En la primera escena David (un casi irreconocible Clayne Crawford) sostiene un revolver en sus manos y apunta hacia su (¿ex?) esposa Nikki (Sepideh Moafi) que duerme junto a su nuevo novio Derek (Chris Coy). Parece que va de entrada va a cumplirse con el título de la película (El asesinato de dos amantes), pero finalmente no aprieta el gatillo.

¿Quién es David? ¿Un psicópata? ¿Un hombre cegado por los celos? ¿Un treintañero angustiado, desesperado por la desintegración de un matrimonio que comenzó apenas salido del colegio secundario? Pero David es también (por momentos, claro) un tipo encantador, un cantautor, un hombre de trabajo, un padre de cuatro (una adolescente y tres niños pequeños) con varias facetas simpáticas.

Sobre esas contradicciones (que implican, por ejemplo, empatizar con un tipo con arranques extremadamente violentos) trabaja este fascinante y durísimo largometraje de Robert Machoian, un artista de larga trayectoria en el cortometraje y el cine experimental que luego rodó junto con Rodrigo Ojeda-Beck Forty Years from Yesterday (2013), God Bless the Child (2015) y When She Runs (2018).

Ambientada en el invierno de Kanosh, un pueblo de Utah con apenas 700 habitantes (se ofrece un conjunto de postales de la América profunda en una pantalla casi cuadrada), The Killing of Two Lovers se sustenta en buena medida en una actuación de Crawford (Tinker, 22 y la serie Rectify) llena de matices en la que conviven un profundo dolor e insatisfacción con cierta tenacidad para reconstruir y recomponer una relación (una vida) rota. Los personajes secundarios también están bien definidos: desde el del enfermo padre del protagonista (Bruce Graham) con quien David se va a vivir tras la separación hasta el de Nikki, una empleada de un estudio jurídico que se debate entre reciclar la relación con su marido y la tentación de armar otro proyecto con su nueva pareja.

Incómoda, desafiante e incluso sórdida por momentos, The Killing of Two Lovers tiene una profundidad y una concentración dramática poco frecuentes en el cine contemporáneo. Hay una decisión algo controvertida por parte de Machoian a la hora de incorporar un diseño de sonido que rompe con el naturalismo para dotar así al film de un clima casi surreal y alucionatorio, pero si al principio ese recurso puede distraer un poco a la larga termina siendo funcional a la turbulenta historia que aquí se desarrolla.




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