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Crítica de “Cow”, documental de Andrea Arnold (Sección Cannes Premiere) - #Cannes2021
La directora de Red Road (2006), Fish Tank / El rebelde mundo de Mia (2009) y American Honey (2016) regresó a Cannes con un documental sobre... la vida de una vaca.
-Cow (Reino Unido/2021). Dirección: Andrea Arnold. Duración: 94 minutos.
Andrea Arnold ya llevaba cinco años sin presentar una nueva película. La última hasta la fecha fue American Honey, enérgica y agotadora fiesta de casi tres horas de duración, dedicada a la construcción (y más-que-probable destrucción) de utopías sociales al margen de la sociedad de los Estados Unidos contemporáneos. Un film que, ya solo por razones de envergadura, podría considerarse como el más ambicioso en una filmografía ya de por sí rebosante de ambición. Por esto podría sorprender la llegada de este su nuevo proyecto, una película que en comparación con sus anteriores, corre el riesgo de ser rápidamente catalogado como un “trabajo menor”.
Al fin y al cabo, lo que tenemos es un metraje mucho más reducido (“solo” hora y media de duración) y un minimalismo extremo a la hora de identificar los principales elementos que van a definir la propuesta (al menos a nivel superficial). De lo que se trata aquí es de usar una cámara (ni una más) para seguir el día a día de una vaca, de un animal de granja que, como tal, está confinado; controlado para que su existencia satisfaga las necesidades de sus “captores”.
Esta protagonista vacuna responde al nombre de Luma, pero también tiene marcado en la piel el número 29. En esta dualidad, es decir, en las dos maneras de dirigirse al animal, está la verdadera alma del film. Está el punto de vista humano, el que mira por encima y siempre desde una distancia dominante avasalladora. Pero Andrea Arnold opta casi siempre por la mímesis (un poco en la línea del ojo de pez de Lucien Castaing-Taylor y Verena Paravel en Leviathan), o sea, por dotar al mundo retratado de una dimensión “res-céntrica”. La vaca del título es la referencia absoluta, el único polo de gravedad posible.
La cámara, que se sitúa a su altura e imita sus movimientos, solo tiene ojos para ella. Todo lo demás, y todos los demás, están en el segundo plano. La intención también se bifurca en dos: primero, conseguir complicidad con el objeto de estudio, que este no nos vea como un factor hostil; segundo, que nosotros hagamos lo propio con la vaca. Carente de voces en off y de banda sonora (aunque con algunos momentos de música diegética), Cow es claramente un documental observacional que se propone dirigir la sensibilidad de la audiencia.
Estamos ahora en el territorio que recientemente exploró Viktor Kossakovsky en Gunda, el de la construcción de la empatía con el otro ser mediante la mirada desnuda. Pero aquí Andrea Arnold también juega con el montaje (esencial en la aceleración de una narración que consigue dibujar nítidamente el terror del tiempo cíclico), y después empapándose de los tempos rumiantes que marcan la cotidianidad de una existencia incapaz de aspirar más que a lo rutinario. De aquí surge la que a la postre es la gran revelación de Cow: la crueldad que sufren estos animales no tiene por qué venir de la maldad de las personas, sino de algo más imbatible. El sistema, esa industria deshumanizadora y, por supuesto, “desanimalizadora”.
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Que locura no entender mínimamente nada de nada, seguramente en los alrededores de la autora, hay a la vista más que una desigualdad, ella misma seguramente al caminar pisa y deja morir a millones de insectos a los cuales seguramente ni ve..... Es muy loco, aunque el éxito más de una vez no tiene que ver con la verdad e incluso cada día será más dificultoso saber si hay alguna Verdad.