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Crítica de “A Chiara”, de Jonas Carpignano (Quincena de Realizadores) - #Cannes2021
El director italiano (nacido en Nueva York) cierra su trilogía calabresa de Gioia Tauro con una imponente e impactante película que va de lo familiar al thriller sobre la mafia.
A Chiara (Italia-Francia/2021). Guion y dirección: Jonas Carpignano. Elenco: Swamy Rotolo, Claudio Rotolo, Grecia Rotolo, Carmela Fumo, Giorgia Rotolo, Antonio Rotolo, Vincenzo Rotolo, Antonina Fumo, Giusi D’Uscio, Patrizia Amato, Concetta Grillo, Koudous Seihon y Pio Amato. Música: Dan Romer y Benh Zeitlin. Fotografía: Tim Curtin. Edición: Affonso Gonçalves. Duración. 121 minutos.
A Jonas Carpignano lo venimos siguiendo (y admirando) desde Mediterranea (2015), sobre un grupo de refugiados africanos; y A Ciambra (2017), sobre una comunidad de gitanos. El cierre de su tríptico ambientado en el municipio de de Gioia Tauro en Reggio Calabria es con otro notable trabajo, quizás el más depurado y más ambicioso de todos, en el que (sobre todo en el último tercio) incursiona de lleno en el thriller sobre la tristemente célebre mafia local de los 'Ndrangheta.
Todo comienza en plan festivo para la familia Guerrasio. Claudio (Claudio Rotolo) y Carmela (Carmela Fumo) le organizan un baile para celebrar el cumpleaños 18 de su hija mayor, Giulia (Grecia Rotolo), a la que asisten, claro, las dos otras hijas, la quinceañera Chiara (Swamy Rotolo, extraordinaria), quien ya desde el título asume el lugar protagónico, y la pequeña Giorgia (Giorgia Rotolo), pero también una multitud de tíos, sobrinos, primos y amigos.
Entre concursos de bailes y discursos, papá Claudio se emociona hasta las lágrimas, pero a los pocos minutos vemos cómo debe escapar de la casa por los techos, su auto vuela por los aires y desaparece por completo. Entre justificaciones ridículas, silencios cómplices y miradas esquivas, nadie le cuenta a Chiara qué está pasando realmente y entonces ella iniciará una búsqueda obsesiva y no exenta de riesgos, una verdadera odisea personal con múltiples connotaciones emocionales. Al rato ya no le quedarán dudas: su padre, ese hombre de familia tan querible, es un poderoso narcotraficante.
Es aquí donde la película empieza a abandonar el registro más íntimo del comienzo (y de buena parte de la saga) para incursionar en un registro más propio del cine de género, que Carpignano maneja con igual solvencia, generando permanentes intrigas (¿dónde está el padre?, ¿qué le pasará a nuestra atribulada heroína?, ¿qué papel juega en el entramado delictivo cada uno de los parientes?, ¿cómo será el futuro de ella en el ámbito escolar?, ¿cómo reaccionarán su madre y sus hermanas?), tensión, suspenso y hasta insopechadas derivaciones judiciales.
Calabrés por adopción, Carpignano ha encontrado en sus primeros tres largometrajes un mundo y un estilo propios (una mixtura entre el documental antropológico con una ficción con ecos del neorrealismo que lo emparienta con el Isaki Lacuesta de La leyenda del tiempo y Entre dos aguas), dos atributos que muchos realizadores no consiguen en toda su carrera. Lejos de la explotación o de la manipulación, su trilogía integral de Gioia Tauro (aquí Chiara se cruzará con personajes ya vistos en Mediterannea y A Ciambra) exuda una potencia narrativa y dramática, una naturalidad, una credibilidad y un humanismo fascinante y conmovedor. Estamos en presencia, sin dudas, de uno de los directores más singulares del cine italiano (y mundial) contemporáneo.
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