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Crítica de “Los conductos”, de Camilo Restrepo (Competencia Encounters), ganadora del premio a Mejor Opera Prima de la #Berlinale
Tras varios elogiados cortos como La impresión de una guerra, Cilaos y La bouche, el colombiano Restrepo debutó en el largometraje con un film inquietante y fascinante a la vez sobre la incertidumbre y la desesperanza.
Del hombre que empuña una pistola apenas sabemos nada. Tan solo observamos detalles fragmentados, que se presentan ante nosotros con la furia de un corte quirúrgico: el plano de un revólver, el haz de luz de una linterna que cae al suelo, y un agujero de bala por el que brota la sangre. Así comienza Los conductos, con el ímpetu de una acción violenta expresada mediante la sugerencia del fuera de campo.
La herida circular propone un paso a otras formas similares: la de otro agujero, el del depósito de una moto; la de la luna; o la del faro del mismo vehículo, con el que el hombre llamado Pinky huye. Entre tanto, el sonido nos dice que ha tenido lugar otra muerte. ¿De qué escapa Pinky? Nos lo contará al rato una voz en off, interpretada por el director Camilo Restrepo. Pinky se ha fugado de un grupo formado por personas que “llegaron por el odio que sentían por la sociedad” y liderado por alguien llamado “el padre”. ¿Y hacía dónde escapa? Hacia la incertidumbre, la de un mundo en el que es imposible vivir, en el que el trabajo está en la producción de camisetas de marca falsificadas, o en la dificultad de tener un techo. De nuevo de forma curva, una máquina de estampados circula, grabando por turno los logos de Adidas y de Kappa. El lugar donde transcurre Los conductos es un Bogotá nocturno, de rincones marginales; y su época es incierta. Su textura en 16mm corresponde al pasado, los hechos al presente y la vacilación al futuro.
Espías (Spione, 1928) de Fritz Lang, comenzaba con un arrebato: con el plano detalle de una mano que hurta unos documentos clasificados, con la huida de un hombre en moto y con los círculos de una antena de comunicación. En Los conductos, la plasticidad de cada gesto, la relevancia de cada encuadre y la sequedad en el montaje se asemeja a los de aquella película de Lang, sobre un criminal disfrazado de respetable banquero. El capital ya era entonces el enemigo. Si en su momento la puesta en escena de Lang contribuía a la consolidación de la prosa cinematográfica, en el avance trepidante del folletín hecho imágenes, Los conductos se abalanza sobre la lírica. El plano de la herida de bala se reitera como un verso que vuelve una y otra vez, y las formas circulares riman entre ellas.
En Los conductos, la pantalla es cuadrada como le agradaba a Lang, y el inicio transcurre sin necesidad de diálogos, pero los colores se mezclan con la negrura de la sombra y el sonido resulta crucial para expresar lo que hay en fuera de campo. El contexto es el de la corrupción, el de la desesperanza. En plano detalle, el hombre aparta por turno la cebolla, el tomate, la lechuga y el pan de una hamburguesa. Deconstruye el plato de comida, mientras en fuera de campo se escucha la noticia de un suceso criminal; cuando al fin se ve la pantalla del noticiero, la voz cesa y la sintonía se distorsiona. El contexto es sugerido en un apunte fraccionado, una historia de la televisión.
Restrepo se compromete con el plano detalle, con el principio del encuadre y el montaje, del sonido y el color. Una transacción de droga se revela de manera fragmentada; también, la pequeña vendetta del protagonista, cuando moja los cigarrillos de aquel que ya no le quiere invitar a más pitillos. En su elogio a la censura del corte y a la concreción de la composición se da la posibilidad de revolverse ante el mundo incierto que retrata.
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