McDonaugh abusa de la pirotecnia dialogada y convierte a todos los personajes en monologuistas ácidos y listillos. Luego, en una set piece espectacularmente coreografiada, los problemas para controlar la ira de un policía encarnado por Sam Rockwell dan pie a un festín de violencia musicalizada. 
Sin embargo, cuando todo parece listo para un descenso sin fin hacia el infierno, una cartas escritas por el sheriff (Harrelson, en la cumbre de su dulzura canalla), enfermo de cáncer, generan en la película un impulso redentor que enriquece notablemente el relato.
No es que McDonaugh abandone el territorio del artificio distanciado para abrazar empáticamente a sus criaturas, pero la estupidez que marcaba muchas de las primeras decisiones de los personajes va dando paso a un progresivo reconocimiento de su humanidad, encarnada en el surgimiento de la compasión, el perdón e incluso la ternura.
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